Tras la huella digital de la Tierra

Con sofisticados sensores y cámaras satelitales, los científicos pretenden hacer mapas más precisos de los ecosistemas.

Imagen satelital del delta de Sundarbans (Bangladesh), el bosque de manglar más grande del mundo. / Nasa

Hace poco más de dos meses, Colombia se escandalizó con las imágenes de extrema sequía que retrataban el difícil ecosistema de Casanare. Los cientos de chigüiros muertos y la desaparición de algunos ríos alertaban sobre los cambios climáticos que sufría la región.

Pero lo cierto es que después de la perturbación y de las apresuradas críticas que llovieron sobre las petroleras y la ganadería extensiva, se descubrió que la región padecía un mal mucho peor: una completa ausencia de investigación e información. Y esa falta de estudios, que era en suma el problema de fondo, impedía verificar las causas del apuro ambiental.

El inconveniente, usual en aquellas regiones tan extremas, posiblemente se pueda solucionar de forma paulatina en los próximos años con la ayuda de la tecnología espacial, una herramienta que resulta cada vez más útil para explorar los cambios en los ecosistemas terrestres. Incluso, gracias a programas de la Agencia Espacial Europea y de la Nasa, dentro de unos años serán muchos los países que puedan acceder a miles de datos e imágenes captadas desde el espectro electromagnético.

“Sí, podría haber mucha información de regiones apartadas, como Casanare, porque a través de sofisticados sensores y cámaras de alta precisión logramos desde identificar el sitio preciso donde se genera un incendio hasta hacer un detallado monitoreo de bosques. Eso permite calcular, por ejemplo, las emisiones de efecto invernadero, como aquí, en Colombia, lo hace el Ideam. Es como una huella digital de la Tierra”, explica Alex Held, jefe del grupo de teledetección de la división marina y atmosférica australiana, director de la Red de Investigación de Ecosistemas Terrestres y uno de los invitados más interesantes de la Feria Internacional de Medio Ambiente que se desarrolla esta semana en Bogotá.

Además, desde los 700 kilómetros de altura que se encuentran esos satélites, se puede identificar cómo está compuesto determinado mineral, si hay concentraciones de clorofila en el agua o si hay polución en determinadas zonas.

“La tecnología se está empleando tanto para mejorar los servicios ecosistémicos como para identificar dónde está algún mineral. En Australia, que es uno de los países que más han avanzado en la materia, tenemos un archivo de 30 años que nos ha permitido ver cómo ha cambiado la vegetación de todo el país, cómo aumentan los ríos o las inundaciones de acuerdo con los eventos climáticos y cuál es el impacto que tienen en la flora. Con la tecnología hiperespectral (recopilación de información desde el espectro electromagnético) podemos medir también cómo contamina cierto tipo de minería a algún ecosistema específico”, afirma.

El gran problema, como dice Held, es que para tener acceso a ese tipo de información es necesario pagar o asociarse con empresas privadas. Pero el panorama, dice, está a punto de cambiar: a finales de marzo la Agencia Nacional Europea lanzó el Sentinel I, un satélite que dentro de seis meses empezará a emitir información de manera gratuita. “Además estamos trabajando con la Nasa en el HyspIRI. Con él, pronto se les facilitará a muchos la realización de mapas detallados”.