Un acuerdo climático a medias

Tras trece días de trabajo, ayer en la madrugada culminó la cumbre donde se esperaba establecer un borrador de acuerdo que reemplazara el Tratado de Kioto. Sin embargo, los resultados no son muy alentadores.

En la madrugada del domingo se estableció el documento de ‘La llamada a la Acción de Lima’ que anuncia los compromisos para reducir la emisiones de CO2. / AFP

Hace unas semanas, antes de que empezara en Lima-Perú la Convención de Cambio Climático organizada por la ONU, la mayoría de delegados de los 196 países que asistieron, creyeron, como lo habían pensado hace un año en Varsovia y como lo intuyeron hace cinco en Copenhague, que esta vez estaban dadas todas la condiciones para lograr un nuevo acuerdo. La urgencia de evitar que la temperatura de la Tierra sobrepase los 2 ºC era uno de los ingredientes que más impulsaban a los negociadores a establecer un borrador del pacto que se firmaría el 1 de octubre de 2015 en París. Pero después de trece días de lobby, reuniones y trabajo, la cumbre, con sus 10.300 delegados, dejó un sabor amargo. Un sabor a fracaso que es aún más intenso si se tiene en cuenta que el 2014 ha sido el año más caliente en la historia de la humanidad.

Es cierto que nadie esperaba que se firmara algo en la capital peruana y todos coincidían en que tan solo sería una estación para la convención de París. Sin embargo, se compartía la misma expectativa: lograr un borrador de acuerdo que reemplazara el Protocolo de Kioto, única alianza vinculante a la que, como se sabe, no están inscritos los principales países industrializados como Estados Unidos.

Pero ese objetivo no se consiguió. O mejor: sí se alcanzó pero a medias. Entre la noche del sábado y la madrugada del domingo, en una vertiginosa jornada que no estaba en el cronograma, se estableció un documento que por nombre lleva ‘La llamada a la Acción de Lima’. El texto no es más que el consenso al que se llegó en un día extra y que deja en el papel una serie de compromisos que no podrán omitirse si se quiere, de una vez por todas, reducir las cantidades monstruosas de CO2 que hay en nuestra atmósfera.

El texto tiene puntos destacables. Implica, por ejemplo, que por primera vez en la historia de las negociaciones los países deberán presentar acciones para combatir el calentamiento y antes del 1 de octubre del próximo año deberán explicar a la ONU cuáles son sus compromisos para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. También, hace varias referencias a los elementos que deberá contener ese pacto que se firmará en París, pero deja muchas dudas sueltas ante la imposibilidad de un consenso en temas espinosos y urgentes.

Entre los que más incertidumbre generan está la poca certeza que hay sobre cuál será la ruta para alcanzar la meta de los US $100.000 millones anuales para el financiamiento climático al 2020. Porque si bien el Fondo Verde para el clima, para el que Colombia donó US $6 millones, alcanzó su meta de este año (tener por lo menos US $10 mil millones en su bolsa), aún le espera un camino incierto.

En otras palabras y como lo dijo Winnie Byanyima, director ejecutivo de Oxfam Internacional, “el nuevo documento pone en marcha un proyecto para establecer el acuerdo de París, pero no garantiza un mecanismo para prevenir eventos catastróficos. No se hizo nada ambicioso a corto plazo, asunto que, como lo habían advertido los científicos, es necesario”.

“Los gobiernos fallaron rotundamente en alcanzar un acuerdo sobre los planes específicos para reducir las emisiones antes del 2020. Desaprovecharon la ola de optimismo político en que iniciaron la negociaciones, incluso después de los compromisos de China y Estados Unidos de reducir sus emisiones, y de los US$10 mil millones iniciales para el financiamiento climático, proveniente de países grandes y pequeños”, recalcó en un comunicado Samantha Smith, líder de WWF.

Aunque es cierto que estos trece días dejaron un sinsabor, también es cierto que en esta ocasión se hizo evidente un compromiso general que ya ningún país omite. Hoy, a diferencia de años anteriores, parece existir la convicción de que asumir la transformación que se avecina necesita acciones colectivas. Y eso, pese a algunos desacuerdos que apuntan más que todo a la necesidad de que los países que emiten más gases asuman mayores responsabilidades y le echen una mano a los más afectados, resulta valioso.

Como dijo Jennifer Morgan, directora global del Programa Climático del World Resources Institute, “el acontecimiento más inspirador en Lima fue un gran apoyo para un esfuerzo a largo plazo para reducir las emisiones. Más de un centenar de países abogan ahora por un objetivo de mitigación a largo plazo”.

Desde ya, los ojos están puestos en París y los países miembros deberán asumir un rol más comprometido frente a la reducción de emisiones de CO2 y frente a un método que permita hacerle seguimiento a esos compromisos. Antes de ello, los Gobiernos tendrán la oportunidad de evaluar esa nueva ruta, especialmente en junio de 2015 en las cumbres de G7 y de la ONU, donde se reunirán los “más poderosos”.

De no hacerlo, como lo viene advirtiendo el Panel Intergubernamental de Cambio Climático desde hace años, las consecuencias serán devastadoras. Ya el reporte sobre la brecha de emisiones lo sentenció hace unos días: desde la era preindustrial hemos lanzado a la atmósfera un total de 1.900 gigatoneladas (GT) de CO2. El límite es 2.900 GT. Menos del 50%. 

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