Un banco de semillas para garantizar la seguridad alimentaria de La Mojana

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Un proyecto que busca rescatar semillas que utilizaban antiguas generaciones ha sido la mejor alternativa para enfrentar las intensas lluvias y sequías.

Los primeros días de diciembre, la revista The Lancet, una de las más prestigiosas en el mundo científico, publicó un informe que le dio la vuelta al mundo. The 2020 report of The Lancet Countdown on health and climate change: responding to converging crises, lo titularon. En él, un grupo de investigadores, liderado por Nick Watts, del Institute for Global Health, de University College London, había resumido las razones por las que el cambio climático también debería ser una preocupación para la salud pública. En la larga lista de argumentos explicaban que este fenómeno puede impulsar la transmisión de enfermedades infecciosas y puede estar relacionado con la mala calidad del aire que respira en muchas ciudades. También, escribían, puede afectar seriamente la seguridad alimentaria de muchos países, lo que significará un serio problema en un planeta cada vez más poblado.

A los ojos de estos expertos, de no evitar que la temperatura global supere los límites establecidos en el Acuerdo de París, los problemas alimentarios serán evidentes en el futuro. Miles de hectáreas de cosechas se perderán por culpa de intensos veranos y los fuertes inviernos. Ya, apuntaban, el rendimiento mundial de los principales cultivos se había reducido un 6% entre 1981 y 2019.

Colombia ya ha tenido que enfrentar esos desafíos. En 2010, por ejemplo, La Niña, que, aunque es un fenómeno de variabilidad climática es cada vez más intenso debido al cambio climático, hizo estragos en diversas regiones. Las lluvias y el desbordamiento de cuerpos de agua inundaron cientos de casas y parcelas. La Mojana, en el norte de Colombia y con un millón de hectáreas fértiles que se expanden por Antioquia, Bolívar, Córdoba y Sucre, fue una de ellas.

Entonces, ese complejo de humedales ubicado en la Depresión Momposina se transformó en un gran cuerpo de agua, alimentado por los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge. Los cultivos casi desaparecen por completo. Los de arroz, uno de sus productos esenciales, no soportaron las condiciones extremas y se echaron a perder. Aquel año, La Niña dejó unos dos millones de damnificados en todo el país.

¿Cómo resolver esta gran dificultad? ¿Qué sucederá cuando las lluvias sean igual o más intensas? ¿Cómo enfrentar los inviernos y las sequías? ¿No habrá más remedio que perder las cosechas?

Las respuestas a esos interrogantes hoy las tienen las comunidades de tres municipios en la Mojana, que con apoyo del Ministerio de Ambiente y el PNUD, y la financiación del Adaptation Fund, lideraron un proyecto que buscaba que las mujeres y hombres de la Mojana mejoraran su capacidad de recuperación ante estos fenómenos. Una de las claves era sencilla: debían cultivar semillas mejor adaptadas a las condiciones locales y que resistieran las impactos de la variabilidad climática.

El primer paso era hallar un tipo de semillas que cumplieran con esas características. Los pobladores la encontraron en una variedad de arroz nativo que habían dejado de cultivar en 1970. El valor comercial era muy bajo y durante generaciones había quedado en el olvido. Sin embargo, era una especie que se adaptaba mucho mejor a las inundaciones y a las sequías.

Para rescatar esa riqueza olvidada, los habitantes de La Mojana empezaron a recopilar semillas. Los ancianos, protectores del conocimiento ancestral, los ayudaron. En palabras de Yenis Jimenez, habitante de la comunidad de Santa Marta, en San Marcos, Sucre , “la nueva generación se había quedado en blanco en ese conocimiento” y el rol de los mayores empezó a ser fundamental.

¿El resultado? El inicio de un banco de semillas, un proyecto que hoy sigue en pie y que se ha convertido en una de las mejores alternativas para mantener los recursos locales y garantizar el desarrollo agrícola de la región.

“Los bancos de semillas contribuyen al rescate, conservación y reproducción de variedades locales que son genéticamente más diversas, lo que las hace más resistentes a variaciones climáticas, plagas y enfermedades”. Además, “ayuda a que los agricultores y campesinos en general accedan a variedades que se encuentran adaptadas a las condiciones locales”, afirma Wilber Ramírez, coordinador del proyecto desde el PNUD.

Para consolidar ese banco de semillas, las comunidades, con asesoría técnica, se reunieron para elegir las variedades que valía la pena resguardar. Luego, de manera participativa, seleccionaron un lugar para construir el banco. Para consolidarlo fueron fundamentales las mujeres, que se encargaron de liderar una estrategia de formación y apropiación de la iniciativa.

Tras capacitarse, conformaron un comité de cuidadores de semillas que, básicamente se encargaba -se encarga- de identificarlas, de determinar la época adecuada para rescatarlas, de darle un manejo artesanal, de registrarlas, almacenarlas y conservarlas. Hoy tienen un listado de semillas que muestra la riqueza de La Mojana.

Hay de berenjena (Solanum melongena), de ají dulce (Capsicum sp.), de pimentón (Capsicum annuum), de tomate (Lycopersicum sculentum), de pepino (Cucumis sativus), de ahuyama (Cucurbita maxima), de patilla (Citrullus vulgaris), de calabaza (Lagenaria vulgaris), de habichuela y fríjol (Phaseolus vulgaris), de maíz (Zea mays) y de guácimo (Guazuma Ulifolia Lam.). También, claro, está una de las más importantes: la de arroz (Oryza sativa).

Pero tener un banco de semillas no es suficiente para garantizar la seguridad alimentaria. Por eso, luego de que las fuertes lluvias de 2010 y una intensa sequía de 2014 que hizo que la producción de arroz de esa región cayera en 15%, los habitantes de La Mojana, con apoyo del PNUD, de la Federación Nacional de Arroceros (FEDEARROZ) y de ASOPASFU, la asociación que reúne a los campesinos de la comunidad de Pasifueres, en San Benito, , pusieron en marcha un proyecto para avanzar hacia una “agricultura climáticamente sostenible”. Los resultados de ese plan quedaron plasmados en un artículo titulado “Pequeños productores de arroz en la Mojana le apuestan a la innovación para enfrentar los impactos de la variabilidad climática”.

En términos sencillos, lo que buscaban era hacer proyecto piloto en el que pudieran integrar prácticas y conocimientos tradicionales con el uso de paquetes tecnológicos que mejoraran las capacidades de las comunidades, permitieran ahorrar agua y, a su vez, significaran rendimientos considerables. El propósito primordial era que las cosechas fuesen menos vulnerables a la variabilidad y al cambio climático.

En palabras un poco más técnicas, el proyecto estaba basado en el programa de “Adopción Masiva de Tecnología-AMTEC” de Fedearroz. Implementar prácticas amigables con el medio ambiente, promover la conservación del suelo y del agua, y reducir el uso de agroquímicos, eran algunos de sus propósitos.

El resultado, apuntaron Enrique Saavedra de Castro (Fedearroz) y Vladimir Lugo Sevilla (PNUD), autores del documento, dejó satisfechos a los agricultores. Evidenciaron cambios significativos: redujeron los costos de producción y aumentaron la productividad respecto a la manera en que estaban cosechando. Lo que lograron también ha sido fundamental para enfrentar esta nueva temporada de lluvias que, como lo ha indicado el Ideam, puede prolongarse hasta los primeros meses de 2021.

Como apuntaba el informe publicado en The Lancet, para enfrentar las enormes dificultades que se avecinan y que, sin duda, serán una gran amenaza para la seguridad alimentaria mundial, los esfuerzos deben concentrarse en proteger y reconstruir las comunidades locales y sus economías, pues la respuesta global, por el momento, se ha mantenido en silencio.

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