Investigación en el río La Miel

Un modelo matemático para encontrar a los desaparecidos en los ríos de Colombia

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Un equipo de ingenieros expertos en hidrosistemas y antropólogos forenses buscan desarrollar un modelo matemático que permita ubicar los cuerpos de víctimas de desaparición forzada que yacen en los ríos del país.

“Si le sacaran el agua al río Magdalena, encontrarían el cementerio más grande del país”, dijo alguna vez el exjefe paramilitar Éver Veloza, alias H.H., en una de sus declaraciones en medio del proceso de Justicia y Paz, donde confesó sus crímenes. Durante años, gran parte de los ríos del país se convirtieron en cementerios móviles que arrastraban y desaparecían cadáveres, en fosas comunes de enormes proporciones.

Los ríos aseguraban una desaparición total, sin huella del cuerpo, sin evidencia de la dureza del conflicto; también, hacían mucho más difícil conocer la dimensión de esta práctica. Solo desde 2006 el país empezó a llevar una estadística: ese año fueron recuperados 206 cadáveres de las aguas. Hasta el 2018, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) reportaba más de 1.080 cuerpos recuperados de al menos 190 ríos colombianos. Aunque se sabe que cientos más permanecen allí, la pregunta desde hace años ha sido la misma: ¿cómo encontrarlos?

Una alianza entre el Instituto Javeriano del Agua (IJA) y la ONG Equitas (Equipo Colombiano Interdisciplinario de Trabajo Forense y Asistencia Psicosocial) le apunta, desde mayo de 2019, a hallar la respuesta a través de modelos matemáticos. Equitas investiga desde hace más de una década crímenes y desapariciones forzadas perpetradas durante la guerra; el IJA, lanzado a mediados de 2019, cuenta con expertos e investigadores de diversas áreas de trabajo que aportan conocimientos y tecnología. Esta vez, la mecánica de fluidos y las ciencias forenses trabajan de la mano en el río La Miel para identificar los posibles sitios donde estarían los cuerpos de víctimas de desaparición forzada por el conflicto armado colombiano.

“Antes del año 2000, esa zona del río La Miel, entre Norcasia y Samaná (Caldas), estaba rodeada por violencia, tanto en la zona rural como urbana. Lo que hacían los grupos al margen de la ley era lanzar los cuerpos al río La Miel, y la organización Equitas tiene registros de algunos de estos casos”, asegura Nathalie Chingaté, coordinadora técnica del proyecto.

“Lo que empezamos a investigar fue, entonces, cómo hacer para encontrar a personas desaparecidas en ríos porque, aunque en tierra ya hay desarrolladas algunas metodologías que facilitan su búsqueda, parece que hasta ahora en agua no hay ninguna”, añade Jorge Escobar, director de la maestría en Hidrosistemas de la Javeriana, quien ha dedicado su vida al tema de hidrodinámica ambiental, “a entender cómo se mueve el agua en la naturaleza, y cómo ese movimiento del agua se relaciona con muchas otras actividades sociales o ecológicas”, explica.

La Miel, un laboratorio vivo

En el año 2000 inició la construcción de una hidroeléctrica que lleva el mismo nombre del río. Entre 2002 y 2003 entró en funcionamiento y, según los investigadores, hizo que toda la configuración del río cambiara. “El río pasó de tener un caudal de más o menos 24 metros cúbicos por segundo a tener uno constante de 18. Esto convirtió a La Miel en un laboratorio vivo, controlado, en donde las compuertas se abren de manera planeada y no nos exponemos a los peligros de un comportamiento natural”, dice la coordinadora.

En primera fase el equipo realizó un ejercicio de caracterización del río. “Nos dimos cuenta de que es un río de montaña, que tiene pendientes elevadas y normalmente presenta avenidas torrenciales, esto quiere decir que responde muy rápido a la lluvia”, afirma Escobar.

A lo largo del recorrido identificaron que el afluente tenía tres accidentes hidráulicos: chorros o rápidos, charcos o remansos, y mollas o zonas de recirculación. “Dependiendo del accidente hidráulico los cuerpos se transportan de forma diferente”, asegura el ingeniero. “En los rápidos, al cambiar la pendiente del río, el flujo se acelera, pero la profundidad del agua se disminuye. En los remansos el agua está muy tranquila, el movimiento del cuerpo es bastante aleatorio y se puede quedar mucho tiempo; en las mollas, que resultaron ser las más complejas, una gran diferencia de velocidades genera una especie de remolinos que pueden tener velocidades en todos los sentidos, incluso verticales. Son estas últimas las que en muchos casos succionan los cuerpos”. Los accidentes fueron georreferenciados en todo el tramo del río.

En la segunda fase se buscó articular los hallazgos técnicos y el movimiento del agua con un cuerpo o un objeto flotante. “El cuerpo humano es muy complejo. Cuando se arroja a un río y está ‘fresco’ el cuerpo va al fondo, porque su densidad es un poco mayor que la del agua. Entonces, inicialmente, se transporta por medio de arrastre de fondo. Después de uno o dos días los procesos biológicos al interior del cuerpo generan unos gases que hacen que la densidad del cuerpo sea menor y empiece a flotar”, afirma el investigador.

En la última visita, un armatroste de madera con brazos, piernas y cabeza, que simulaba a un niño de entre ocho y diez años, de cuarenta kilogramos fue lanzado río abajo por una zona de rápidos, remansos y mollas. “Se hizo acompañamiento desde una barca, también se tuvo una visualización con un dron estático ubicado a cien metros de altura para obtener las medidas y el movimiento del recorrido, y se calcularon unos parámetros hidráulicos de la zona”, afirman los investigadores.

“También puede ser que en algunos casos no se arroje el cuerpo completo, sino por partes, entonces se lanzaron bombas parcialmente rellenas de agua y aire para observar cómo se comportaban”, añade Chingaté. El seguimiento de los objetos será el que permita entender cómo se comporta y se transporta un cuerpo flotante en un río, aseguran.

“Al final tendremos un modelo matemático que nos permita representar las trayectorias del flujo. La idea es articular el modelo -que nos va a decir los promedios de velocidad, con ese movimiento aleatorio que ofrecen las partículas en la realidad. Eso es lo que estamos haciendo: tratar de desarrollar la herramienta que nos permita simular. Cuando se tenga lista, la idea es empezar a experimentar con escenarios de lo que pudo haber pasado en ese momento a partir de información que tienen el Ideam o Isagén de las mediciones del caudal y los niveles del río antes de la construcción del embalse para identificar dónde podrían estar los restos”, dice Escobar.

“Nuestra mirada es de largo aliento. A final, lo que queremos es que la metodología que se desarrolle pueda aplicarse en cualquier río de Colombia, y que dé pistas a las personas o autoridades para poder encontrar cuerpos de personas desaparecidas. Esto es una muestra de que se puede salir de la ingeniería y meterse en la realidad, en donde los ejercicios que hagamos de la mano de antropólogos forenses y otros investigadores sean enriquecedores y aporten a esta causa. ¿Hasta cuándo lo intentaremos? Hasta que tengamos ese desarrollo tecnológico en la mano”, concluyen.

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