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Un paro que nadie logra explicar por completo

Más allá del pliego de peticiones, que se sigue engrosando con cada nueva reunión en la Casa de Nariño, líderes de opinión, académicos e intelectuales no logran definir aún con precisión las raíces profundas de este movimiento social.

Las raíces del paro nacional parecen ir mucho más allá del pliego de peticiones que ha surgido hasta ahora. /Óscar Pérez

Martín von Hildebrand ha dedicado su vida a recorrer el Amazonas y trabajar por las comunidades indígenas en Colombia y Suramérica. El viernes de la semana pasada, el fundador de Gaia Amazonas, en medio del toque de queda y el pánico colectivo desatado por falsas noticias sobre vándalos atacando conjuntos residenciales, creó un grupo de Whatsapp, de los tantos que han surgido por estos días, y lo nombró “El paro, pensando”.

Sumó al grupo a 33 líderes sociales, académicos, científicos y ambientalistas colombianos. Entre los más conocidos están el padre Francisco de Roux, Brigitte Baptiste, el pintor Carlos Jacanamijoy, el científico Germán Poveda y Silvia Gómez, de Greenpeace, entre otros.

“Los invito a que pensemos el paro”, escribió. “¿Qué nos está pasando? ¿Será el gran temor hacia el futuro con el cambio climático y que nada hacemos, la pérdida de la esperanza y oportunidad que nos ha dado el Acuerdo de Paz, la inequidad, el sistema económico, la juventud que no ve futuro, la falta de participación real?”.

Día tras día, cada uno de ellos comenzó a escribir ideas, a compartir textos y referencias, intentando encuadrar todo este enorme e inesperado movimiento social. El padre jesuita Francisco de Roux, que fundó y dirigió el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio y ahora preside la Comisión de la Verdad, comenzó planteando las profundas diferencias entre el paro de 1977 y el actual. Para él, la diferencia fundamental es lo que llama el “entrismo”, es decir, la validación de actores armados por parte de muchas organizaciones civiles en los años setenta.

“Esos grupos guerrilleros apoyados en el reconocimiento que les daban organizaciones populares, sindicales y estudiantiles, vieron en el momento la posibilidad de desatar la insurrección general contra el sistema. En ese escenario, el encapuchado era un héroe. Muchas organizaciones sociales y vecinos se unieron a ellos para hacer barricadas con llantas incendiadas para aislar las ciudades. Este paro es diferente. Ya no hay entrismo. Los movimientos sociales no quieren armas”.

Germán Poveda, profesor de la Universidad Nacional en Medellín y uno de los autores de los informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU, planteó que “la diversidad de temas que han convocado el paro, las marchas y los cacerolazos hace imposible configurar un imaginario único. Eso es típico de problemas sistémicos profundos como el de la sociedad colombiana o del cambio climático y la crisis ambiental”. Para Poveda un común denominador entre la gran diversidad de voces es una gran indignación frente a un modelo económico que está propiciando la devastación  ambiental y la crisis climática y que al mismo tiempo ha hecho que Colombia se haya convertido en uno de los países más desiguales del mundo. 

Para la antropóloga Clara van der Hammen, la conversación no puede evadir la discusión del modelo económico, que es al final de cuentas “el que nos genera los malestares sociales y el cambio climático. Se necesitan muchos espacios de encuentro y creación para encontrar caminos”.

En esa línea, Martín insistió en que “muchas de las propuestas que surgen de los paros y las protestas son respuestas inmediatas que reflejan pero no abordan las raíces del problema”.

Julián Mariño, matemático y director del Centro de Evaluación de la Facultad de Educación de la Universidad de los Andes, comentó que “la comprensión de lo que sucede alcanza una dimensión distinta si se tiene en cuenta que una gran parte de los que están moviendo el paro son jóvenes menores de 30 años, como Dilan, que llevan toda su vida oyendo un discurso que a nosotros no nos tocó: que estamos destruyendo este mundo, que la forma de vida de esta sociedad es inviable, que los más viejos no estamos tragando los recursos”. Para Mariño, ahí hay una clave para entender por qué en otras partes del mundo ocurren fenómenos similares.

Algunos de ellos coincidieron en que la búsqueda profunda de nuevas maneras de entender la esperanza o la espiritualidad nos posibilita relacionarnos de manera distinta con la naturaleza y con nosotros mismos. ¿La traición a todo el esfuerzo del proceso de paz? Con el paso de las horas y los días, como ocurrió en las redes sociales, entre los columnistas de prensa, en los análisis de radio y televisión, también en este grupo se fue haciendo evidente que las raíces del movimiento están aún escondidas a las miradas. Es posible enumerar inconformidades, pero todavía no encontramos una explicación satisfactoria.

Silvia Gómez, directora de Greenpeace Colombia, deslizó una provocadora lectura: cómo el cambio climático está alimentando el surgimiento del nacionalismo de derecha. El artículo de Joshua Conrad Jackson, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, y Michele Gelfand, de la Universidad de Maryland, da cuenta de los esfuerzos en investigación para conectar toda la crisis climática y ambiental con fenómenos sociales y políticos complejos.

“Para comprender cómo el clima da forma a la cultura, es importante alejarse de los eventos actuales y considerar la forma en que el clima ha influido en las sociedades a lo largo de la historia humana”, reflexionan los autores para señalar que la rigidez o flexibilidad de una cultura está relacionada con amenazas como guerras, enfermedades o agitación económica. Los autores, junto a un grupo de expertos más amplio, analizaron 86 sociedades históricas, 25 naciones modernas y los 50 estados de Estados Unidos.

“Cuando las culturas se sienten amenazadas, ya sea por guerra, enfermedad o agitación económica, tienden a endurecerse”, anotan. Por ejemplo, en un análisis histórico se demostró que “las tasas de hambruna y escasez de tierra predijeron la tensión cultural en las sociedades históricas”. Y apuntaron algo importante: “Dado que los gobiernos de extrema derecha suelen ignorar el cambio climático, esa actitud solo exacerba los efectos de la amenaza ambiental en la sociedad”.

Para Brigitte Baptiste, la conexión entre el descontento social y la amenaza ambiental es central en esta manifestación: “Toda esta situación refleja un componente esencial de la desesperanza de los jóvenes enfrentados a niveles de deterioro ambiental creciente que no está siendo confrontado por los gobiernos en muchos lugares del mundo”. Baptiste cree que estamos ante el síntoma de una nueva era.

En lo que todos coinciden, por ahora, mientras continúa la reflexión de lo que realmente está ocurriendo en Colombia y su conexión con fenómenos globales, ambientales o económicos, es en la importancia de mantener un diálogo abierto en toda la sociedad para canalizar todas las emociones y pensamientos que están emergiendo.

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2019-11-29T21:11:24-05:00

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2019-12-01T14:11:32-05:00

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Pablo Correa

Medio Ambiente

Un paro que nadie logra explicar por completo

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