Viveros comunitarios, aliados para restaurar los páramos de Colombia

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En cinco páramos del país, las comunidades locales se han encargado de propagar y sembrar especies de plantas nativas para utilizarlas en procesos de restauración ecológica en sus ecosistemas de alta montaña. Aunque estos viveros son alternativas económicas para el sustento de las familias, la pandemia detuvo el proceso de comercialización.

Entre la riqueza que albergan las cordilleras de Colombia se ubican los páramos, que, además de mantener y regular el agua, tienen en sus suelos la capacidad de capturar gran cantidad de carbono. Y su riqueza de flora y fauna es innegable. Es el hogar de cerca de 4.000 especies de plantas, 70 de mamíferos, 15 de reptiles, 87 de anfibios, 154 de aves y 130 de mariposas. La gran mayoría de estas especies son endémicas. En el país están cerca del 50 % de los páramos andinos, distribuidos en 37 páramos, pero actividades como la ganadería, la agricultura y la minería han generado amenazas, provocando pérdida de cobertura vegetal. Aunque son ecosistemas que contribuyen a mitigar los efectos del cambio climático, ahora son vulnerables ante este fenómeno. (Lea: Crean ranking de vulnerabilidad de páramos de Colombia)

Desde el inicio de la década, varias organizaciones en el país han iniciado proyectos para preservar estos ecosistemas; sin embargo, no ha sido una tarea sencilla. Históricamente, los conflictos de uso del suelo y el conflicto armado han impedido la implementación de diversas estrategias. También, por falta de conocimiento y herramientas adecuadas, las acciones de conservación estaban orientadas a la reforestación y no a la restauración, un proceso que requiere de un conocimiento específico en flora de alta montaña. Varios de los procesos que se gestionaron en este ambiente estaban enfocados en impulsar la siembra de árboles y no se incluían plantas nativas de páramo. Pero, desde hace cuatro años se planteó un proyecto que permitió establecer protocolos de restauración.

Se trata del proyecto “Páramos: biodiversidad y recursos hídricos en los Andes del norte”, financiado por la Unión Europea y coordinado por el Instituto Humboldt, que se embarcó desde 2016 en el proceso de proponer un uso sostenible de sus servicios ecosistémicos, fortalecer su capacidad de regulación hídrica y proteger sus territorios. Trabaja en cinco páramos de Colombia, donde ha liderado actividades en Santurbán, Rabanal-río Bogotá, los Nevados, Las Hermosas y Chiles-Cumbal. Una de las fases que ha desarrollado el programa es la de impulsar la labor de los viveristas comunitarios que, además de ser líderes locales en la protección de sus territorios y el mantenimiento de los servicios ecosistémicos, son emprendedores en viveros de alta montaña como alternativa económica.

Una de las viveristas de alta montaña es Luz Marina Martínez, quien nació en la vereda Gachetá Alto, municipio de Guachetá, aledaño al páramo de Rabanal. Una zona conocida por ser la ruta del agua. Desde los miradores de la carretera se contempla la majestuosidad de la Reserva Forestal Protectora El Robledal, de 40.000 hectáreas de zonas protegidas, que fue el hogar durante muchos años de Luz Marina y que la ayudó a entender la importancia de este ecosistema. “Mis padres se separaron porque mi papá tenía problemas con el alcohol. Con mi mamá decidimos vivir en la cabecera municipal y, por temas económicos, me tocó ir a Bogotá a trabajar”, cuenta. A su regreso a la vereda, en 2009, Luz Marina se encontró con una sorpresa: un grupo de mujeres estaba liderando un vivero. (Puede leer: Más de 22 mil millones de pesos serán destinados para proteger nuestros páramos)

Ese vivero, apoyado en ese entonces por el Instituto Humboldt y la Universidad Javeriana, ayudó a la comunidad a entender la importancia de restaurar los ecosistemas con especies nativas apropiadas para garantizar las funciones específicas del páramo. “Las plantas que originalmente hacen parte del bosque son las que se deben restaurar en los lugares afectados, pues atraen fauna, microorganismos y protegen otras especies vegetales”, añade. La iniciativa llegó a su fin y el vivero se clausuró. En busca de recursos económicos, Luz Marina regresó a la cabecera del pueblo a trabajar en el sector minero, una de las actividades más fuertes de la región. En un segundo intento de recuperar el vivero y los avances que había adquirido la comunidad, el Instituto Humboldt volvió a la zona.

De la mano de expertos, la comunidad empezó a adquirir mayor conocimiento de sus territorios. Revisaron la literatura de estudios florísticos y de vegetación de cada uno de los páramos para saber cuáles eran las mejores especies para trabajar. En Gachetá, por ejemplo, sembraron robles y coronos. Luego, por medio de talleres realizados con el apoyo de Bosques & Semillas, una empresa dedicada a la restauración, conservación y el manejo sostenible de los ecosistemas, elaboraron los diseños del montaje de los viveros y comenzaron la construcción o adecuación de los que ya estaban. Finalmente, se hizo un intercambio de saberes entre los viveristas de Nariño, Valle del Cauca, Boyacá y Cundinamarca para establecer protocolos que les permitan realizar procesos de propagación de plantas nativas de páramo.

De ese proceso hizo parte Guillermo Ospina, miembro de la Asociación de Agricultores y Ganaderos para el Desarrollo Sostenible de La Nevera (Asoagrigan) e integrante del vivero de alta montaña La Nevera (Valle del Cauca), que se construyó en 2013 con el apoyo la CVC, el PNN Las Hermosas, la Fundación Ambiente Colombia y la comunidad. La inseguridad por el conflicto armado que se vivía en la zona obligó a las personas a abandonar el vivero. Dos años después, con el apoyo técnico del Instituto Humboldt, retomaron las actividades. Les proporcionaron materiales de trabajo y capacitación para la colecta de semillas y siembra de especies. Al comienzo propagaron 800 guayabos de monte y 230 tunos, de los cuales vendieron 600 plántulas para su uso en procesos de reconversión ganadera en la zona. (Podría interesar: Parque Chingaza entra en la lista de áreas protegidas de la UICN)

Así como en el Valle del Cauca, en el resguardo indígena de Cumbal los viveros han elaborado proyectos de investigación relacionados con la conservación y el uso sostenible de páramo. La encargada de guiar este proceso ha sido Liliana Alpala, lideresa indígena de este resguardo, que de la mano de su familia y la comunidad se dedica a la propagación de plantas nativas, principalmente de alta montaña, con un sistema de nutrición vegetal que está basado en la harina de rocas y el abono orgánico que ellos producen. En 2013, cuando Liliana empezó a trabajar con los viveros, debían sembrar las plantas nativas y recolectarlas manualmente, un proceso que ha ido mejorando desde que la comunidad recibió capacitación. Hasta el momento, han conseguido conservar 200 hectáreas de este páramo.

“En el proceso de restauración hemos aprendido que se deben seguir unos pasos para que se desarrolle de manera exitosa, como respetar la esencia del lugar donde se va a sembrar. Luego de varios talleres hemos adquirido los conceptos para entender cómo se debe manejar el material vegetal. Al inicio empleábamos bolsas pequeñas, por ejemplo; luego entendimos que necesitábamos unas más grandes para que se adapten más en el medio donde se va a restaurar”, dice Liliana. Ahora busca seguir compartiendo sus experiencias con los niños y jóvenes de diferentes entornos. “Queremos que entiendan que las plantas son muy importantes para la comunidad, porque espiritualmente tienen una razón de ser y, al reconstruir, vuelven a darles vida a los páramos”, añade.

Y aunque los viveros comunitarios son una alternativa económica para los habitantes de la alta montaña, la pandemia afectó la continuidad de los procesos de restauración ecológica en los que se demanda el material que allí se produce. Pese a esto, el sueño de los viveristas sigue enfocado en continuar con sus iniciativas que contribuyen a la preservación de estos ecosistemas claves en la lucha contra el cambio climático. Una iniciativa que, además de tener potencial de suministrar material de calidad para la restauración ecológica, se ha transformado en centro de encuentro, educación ambiental y emprendimiento para las comunidades rurales. (Lea también: El complejo de Páramos Las Hermosas es declarado sujeto de derechos)

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