Yo estuve en la sequía del Casanare

En marzo, el municipio de Paz de Ariporo enfrentó un fuerte verano que dejó más de diez mil animales muertos y puso en evidencia a un departamento rico en recursos naturales pero olvidado.

La sequía en el municipio de Paz de Ariporo, Casanare, le recordó a los colombianos la importancia de prepararse para eventos climáticos extremos y proteger el medio ambiente. / Sergio Silva

La noticia estalló los últimos días de marzo. Muy de mañana uno de los noticieros más vistos del país nos sorprendió con una crónica que daba miedo. Sus imágenes, tomadas durante la sequía en Paz de Ariporo, Casanare, mostraban a cientos de chigüiros tratando de sobrevivir en unos lodazales que apenas les cubrían las patas. Eran escenas alternadas con voces de campesinos furiosos con las petroleras y con una breve entrevista a una defensora de animales que desde Bogotá chapuceaba de tristeza frente al Ministerio del Medio Ambiente.

Desde ese día la crudeza de esas secuencias, que parecían salidas de los despiadados veranos en el Cuerno de África, se tomó al país entero. Las redes sociales reventaron de indignación contra las compañías que se asentaron en la Orinoquia y desde los medios de comunicación llovieron cientos de críticas y conjeturas no tan bien encaminadas.

Pero, ¿de quién era la culpa de semejante caos? ¿Quién era en verdad el responsable de que entre babillas, ganado, chigüiros, tortugas y cerdos salvajes hubiese más de diez mil animales muertos?

Con esas preguntas muchos habíamos llegado a Paz de Ariporo, el que para orgullo de sus habitantes es el segundo municipio más grande de Colombia. A la zona urbana, de apenas 6,5 kilómetros cuadrados, arribamos —una activista ambiental de la ONG Censat, un profesor de la Fundación Universitaria del Trópico, un par de buenos baquianos y yo— una noche tibia y seca. Y todos muy de madrugada echamos a andar al área rural, que era donde estaba, como lo llamaban los pobladores, el lugar de la tragedia. Un lugar que en tamaño equivale a siete veces Bogotá.

Para llegar a aquel sitio había que recorrer unas cinco horas en una carretera polvorienta. De vez en vez aparecían esas tractomulas cargando el crudo que ha convertido a Casanare en el segundo departamento más productivo del país si de petróleo se trata. Porque en términos de salud, educación y servicios públicos está en los últimos escalafones.

Al atravesar esas trochas larguísimas era evidente que el clima era despiadado. Lo ríos eran extensiones de tierra agrietada y el verde de las llanuras se había borrado por completo. Todo era de un ocre pálido.

Entre esas extensiones se podían ver algunas cámaras de televisión detallando chigüiros muertos y vacas escuálidas. Y se podía ver también varios carros del CTI, de la Contraloría, la Defensoría, el Ejército y la Policía merodeando las fincas afectadas intentando desentrañar el origen de esta tragedia, para encontrar al culpable de una catástrofe que los agarró por sorpresa. ¿Pero a punta de libreta y de preguntas ambiguas eran capaces esos funcionarios de recolectar información para entender la complejidad de la Orinoquia? ¿Podían con su ímpetu de salvadores aclarar la relación entre la deforestación cuenca arriba, los patrones de lluvia, el impacto de las petroleras, la ganadería extensiva y los cultivos de arroz?

Datos que en el caso de Casanare no existían y que según Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt; Ómar Franco, director del Ideam, y Carlos Vargas, presidente de la Sociedad Colombiana de Geología, eran necesarios para entender esta realidad compleja, para plantear un debate de fondo y no uno tan ligero en el que se buscase culpables. Pero pese a recibir entre 2013 y 2014 cerca de $1 billón en regalías, ningún gobernador había destinado ni un solo peso en investigaciones que ayudaran a describir sus ecosistemas.

En Paz de Ariporo tuvimos, como pocos, la oportunidad de ir llano adentro y conversar por más de cinco o diez minutos con campesinos. Casi todos coincidían en que en Casanare las sequías son frecuentes a principio de año. Y siempre se mueren animales y siempre se secan ríos, aunque, decían, en los últimos años los veranos habían llegado con más fuerza. Al igual que los inviernos, donde también se ven miles de chigüiros flotando en el agua.

Pero en medio de aquel difícil panorama y de tanta información confusa, los habitantes de ese llano inconmensurable tenían toda la razón para estar furiosos con las petroleras y con sus gobernantes, así ellos no fueran los responsables del clima. Mientras que los pozos parecían pesebres iluminados, eran muy pocos los pobladores que tenían luz más de dos horas continuas. Mientras cientos de carrotanques transportaban diariamente crudo y combustible por esas carreteras improvisadas, ellos debían soportar la polvareda que cubría sus pastizales, sus casas y sus animales. Mientras ellos tenían que pagar impuestos, a la fecha había un registro de más de siete gobernadores destituidos por corrupción o vínculos con el paramilitarismo.

Paz de Ariporo, Casanare, donde en 1991 dieron con los famosos pozos de Cusiana y Cupiagua, no dejaba de ser una de las regiones más paradójicas de toda Colombia.

* Periodista de El Espectador