Álvaro López, rey en las bodas de plata y rey de reyes en las bodas de oro del Festival Vallenato

Analogía vallenata sobre Álvaro López Carrillo, miembro de la tercera generación de una emblemática dinastía de La Paz asociada directamente a la historia, los versos y las notas.

Fundación Festival de la Leyenda Vallenata

Veinticinco años después, frente a una muchedumbre ardorosa, Álvaro López Carrillo habría de recordar las pisadas de acordeón que lo llevaron a convertirse en el tercer rey de la dinastía y que ahora le daban su segunda corona, la de rey  de reyes. El Festival de la Leyenda Vallenata era entonces una fiesta mucho más cercana al pueblo, celebrada toda en la plaza Alfonso López, donde los menesterosos colmaban  cada espacio y hasta se encasquetaban en el colosal palo de mango para ver a los acordeonistas, mientras que los que tenían modos de pagar derecho a asiento, se ubicaban cómodos frente a la tarima Francisco el Hombre.

En ese 1992, como dos décadas atrás, Jorge Oñate, apodado en la ciudad de los Santos Reyes como el Ruiseñor del Cesar o el Jilguero de América, apareció cual corpulento gitano Melquiades con el magnetismo poderoso de atraer  la corona del rey  que en 1972 se había ceñido Miguel López  Gutiérrez, padre de  Álvaro López Carrillo y hermano de Elberto López Gutiérrez, motejado el Debe, y quien a su vez había sido rey vallenato en 1980.

Con Álvaro, la estirpe de los López, descendientes de un viejo patriarca del siglo diecinueve llamado Pablo Rafael López y hábil digitador del acordeón de dos hileras, volvía a apoderarse del trono que en las añadas anteriores lo ocuparon acordeonistas de El Hatico, El Paso, Urumita, Villanueva, Codazzi y Valencia ; y de otros rincones no tan cercanos en el departamento  de Sucre, como los caseríos de Chochó y Sabanas de Beltrán o Paloquemao, en donde había nacido Alfredo Gutiérrez o el Rebelde del acordeón, o «el  tres veces rey».

La velada última del Festival de la Leyenda Vallenata de 1992 tuvo una hora menos de fiesta por cuenta de una orden que llegó desde Bogotá y que se acató en la plaza. A las diez en punto de la noche había que adelantar las manecillas hasta las once, decisión de emergencia ordenada por el Gobierno nacional con el fin de que los ciudadanos tuvieran más tiempo de luz solar en medio de la crisis energética que atravesaba el país y que lo dejaba en penumbras al atardecer.

En el escenario, Jaime Pérez Parodi, como ha sido la tradición, era la voz oficial que anunciaba los nombres de aspirantes, de compositores, de aires  y canciones.  El locutor, bajo el silencio  de acordeones, dirigió el inusual adelanto en el tiempo. El concierto se detuvo, mientras cientos de personas que habían sobrevivido a cinco días de parranda, ajustaban sus relojes y, en un instante, envejecían sesenta minutos. Una jornada particular, ocurrida una década más tarde del reconocimiento universal por Cien años de soledad, cuando también envejecieron a Gabriel García Márquez.

Fue justo en las sombras del dos de mayo, o la madrugada del tres, en que Gabo –integrante del jurado que proclamó al hijo de Miguel López- se animó a cantar la Elegía a Jaime Molina y otros versos de Rafafel Escalona, en la intimidad del sótano bajo la tarima y a la orden del acordeón de Julián Rojas, el rey vigente hasta ese momento histórico. Gabo cantó y nunca volvió a hacerlo en Valledupar. Una parrandita, como el merengue de Leandro Díaz, con la presencia de la flor y nata de la música y la tertulia vallenata: Luis Enrique Martínez, Consuelo Araujonoguera, Enrique Santos Calderón, Juan Gossaín, el versista de Patillal y otros pocos amigos del nobel de literatura.

Álvaro López, aunque sean 24 y 49 años posteriores a la primera edición que dejó vencedor a Alejandro Durán Díaz, fue rey en las bodas de plata y es ahora rey de reyes en las de oro. Dos festivales con un mismo ganador y con iguales personajes, pues varios protagonistas, además del monarca, convergieron un cuarto de siglo antes, y  volvieron a concurrir en un entorno de características comunes. Carlos Vives, Pablo López, el pueblo y Jorge Oñate, una energía y un imán atrayente de las coronas de los López, y de Fernando Rangel y Cristian Camilo Peña, también finalistas la pasada noche de abril.

Vives, que en el año de marras alistaba el lanzamiento de su primer Clásicos de la Provincia, volvía a Valledupar no únicamente a interpretar la lista de éxitos nuevos, sino canciones de aquella antología que ha sonado por los confines. Volvió, y se presentó ante el pueblo, bataneado entre la tristeza y la algarabía, a confesar una epístola y el reclamo póstumo a Martín Elías Díaz. El joven cantante, de carrera y biografía en albores, pero muerto en las vísperas del festival.

Así es Valledupar, así de paradójico y anecdótico es el vallenato clásico y veguero, de alegres merengues imbuidos por tragedias y dolores. Mi gran amigo, de Camilo Namén y El siniestro de Ovejas, de Carlos Araque, que brotó del acordeón tricolor de Cristian Camilo. Un vallenato raizal que se reivindica en cada festival y en décimas que cuentan su historia.

Solo hay que oír El rey de los cajeros, la canción reina en el Rey de Reyes, sobre la que hay que auscultar en notas ampliadas, pues tiene que ver con Ivo Díaz,  el hijo de Leandro. Y tiene que ver con la musa: Pablo López y su caja, que a pesar de ser fuera de concurso, suena hoy, medio siglo después, como sonó en el bautismo y en las bodas de plata del Festival Vallenato.

Pablo López lleva las riendas de este linaje de La Paz. Es hermano  de Miguel y Elberto, y tío de Álvaro, un rey de reyes cromado en gloria, en plata y en oro.