"Álvaro Pachón, mi personaje inolvidable": Guillermo Cano

En el Magazín Dominical de El Espectador del 29 de marzo de 1953 el director de este diario se despidió

Yo tengo muy poca memoria. Una pésima memoria, una memoria torpe. Pero en cambio todo cuanto de inolvidable ha sucedido en mi vida ha ido a grabarse, para siempre, en el corazón. Por eso yo no podría decir una fecha exacta, una hora precisa, en qué lugar y en cuáles circunstancias conocí a Álvaro Pachón de la Torre, que habría de convertirse a la vuelta de unos cuantos años –tampoco puedo precisar, ni tampoco lo quiero, si fueron diez o cinco o tres– en uno de aquellos amigos entrañables e inolvidables que entran a formar parte del tesoro sentimental que afortunadamente no tiene precio, ni límite, ni medida. (Lea: El luto en la redacción de El Espectador)
 
Álvaro Pachón de la Torre llegó un día al periódico. Venía con su paraguas negro –un paraguas inglés–, con su sombrero encocado y con un traje de impecable corte, con su profunda sonrisa y con sus bigotes únicos. Yo no conocía a Pachón de la Torre. Había leído sí, durante la guerra, con la devoción que en mis años adolescentes despertaban la Francia vencida, la Inglaterra amenazada, la revista Contra-Ataque, y había encontrado en ella un mensaje emocionado y permanente que acrecentaba nuestra fe en la victoria final de las democracias. Pero yo ignoraba quién dirigía la revista. Había también oído decir en mi casa, en la cual, es fácil suponerlo, se hablaba mucho de periodismo, de periodistas y de periódicos, que el día en que estalló la guerra mundial, Álvaro Pachón de la Torre, que trabajaba en ese entonces en El Liberal había dado la chiva antes, mucho antes que todos los demás periódicos matinales. Más tarde supe que ese era, y con justificada razón, su más grande éxito periodístico. Aquella mañana en que estalló la guerra –lo contaban en mi casa– Pachón de la Torre, escuchando radiodifusoras extranjeras hasta horas muy avanzadas de la madrugada, cuando ya en todos los periódicos reinaba ese silencio expectante, palpable, vivo de las salas de redacción, captó la noticia de que Inglaterra y Francia estaban en guerra con las naciones del eje. En cosa de media hora –así lo contaron en mi casa, y después volvió a referírnoslo Pachón de la Torre– la edición extraordinaria de El Liberal estaba en la calle. Contra-Ataque, y una “chiva” eran, en realidad, las dos referencias que yo tenía de Pachón de la Torre. Cuando él llegó al periódico, estábamos editando en condiciones no muy fáciles, un magazine –El Espectador Dominical– que por iniciativa de mi padre y con mi poquísima experiencia, queríamos convertir en una gran revista al estilo de las mejores publicaciones norteamericanas. (Lea: Flor Romero, una de las primeras mujeres en la redacción de El Espectador)
 
Nosotros preparábamos el material de El Espectador Dominical, seleccionándolo de libros y revistas de éxito, y contábamos con la ayuda esporádica de uno que otro periodista de renombre.
 
Pachón de la Torre llegó un día al periódico a las nueve de la mañana –nunca después, y solo en muy raras oportunidades, llegó a la oficina a una más temprana de la que lo reunió por primera vez conmigo en la sala de redacción de El Espectador. (Lea: Álvaro Pachón de la Torre el amigo entrañable de Guillermo Cano)
 
El magazine por ese entonces, era un apéndice del periódico. No tenía oficina propia. Todo se reparaba en la punta de la mesa central de la sala de redacción. Hasta ella llegó Pachón de la Torre y me entregó un original.
 
Era, no puedo estar seguro, un folletín titulado “El Retrato Macabro”. Era una adaptación suya de una vieja leyenda escuchada en una de sus muchas aventuras juveniles. Era, como lo fue siempre todo lo suyo, una página de apasionante interés. (Vea el video sobre la amistad de Guillermo Cano y Álvaro Pachón)
 
No se trataba de que ese día, precisamente, hubiera escasez de material.
 
Lo que sucedía era que el material no era bueno. Y “El Retrato Macabro”, de Álvaro Pachón de La Torre, venía a darle a la entrega de El Espectador Dominical –quinta o sexta de su vida– el interés que nosotros deseábamos. Ese día le pagamos quince pesos a Pachón de La Torre… Después, cada semana volvió hasta mi mesa. Se sentaba y charlaba conmigo, comenzaba a abrirme su corazón y a prestarme una ayuda que siempre habré de considerar extraordinaria. Los títulos de sus artículos eran llamativos hasta el asombro. Pachón era no solamente un grande escritor y un fácil cronista y un ágil comentarista y un magnífico periodista, sino un titulador maestro. Y hacer un título y hacerlo bueno, es algo que vale mucho: sólo los que trabajamos en los periódicos sabemos cuán difícil es reunir en un lingote donde solo cabe determinado número de letras, una frase feliz que sea síntesis y expresión exacta del comentario o del artículo que se escribe.
Paulatinamente Pachón entró a formar parte inseparable de El Espectador Dominical. Ya no era solamente con la crónica fantástica, con el toque dramático. Lo era con el artículo de fondo, con el reportaje de interés. Siempre la misma paga. Siempre quince pesos. Y siempre una extraordinaria historia. Supe más tarde que muchas de las historias publicadas en Dominical habían sido antes preparadas para la radio por Pachón de la Torre, para un programa que nunca se efectuó. Esta era otra arista de su personalidad inigualable.
 
Poseía Pachón todos los secretos –sin haberlos estudiado, debido solamente a su intuición excepcional– de la dramatización para radio. Como el programa se quedó escrito en papeles arrugados con anotaciones que decían: “Sonido, actor, locutor, música, efectos”, etc., lo redactó nuevamente para revista y así aparecieron en Dominical durante un año. En 1948, cuando se fundó El Espectador Dominical, Pachón de la Torre ocupaba un alto cargo en la Contraloría General de la República. Al romperse la Unión Nacional, él, que fue siempre y hasta el último instante un liberal sin claudicaciones, abandonó su puesto y se retiró a su hogar, desde donde escribía semanalmente su artículo para el magazine. No llegó a faltarme una sola semana y de pronto me sorprendía gratamente al entregarme una traducción de un artículo sensacional, a veces dos, buscando siempre ofrecer a los lectores de lo que comenzaba a ser para él algo más que la revista en la cual publicaban sus escritos, lo mejor y más selecto de cuanto se escribía en las publicaciones de fuera del país.
 
Cuando, en 1950 Dominical resolvió dar su grito de independencia, con la aceptación paternal de El Espectador que nos ofreció generosamente todas las armas para acometer la batalla, se resolvió que Álvaro Pachón de la Torre entrara a dirigir la revista en mi compañía. Desde ese día Álvaro fue para mí en Dominical y para todos en El Espectador, el “Doctor Pachoncito” o el “Doctor Tocichompa”, como lo llamaba Darío Bautista, incansable en su tarea de hacer simpáticos los momentos, hasta los más difíciles, a quienes con él compartimos las tareas del periódico.
Y dejó de ser Álvaro Pachón de la Torre, para transformarse en el “Doctor Pachoncito”, porque desde 1950 Pachón comenzó a llegar todos los días a las nueve de la mañana para no abandonarnos hasta cuando había caído la tarde.
 
El Dominical puso piso aparte en 1950. En una pequeña oficina –que nos costó mucho trabajo conseguir y por la cual Pachón de la Torre estuvo insistiendo durante semanas ante los gerentes del magazine y el periódico– se instalaron Álvaro y Hernán Merino, y descubrimos una mañana, asombrados a un nuevo Pachón de la Torre, a uno que permanecía inédito para nosotros, muy distinto a aquel que se presentara durante todas las semanas de 1948 y 1949 a entregarnos los originales escritos en una máquina antigua, pulcramente presentados, sin tachaduras ni borrones.
 
La primera mañana que trabajó Pachón de la Torre en el mismo piso en que funcionan las oficinas de El Espectador principió todas las actividades. Había traído una secretaria, Flor Romero, y paseándose como un león enjaulado dentro de la oficina, comenzó a dictarle mientras traducía un artículo del Magazine Digest. Pero no dictaba como todas las personas que hemos visto dictar: Pachón gritaba. Y frente a los vidrios de la oficina nos fuimos deteniendo uno a uno a escuchar. Suponíamos que se trataba de la elaboración de una proclama patriótica, de un discurso sensacional, de un documento extraordinario. No. Pachón de la Torre gritaba dictando las “Diez maneras de curar el cáncer”.
 
Desde esa vez, todos los días desde el lunes hasta el sábado por la mañana, la voz de Pachón de la Torre, era como el micrófono que nos anunciaba a todos que Dominical estaba en elaboración. De pronto, de la misma oficina salían las palabras en tono muy alto, brotaba inconfundible, fuerte, una carcajada, una carcajada que nos hizo reír siempre y que hoy al recordarla, por ser tan suya, por ser una carcajada única, nos arranca un pedazo de nuestro ser y nos hace brotar una lágrima.
 
Pachón de la Torre, se reía. Pero no se reía como todos, como no dictaba como todos. Se reía como si la risa saliera de una caverna, con una risa que llenaba todo el espacio.
Una persona que se reía como él, le tenía sin embargo un profundo horror al humor. Al organizarse el plan de trabajo del Dominical, Pachón de la Torre quedó encargado de elaborar semanalmente el siguiente material. Un reportaje, un artículo, o un folletín con su firma. Una historia fantástica con el pseudónimo de “El Narrador Indiscreto”. Dos traducciones, una de tema científico y otra de interés general. Un cuento. La sección de humor.
 
Muchas semanas estuvo riendo Pachón de la Torre, mientras dictaba las cuatro cuartillas de humor. Pero con el pasar de los meses, el material se fue agotando y el escritor perdió el humor. Compraba todas las revistas inglesas y francesas donde pudiera aparecer un chiste publicable –porque él decía con sobrada razón que una página de humor en un periódico o revista es lo más difícil de hacer, y lo es más todavía en Colombia, porque no se pueden publicar “chistes verdes”, ni chistes políticos, y el humor se nutre de “verdura” y de “politiquería”. Lo encontrábamos en la oficina nervioso, fumándose en menos de una hora más de diez cigarrillos –“Kool” últimamente porque la garganta ya no resistía el “Marlboro” que fue su cigarrillo preferido hasta 1950– revisando página por página “Coronet”, “womans”, “Readers Digest”, “Paris Match”, etc. Y de pronto estallaba. El humor se le había ido al hígado.
 
Yo prefiero –decía– escribir cuatro artículos que una columna de humor. Pero como en las revistas tienen que salir las páginas de humor, ésta aparecía en El Dominical, llevándose cada semana un poco del sistema nervioso de nuestro Pachón de la Torre.
 
Generalmente comenzaba a preparar el número de El Dominical, los viernes de la semana anterior a su aparición. Entregaba en primer lugar el cuento y profesaba una marcada simpatía en este género por los cuentos macabros y de fantasmas.
 
–Eso es lo que le gusta a la gente –decía cuando yo me mostraba algo reservado en publicar un cuento en que se cometían más de dos crímenes, y en que una serpiente –para completarlo todo– picaba a un niño en el rostro.
 
El sábado traducía de una revista extranjera el artículo de medicina. Pachón de la Torre no hacía una traducción literal. Por el contrario, le imprimía al artículo algo de su estilo, creaba un artículo de donde ya existía otro. No consultaba el diccionario, sino en muy contadas ocasiones y en los artículos de medicina –que escuchaba dictar Merino desde su mesa de dibujo con una mal contenida preocupación por las dificultades que el tema presentaba para ilustrar un hígado lleno de cálculos– a veces agregaba algo de lo que se había podido informar en otros ambientes.
El lunes estaban listas las dos traducciones. Y le tocaba el turno al “Humor”, y por eso el lunes y el martes eran los días del mal humor. Nunca un mal humor desagradable. Apenas un mal humor que se reflejaba en el cenicero, más lleno de colillas que en los días corrientes. El miércoles comenzaba su artículo, el artículo de fondo, el artículo firmado. Entonces ocurría un fenómeno. Pachón de la Torre no podía comenzar a escribir antes de tener listo el título. Muchas veces, por las urgencias técnicas del periodismo, me tocaba solicitarle los miércoles por la mañana el título del artículo. Lo hacía por teléfono. No quería ver en su rostro la preocupación tremenda que le causaba tener que darme un título anticipado, un título que no lo hiciera feliz. [...].
 
A veces entraba a la oficina apresuradamente, se sentaba frente a la máquina y por una vez hacía de mecanógrafo y copiaba un título: “El Viaje de la Ostra hacia la Perla”.
Acababa de regresar de Cuba. Y me confesó que todo el viaje de regreso –cerca de ocho horas en avión– había estado pensando un título y que la noche anterior no había dormido. Pachón de la Torre era un hombre que se desvelaba por un título.
 
Nunca pude conseguir que me entregara su artículo a tiempo. El Dominical, como cualquier periódico o revista, tiene una hora cero. La hora cero de El Dominical son las doce del día jueves. Pachón de la Torre entregaba la última cuartilla, sacada con cuentagotas, a las cinco de la tarde. Desde las ocho de la mañana de los jueves –únicos días en que llegaba antes de las nueve– comenzábamos a pedirle el artículo, primero yo, más tarde Agustín Rodríguez, jefe de armada y finalmente pulido, nuestro “malacate”, quien insistía cada media hora. Pachón de la Torre acababa a las cinco de la tarde materialmente deshecho y bajaba sudoroso a la máquina, donde lo esperaban linotipistas, armadores y prensistas, y el mal humor de todos desaparecía como por encanto a su sola risa tímida de culpable. Entonces recorría los linotipos en busca de los originales. Le encantaba que fuera Maldonado el que levantara sus artículos. Y el secreto, según lo dijo mil veces, era que Maldonado le corregía los errores a la mecanotaquígrafa que, por la urgencia de las horas, copiaba apresuradamente. Si Pachón de la Torre encontraba el original: Vurro, escrito así, exclamaba:
 
–Qué muchachita tan burra… –Pero no con dureza. Con cariño. Supo ser el patrón y el amigo, primero de Flor Romero, y ahora hasta el sábado, de Ligia Romero. Ambas sabían que sus explosiones de nervios eran pasajeras y que su carácter, en el fondo, fue siempre cordial.
 
Un día varios empleados del periódico se sacaron la lotería. Pachón de la Torre, en cuanto se informó del golpe de suerte, nos reunió a todos los de El Dominical en la oficina y nos contó que una noche se había soñado el número 2345 de la Lotería de Cundinamarca. Propuso que adquiriéramos ese billete semanalmente y para tal efecto obtuvimos de don Nazario Gómez la promesa de separarnos cada lunes el 2345.
 
Pasó la primera semana y nada. Y la segunda y tampoco. Y la tercera, y la cuarta y la quinta. Escamados todos sus compañeros le pedíamos el favor de que nos asegurara que ese número era realmente el que se había soñado. Él se mantenía firme. El cinco, como terminación de Lotería, ha salido dos veces, en dos años que llevamos comprando el billete. Hace pocos días, otro lunes en que no ganamos nada, le dije: –Pachón de la Torre: ¿No te has soñado otro número? Y me respondió: –Creo que me equivoqué. Ese número en verdad no me lo soñé yo. Se lo soñó hace mucho tiempo mi madre. Y se lo soñó al revés…
 
En los periódicos se corre contra los relojes. Pachón de la Torre, sin embargo, no padecía como nosotros, de esa esclavitud nerviosa de los horarios. Llegaba a las nueve de la mañana y cuando se le hacía ver que era muy tarde para entregar un original, respondía:
 
–No hay agua caliente en casa.
 
Pachón de la Torre no podía salir de su hogar si no se bañaba con agua caliente.
 
Y no llegó a montar nunca en bus. Iba en taxi desde El Espectador hasta su casa, que quedaba situada, en 1950, en la calle 14 con carrera 5.a. Cuando se pasó a Chapinero contrató un taxi que lo recogía siempre frente a su casa a las ocho y cuarenta y cinco minutos.
 
Nunca viajó en bus, pero nunca tampoco dejó en casa el paraguas y el sobretodo.
 
–Sí. Vivía y vestía como un oligarca. Pero cuando los jueves ya estaba cerrado.
 
El Dominical, se quedaba charlando un rato en el taller de máquinas y entonces me contaba que él se había fugado de su casa y había ido a parar a Nueva York, donde lavó platos en un restaurante “automático”.
 
Cuando me relataba esas cosas, yo le decía en son de broma, que escribiera un artículo que se podría titular “Yo conocí a Álvaro Pachón de la Torre por el ‘Narrador Indiscreto’”. Y entonces se reía. Pero nunca quiso hacer esa biografía que hubiera sido hoy para nosotros un documento humano inestimable.
 
Pachón de la Torre tuvo siempre una dificultad insuperable para leer al revés. Y en los periódicos, en la armada, se necesita saber leer al revés. En los momentos angustiosos del cierre de la edición, se volcaba sobre las platinas en un intento desesperado por leer lo que decían títulos y texto. A veces yo ya me había ido del periódico, había dejado cerrada la edición de El Dominical, y él se quedaba aún en los talleres manchando de tinta su vestido de paño inglés.
 
Por la mañana, al día siguiente, me llamaba: –“Te salvé de una metida de pata. Habías puesto mal el lingote que señalaba la continuación de mi artículo en la página 33”. Había durado leyendo el lingote cerca de media hora. Pero en realidad me había salvado de “meter la pata”. Y eso lo hacía gozar insospechadamente.
 
Pachón de la Torre conquistó en todo el personal del periódico una admiración, una amistad y una simpatía superiores a todo cuanto podríamos expresar con las palabras. Desde las altas esferas directivas hasta el más modesto de nuestros trabajadores, encontrábamos en Pachón de la Torre un oasis de bondad. Por eso, porque nunca llegó a negarle a nadie ni su palabra, ni su saludo, ni su consejo, a él íbamos todos unas veces en busca de ayuda, otras a hacerlo víctima de nuestras bromas. Nunca una persona recibió tantas, ni nunca supo aceptarlas más gallardamente. Era que en Pachón de la Torre sobresalía la caballerosidad y con la infinita bondad de su corazón amable, sabía perdonar los errores de algunos y recoger los sentimientos nobles de los otros.
 
Y si Pachón de la Torre fue para El Dominical una inyección de optimismo y de vitalidad, para todos sus compañeros de trabajo fue la barrera que contenía nuestra desesperación y nuestros desfallecimientos.
 
Y se preocupaba por las cosas grandes de la patria y por las cosas pequeñas. En el deporte fue siempre un “hincha radial” furibundo, que se sentaba los domingos en la sala de su casa, en bata y con pantuflas, a escuchar uno por uno todos los partidos de fútbol que se efectuaban en el país. No pudo nunca tener simpatía por “Millonarios” y, en cambio admiraba la escuela brasileña hasta lo increíble. Cuando yo regresé de París, después de tres meses de ausencia, completamente desadaptado de lo que sucedía en el campo deportivo, fue a visitarme a mi casa el domingo por la tarde y sintonizamos la radio.
 
Los locutores decían nombres de jugadores que yo escuchaba por primera vez. Pachón de la Torre me iba diciendo:
 
–Ortega del “Sporting”, alero izquierdo. Cerloni del “Sporting”, interior. “Manco” Gutiérrez del “Pereira”.
 
Sabía todos los nombres y los puestos de cada uno de los jugadores de los 16 equipos profesionales y si un locutor decía por ejemplo, que “Pibe” Ortega corría por el ala derecha, estallaba nervioso: “No puede ser… el “Pibe” Ortega es izquierdo…”. Siempre apostaba al fútbol y siempre perdía. Lógicamente. Porque siempre apostaba contra “Millonarios”. Cuando ocurrieron los sucesos del seis de septiembre y yo tuve que abandonar la codirección de El Dominical, Pachón de la Torre se quedó solo. Y entonces hube de asistir una vez más a otra de sus grandiosas transformaciones.
 
Ahora ya no solamente escribía. Ahora armaba. Se lanzó con la misma valerosa impetuosidad de siempre, al laberinto de la composición tipográfica, y sentía yo un profundo dolor cuando a las nueve de la noche de los días jueves lo veía subir a los talleres, manchada la cara de tinta y el vestido de grasa. Y entre los bolsillos, al lado de un paquete de cigarrillos “Kool”, prácticamente concluido, aparecían clisés, originales arrugados y hasta una interlínea, en mezcla exótica y risible. Pero Pachón de la Torre había cerrado una edición más de El Dominical, aunque su temperamento nervioso hubiera sufrido el desgaste de varias horas inenarrables.
 
Porque Pachón de la Torre era un hombre desmedidamente nervioso. Su última semana de vida fue, por ejemplo, un martirio. Por cuestiones de organización interna y debido al día de fiesta incrustado en mitad de la semana, la edición hubo de ser adelantada y se debía editar el miércoles por la noche.
 
A don Enrique Santos, Calibán, le había solicitado Pachón de la Torre unas declaraciones que el gran periodista ofreció para el martes en la tarde. No pudieron estar listas y entonces a Pachón de la Torre le temblaba esa tarde hasta la risa. La mañana siguiente llegó desacostumbradamente temprano, a las siete de la mañana, y escribió en la máquina hasta cuando lo llamó la secretaria. Luego trabajó todo el día y llamó cien veces a la censura, y bajó a las máquinas y revisó las páginas y se quedó media hora leyendo el lingote que decía: “Continúa en la página 33”. Y cuando estuvo concluido, finalmente, volvió a reír con amplitud, con su carcajada profunda. El reportaje con Calibán era el primero de una serie en la cual Pachón de la Torre había puesto todas sus ilusiones. Iba a seguir esta semana con la semblanza y reportaje de Eduardo Zalamea Borda. Y en la próxima con la de Lucas Caballero. Y después con la de Agustín Nieto, la de Manuel Mejía, etc. Se frotaba dichoso las manos. Como lo vi frotárselas cuando a su oficina llegó una vez un hombre desconocido que comenzó a contarle la historia de su vida. Antes, mucho antes de que terminara la entrevista, se había escapado un momento hasta donde mí y me había dicho: –Tengo la “chiva”. Una serie que se va a titular: “Yo serví a Stalin y perseguí a Mussolini”.
 
La serie fue sensacional. Y esa vez, seguramente, Pachón durmió tranquilo porque el título estuvo listo muchos días antes de que escribiera el artículo. Preparaba otra serie sobre las esmeraldas, llena de historias de fatalidad, de leyendas fantásticas, de asuntos trascendentales, de aspectos apasionantes. ¡Cabía tanto en su imaginación fecunda!
 
Pero esa imaginación fecunda y esa inteligencia especialísima, y esa capacidad de trabajo, y esa adaptación rapidísima a todos los medios –escribía un artículo, una nota, un editorial, una necrología y una crónica social, con la misma buena voluntad y con el mismo acierto con que planeaba tipográficamente una página del magazine– se han quedado fatalmente truncas. Y como si él hubiera tenido un trágico presentimiento de lo que le iba a ocurrir, en su serie de “Monserrate a Montparnasse”, con título muy suyo, muy característico, se apresuró a denunciar a la muerte en estas palabras, que por una rara coincidencia, se grabaron indeleblemente en mi poca, en mi pésima, en mi torpe memoria: Dentro de los designios inescrutables que rigen el curso de la frágil vida, convirtiendo en ocasiones al hombre en un simple juguete de los caprichos del azar, ninguno tan extraordinario como ese que le depara a todo ser humano, por humilde que sea y en contraste con la mediocridad de la rutina o con los sinsabores de la lucha, su momento estelar; ese minuto de la cenicienta convertida en princesa bajo el golpe de la vara mágica; o el del paralítico que sometido al tratamiento de la droga milagrosa, se levanta y camina; o mejor aún el instante feliz en que el inexperto adolescente descubre deslumbrado todo el maravilloso misterio del amor.
 
Esa sensación de deslumbramiento y de milagro al alcance de la mano, fue la que me invadió, conmoviéndome y anonadándome, hace veinte días, cuando mi buen amigo don Juan Manuel Pradilla, jefe de relaciones públicas de la Air France en Colombia, me informó que la poderosa empresa de navegación aérea que representa había tenido la gentileza de incluir mi nombre en la lista de invitados que habían de viajar a bordo de uno de sus ultramodernos “Constellations” en el vuelo inaugural del servicio Bogotá, Caracas, París. A esa amable y, desde todo punto de vista inmerecida invitación, debo la más extraordinaria de las experiencias en mi agitada vida de periodista, y diez días de aventura incomparable en el miliunochesco país de los sueños; de la belleza, del arte, de la gracia perfecta y el encanto infinito, y de dos mil años de civilización.
 
Hasta ese momento la existencia proseguía su curso de arroyo manso, ensombrecida a veces por las nubes de la tormenta, pero encerrada en el cauce de la faena diaria y he aquí que de pronto topaba en su camino con la piedra de la fortuna que la proyectaba hacia lo alto, haciéndola saltar en surtidor iridiscente de espumas y cristales, penacho de arco iris bajo el beso del sol.
 
En peregrinación atropellada y febril surgieron del subconsciente y me rondaron el cerebro los sueños de la juventud, las ilusiones tantas veces alentadas y frustradas que ahora iban a convertirse en realidad esplendorosa y al escuchar las palabras del amigo no podía dar crédito a mis oídos. Esa patria espiritual a que pertenece todo el que ha leído un buen libro o ha admirado el rostro indefinible de la belleza copiado en el claroscuro de los lienzos o en los contornos delicados y perfectos de mármoles y bronces, me iba a recibir en su seno perfumado y dulce, colmando para siempre las inquietudes de mi espíritu.
 
El hada madrina con la estrella en la frente me esperaba al otro lado del Atlántico, como espera la flor a la crisálida que abandona su cárcel para convertirse en mariposa. A la premonición del gozo por cumplirse, aunábase en mí una sensación indefinible de zozobra y de temor. ¿Surgiría a último momento, como otras tantas veces en la vida, el inconveniente inesperado, la dificultad insuperable que hiciera estallar en la nada a la burbuja de la ilusión; ¿que echara por tierra mi castillito de naipes? Recordaba entonces, aquel apólogo que sirvió de argumento para una de las primeras películas de Carlitos Chaplin: el del niño huérfano que, recluido en un asilo y después de haber sufrido las burlas y los golpes de las celadoras todo el año, esperaba anhelante la distribución de dulces y juguetes de la noche de Navidad, escogiendo entre todos esos obsequios una dorada y fragante manzana, y cuando ya la tenía en la temblorosa mano y la acercaba a sus hambrientos labios, escuchaba a su espalda la voz de la superiora que le decía: “¡Charlie deja esa manzana: este año no hay regalo para ti porque te has portado muy mal!”. Pero a mí nada ni nadie podría quitarme la manzana de mi jardín de otoño, no obstante lo cual el proyecto del viaje continuaba siendo un sueño que sólo vi convertido en realidad el viernes 16 de enero, cuando a bordo del “Constellation” de la Air France dejé atrás el familiar paisaje de la Sabana para remontarme hacia el espacio infinito, a la conquista de lo que hasta ayer parecía un imposible, mientras en el retardado reloj de mi vida vibraban gloriosas y profundas las 12 campanadas de la felicidad. Pachón de la Torre nos estaba diciendo que París había colmado un nuevo capítulo de su vida. Casi, casi nos decía que ahora podría morir tranquilo.
 
Ojalá ese viaje se hubiera retrasado para siempre y entonces, tal vez, el curso del destino se habría torcido, y en las oficinas de El Dominical estaríamos escuchando otra vez la risa maravillosa de Álvaro Pachón de la Torre, mi personaje inolvidable…
 
 
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