Crónica de un día con un jíbaro de clase alta en Medellín

“No aspiro a ser narcotraficante, eso son otras ligas”, expresa Juancho, un joven de 24 años y de estrato 6, quien se moviliza en su Toyota Fortuner vendiendo droga por sectores prestigiosos de Medellín.

Desde niño Juancho –como lo llamaremos en esta crónica– lo ha tenido todo, pues pertenece a una familia de estrato socioeconómico alto. Sus padres creen que administra su propio negocio en el municipio de Envigado, sin saber a lo que en verdad dedica la mayor parte de su tiempo: vender droga a domicilio.
Vive solo en el barrio El Poblado en un penthouse cerca a la avenida Las Vegas. Viste con las mejores marcas de ropa, zapatos y relojes; se le nota la clase por encima, se sale de todos los estereotipos.

Ha tenido la oportunidad de ser un “duro”, pero dice que no ha querido, agumentando que no es ambicioso y que a todo el que codicia le va mal.
Desde los 17 en años, en rebeldía y en plena adolescencia, conoció en su colegio, uno de los más reconocidos de Medellín, al hijo de un narcotraficante y se hicieron buenos amigos.

No quiso estudiar ninguna carrera profesional, pues convenció a sus padres de que su negocio con carros le daría el suficiente sustento para vivir bien. Esta es la historia de cómo se mueve un jíbaro de clase alta.

El penthouse

Llegué puntal a su casa. Lo conocí por medio de un amigo que es su cliente y me dio su Whatsapp. Acordé con él acompañarlo en algunas entregas dentro de la ciudad.

En su edificio solo hay un apartamento por cada piso, cada uno de alrededor de mil metros cuadrados. Juancho vive en uno alto. La puerta es negra de una madera parecida al cedro. Cuando abrió, muy efusivamente dijo: “¡Qué más parcerito!, ¿bien o qué? Adelante que estás en tu casa”. Era la tercera vez que lo veía. En esta ocasión lo visitaba con mucho más tiempo para saber sobre él. “¿Querés whisky, vino, ron, guaro, tequila, vodka o qué? Lo que no vea pregunte que se le tiene y si no hay se lo mando a pedir”, dijo mientras reía. Solo le expresé que con un vaso de agua estaría bien.

Entré y me llamaron la atención dos cuadros de caballos: uno medía un metro de alto por dos de ancho. Tenía a un corcel negro tomando agua de un pozo. Le pedí permiso para conocer su casa y no tuvo problema.

Como si de un yin yang se tratara, las paredes blancas, las sabanas de las camas y el jacuzzi en su baño -del tamaño de dos camas matrimoniales juntas- contrastaban con el negro de la mayoría de sus cosas: la madera de camas, puertas, persianas, muebles, hasta de electrodomésticos y cortinas. No había mucho color, ni siquiera en su ropa, la cual tenía en todas las gamas de negros, grises y blancos. Tenía cadenas de plata, oro y relojes finos en su armario, y televisores de mínimo 50 pulgadas: uno en la sala, otro en la habitación principal y cuatro más repartidos en los cuartos restantes.

Después de conocer su casa y esperar a que le confirmaran unos pedidos, salimos a realizar las entregas. Sabía que si nos encontrábamos a la Policía yo también podría estar en problemas…

Primera entrega: Ciudad del Río

Nos montamos en la camioneta, negra también, una Fortuner modelo 2015. Se veía limpia y olía rico. No sé si él era muy ordenado o si me hizo creerlo, pues su casa y su carro lucían muy bien.

Nos dirigimos a Ciudad del Río, un barrio cercano un poco más al norte de Medellín. Tomamos la avenida Las Vegas y en cinco minutos ya estábamos allí. A las 11:40 a.m. no había mucho tráfico ese día entre semana.

No fue mucho lo que hablamos en ese recorrido: me preguntó cómo iba en la universidad, le dije que bien y le expresé que él tenía una casa muy bonita. Me dijo riéndose un poco: “A la orden”. Su voz es gruesa y algo ronca, parece de un hombre de 35 años, diferente a los 24 que tiene. Y su acento es muy paisa. Se me pareció un poco al cantante Maluma en su personalidad y en su “vibra”.

Contó que tiene una novia con la que lleva dos años y tres “amiguitas” muy especiales con las que sale, pero nunca las saca al mismo tiempo; tiene repartidos los días y los horarios para cada una. Y manifestó que en otros momentos sale a hacer nuevas amigas.

Llegó el primer cliente

Nos parqueamos al frente de una unidad residencial. Luego de cinco minutos de espera se acercó a la camioneta un joven de unos 21 años. Estaba de pantaloneta negra y camisilla blanca, con unos crocs verdes. El cliente saludó:
-¿Qué más pa?
-Todo bien perrito, acá le traje lo suyo. Pille: dos blunts, uno chocolatudo y otro fresudo. Son 15 lukitas y con el domicilio 20.

Juancho sacó de un cajón de la camioneta un sobre de plástico transparente. A simple vista pude ver dos más con blunts y LCD.

Según la página web Procanábicos, los blunts surgieron dentro de la cultura del hip hop a principio de los años noventa, influenciados por varios raperos del sur de California.
La idea con los blunts es muy simple: “Abrir un puro para sacar la hoja o lámina más gruesa, la que sostiene el resto de hojas de tabaco (en caso de tener un buen puro). En otras ocasiones se vaciaba un puro, quitando el tabaco picado para introducir el cannabis y volverlo a cerrar. Los puros que más se usaban eran los de la marca Filis Blunt, por eso el nombre de Blunt”.

-¿Qué más tiene pa’ mí? –preguntó el cliente.
-Pille este papel que me llegó, de muy buena calidad. Se lo dejo barato, deme 20 lukitas. Si no le gusta, luego le devuelvo la plata, esto es calidad garantizada. En total deme 40.

El joven le pasó un billete de $50 mil y Juancho sacó de su bolsillo derecho un fajo de billetes y le devolvió $10 mil. Calculo que el fajo podría tener dos millones de pesos en billetes de 10, 20 y 50 mil pesos.

De ahí salimos a realizar una nueva entrega. Tomamos la carretera Las Palmas, luego de subir por la loma de Los Balsos.

Segunda entrega: Llanogrande

Llanogrande es una zona tradicional habitada y visitada por personas de estrato alto que queda cerca de Rionegro, en el Oriente antioqueño. Nos tomó llegar unos 45 minutos, entonces tuvimos más tiempo para conversar:

-Esto sin musiquita no aguanta. ¿Qué pongo?, ¿qué le gusta a usted parcero?
-Yo no tengo problema, a mí me gusta de todo –le respondí.
-A mí también, de todo tipo de música, así es que es –dijo.

Durante el camino puso desde reggaetón y electrónica hasta rancheras de Vicente Fernández y canciones despechadas de Darío Gómez. Todo lo cantaba y hasta se le escuchaba bonito. No me quedé con la curiosidad y le pregunté cuánto se ganaba al día, cómo un jíbaro vivía tan bien y tenía tantas cosas de lujo.

-Al día me hago 100 mil pesos más o menos. Unos días más, otros días menos.
-No, no creo que se haga apenas eso, es muy poquita plata para todo lo que usted tiene.
-Yo también tengo mi negocio de carros… soy todo un administrador. Sin título, pero me va bien. No me gustó estudiar.
-No, pero sin contar lo del lavadero, dígame la verdad, relajado. ¿Cuánto se hace al día?
-No le estoy diciendo mentiras, yo me hago más o menos 100 lukas al día, solo que yo también tengo otros parceros a los que les suministro. Yo les doy la merca y ellos la venden en los barrios.
-¿Cómo es eso?, ¿usted en dónde vende y ellos en dónde?
-Yo me encargo de vender solo a conocidos, parceros de El Poblado, Laureles, Rionegro, Llanogrande, Envigado, Sabaneta… Digamos que el sur, y ellos en todos los barrios que tengan conocidos o clientes fijos. Nuestros servicios son a domicilio, algunos en carros y la mayoría en motos. Yo solo le vendo a conocidos o a referidos de parceros de confianza. No me gusta cartelearme mucho.
-¿Cuántas personas trabajan con usted?
-Diez.
-Entonces, con lo que le pasan esos manes y con lo que usted se hace, ¿cuánto dinero le entra en total al día?
-Bueno, digamos que un millón de pesos.
-¿Qué vende y qué precios tiene?
-Blunts a $10 mil, el parcito a 15, perico a 5 el gramo, popper a 25, LCD a 20 y ya otras cosas como pepas… Lo que me pidan yo lo consigo. Y pues depende de la distancia cobro 10 o 20 mil el domicilio. Este, como es más lejos y con peaje y todo, pues 70 el domicilio.

Cuando estábamos en el Alto de las Palmas señaló un colegio, dijo que en ese había estudiado y ahí había conocido al hijo de un narcotraficante. Qué así era como había empezado en el negocio y a quienes le suministraban la droga.
Luego de pasar por un centro comercial, tomamos la variante hacía el aeropuerto José María Córdova. En el peaje le dijo a la chica que cobraba: “Ya es la segunda vez que te veo y creo que usted no se acuerda de mí. A mí no se me olvida esa carita suya tan linda” (sic). Le guiñó el ojo y ella le sonrió.

Cuando íbamos llegando a la glorieta que permite voltear para Santa Elena había un retén de la Policía. Yo me puse pálido. Él bajó sus vidrios polarizados y pasamos como si nada. Tuvimos suerte de que no nos detuvieran. Me dijo que me relajara, que el miedo es lo que lo delata a uno. Que en los seis años que lleva trabajando en eso, solo lo habían detenido una vez y que no le encontraron nada, solo le pidieron los papeles del carro.

Llegamos a Llanogrande a eso de la una de la tarde. Luego de pasar un mall, entramos a un club. En la entrada le dijo al portero el nombre de la persona para dónde íbamos y pasamos. Pude ver un campo de golf y un lago. No sé mucho de modelos de carros, pero vi un Mercedes, un Audi y un Porsche parqueados junto a tres camionetas Toyota.

“Aquí con el primo”

A esa hora y ese día, el club estaba realmente solo; pero seguro en la noche se iba a llenar porque habría una fiesta y ya se veían globos de colores, como si de un cumpleaños se tratara.

Un hombre moreno, bien vestido, se acercó a la camioneta, tenía puesto un traje gris. Saludó alegremente a Juancho. Le preguntó quién era yo y Juancho, mintiendo, dijo: “Es mi primo Sebastián, está visitándome. No lo quise dejar solo para que se aburriera en la casa, entonces me lo traje”. “Mucho gusto Sebastián”, me dijo aquel hombre que tendría unos 40 años. “El gusto es mío”, le respondí.
Juancho sacó un sobre más grande que los otros, se bajó de la camioneta y le dio un abrazo de despedida. No vi que le hubiese entregado dinero, por lo que al salir le pregunté. Me contestó que era un amigo cercano y que él le consignaba siempre en la cuenta bancaria. Lo que le dio en el sobre valía $370 mil.
De allí volvimos a Medellín, pero antes nos detuvimos en un restaurante cerca de la glorieta del aeropuerto donde ambos pedimos bandeja paisa. Juancho me invitó a almorzar.

Sus ideas sobre lo bueno y lo malo

De vuelta, y como ya le tenía más confianza, le hice otras preguntas que tomó de buena manera y siempre respondió entre risas:

-¿A usted no le da miedo que lo cojan?
-Claro parcero, miedo nos da a todos.
-¿Sabe que si lo cogen, y eso que solo con la droga, le pueden dar como mínimo ocho años de cárcel?
-Ay hermano, no me asuste.
-¿Para usted está bien hecho lo que hace? ¿Acaso no es plata mal hecha? Lo que usted se hace en tres días, yo como periodista, trabajando, me lo haría en un mes.
-Lo bueno y lo mal hecho, eso ya es una concepción social. Cada quien elige si quiere consumir o no, yo solo cumplo con un servicio. Y la plata mal habida la hay por todas partes, si no mire a esos políticos: roban y para ellos no hay cárcel. En cambio yo trabajo, compro y vendo. A nadie estoy robando ni matando.
– ¿Prefiere una tumba en Colombia o una cárcel en Estados Unidos?
– Me salió con la canción, ¿Pablo Escobar o qué? No, ni lo uno ni lo otro. Yo voy a hacer un dinerito y luego me retiro.
– ¿Y sus trabajadores qué?
– Es que ellos en realidad no son mis trabajadores. Son personas que conozco a quienes les vendo más barato, sino que ellos me compran más cantidad. Yo les suministro a ellos.
– ¿Cómo se ve en un futuro?
– Con una familia, esposa e hijos y dedicado completamente a ellos, fuera del negocio. Ya he ahorrado y por ahí, si mucho, en cinco años me retiro.

Tercera entrega: Laureles

Llegamos a este tradicional barrio del occidente de Medellín a eso de las 3:20 p.m., cerca al Segundo Parque. El cliente se acercó a la camioneta, tal cual como lo hicieron los otros dos, y no era tan conocido para Juancho, era el referido de un amigo suyo. Vestía blue jean, camiseta verde, gorra y tenis Adidas.

– Vos sos Juan, ¿sí o qué? -preguntó el cliente.
– Sí parcero, un gusto. Pille su encargo.
Juancho sacó uno de los sobres restantes. “Son 15 mil pesos de los blunts y 10 del domicilio. Pero deme 20, así está bien”, agregó.

Fue la última entrega y Juancho me llevó a mi casa en el municipio de Sabaneta. Seguro realizaría otra más porque aún le quedaba otro sobre que vi. Y quién sabe cuántos más en otra parte de la camioneta.

El microtráfico, esa modalidad del negocio de las drogas ilícitas que se hace al menudeo y que cada vez tiene más ahogada a esta sociedad, presenta muchas facetas, algunas ocultas y desconocidas, como esta en la que vive Juancho, un jíbaro puppy de Medellín.

*Estudiante de la Universidad Eafit
 

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