El Museo del Juguete, un lugar para recordar y ser feliz en Medellín

Una exposición sin títulos ni fichas técnicas en donde la única regla es revivir la alegría de jugar. Tiene más de 4.500 piezas, desde trompos y ataris hasta figuras de Pokemón.

Más de 4.500 juguetes habitan las repisas de una casa ubicada en la zona industrial de Medellín. Allí conviven diariamente tesoros olvidados de la niñez de las generaciones de nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. El Museo del Juguete es un lugar para explorarlo todo, tocarlo todo y recordarlo todo; para volver a ser niños y sonreír jugando.

Las manos del coleccionista Rafael Castaño, inquietas desde pequeñas, son las autoras de este espacio. Ellas comenzaron a recoger ‘chécheres’, estampillas y monedas hasta que un día, hace 30 años, compraron la primera pieza de esta colección. “Pasé por una zona de reciclaje del centro y vi un juguete que me recordó mi infancia. Me bajé del bus y compré un carro verde grande. Ni sabía qué hacer con él”, cuenta Rafael entre risas, mientras muestra orgullosamente el objeto que lo convirtió oficialmente en un recolector de recuerdos.

Hoy, todo el que visita el museo siente la misma emoción que recorrió el cuerpo de Rafael aquel día, pues entre el polvo y los colores es inevitable encontrar un juguete que lo transporte a su infancia. Rafael sostiene que “si hay un sinónimo de juguete, sería la alegría, porque siempre detrás de un juguete hay un niño alegre o un adulto reviviendo esa felicidad”.

El museo ha visto llegar a personas aporreadas y sin brillo “por cosas de adultos”, como dice Rafael, pero en el instante en el que ven sus juguetes “recuerdan que sí jugaron, que fueron niños, que sí tuvieron sueños. Se reconcilian con el pasado a través del juego y recuperan el rumbo”. Para él, volver a los juguetes es también recordar todo lo que había detrás de ellos: los amigos, los vecinos de la cuadra, los hermanos, las herencias de los papás, el traído del Niño, la primera comunión…

 

 

En este lugar “no hay barreras de idiomas, culturales o sociales. El juego es un lenguaje universal, porque en la sonrisa no hay distancias, no hay diferencias”. Por esta razón, las piezas no son clasificadas, ¿para qué una ficha técnica si todos somos expertos en jugar?

Cuando se recorre el museo, es inevitable querer abrazar a un Topo Gigio o montarse en un monopatín, y lo mejor de todo es que ¡se puede! Mientras los jóvenes se estremecen cuando ven los tazos de Pokemón que venían en las bolsas de leche Colanta, las cartas de Dragon Ball Z o los Atari, las señoras de 70 años se conmueven al tener en sus manos nuevamente a las muñecas de plástico y de pelo tieso con las que jugaban, cuando añoraban que llegaran las muñecas con pelo de verdad.

Allí conviven los yoyos y las pirinolas al lado de las pelotas de letras. Estos fueron testigos de los raspones que se hacían los niños jugando chucha cogida, golosa y pelota envenenada en las calles, esas que contemplaron que solo se necesitaban tapas de gaseosa y una tiza para jugar a la Vuelta a Colombia y ser feliz.

También están los de mesa como la escalera, el parqués, la lotería y las damas chinas, que reunieron familias enteras por horas alrededor de un comedor. Las vajillitas miniatura saludan de frente a las granjas de Fisher Price, mientras las cocinas y los carros tamaño real reposan pacientes esperando a que alguien les retorne la vida.

Dice Neruda que “el niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta”. Y tiene razón. Basta con visitar este museo para entender que recordar es soñar de nuevo y que jugar es una de las mejores formas de vivir: siendo un niño.