Las escaleras eléctricas de Medellín que impactaron a Obama

Con tecnología japonesa y fabricación china, las escaleras funcionan como un relojito llegando hasta donde no se atreven las águilas en el barrio popular Independencias 1 de la parte alta de la comuna 13.

/ Elizabeth Jiménez

La noticia no apareció ni en el pasa del periódico: Hace varias semanas, en un acto en la Casa Blanca, el presidente Obama aludió avaramente a las escaleras eléctricas de Medellín “que suben a las montañas”. Las cinco palabras las pronunció en el lanzamiento del programa Paz Colombia que le daba entierro de pobre al Plan Colombia.

Las escaleras que mencionó Obama son una prolongación del metro. O el metro reencarnado en escalera eléctrica. O un ascensor acostado, para reciclar la metáfora del paisa que definió así el metro cuando fue inaugurado.

Ese gratuito comercial del mandatario “pudiente del norte” nos albortó las ganas de visitarlas de nuevo a más de un veterano que vemos en ellas la clonación de las desaparecidas escaleras eléctricas del Almacén Caravana que frecuentábamos de niños.

Dentro del sistema de transporte urbano, el metro es la joya de la corona. El diamante es el tranvía que empezó a operar en forma hace pocas semanas pese a que el presidente Santos lo “inauguró” el año pasado en vísperas electorales. Pero no dejemos que otras formas de movilidad les roben protagonismo a las escaleras.

Más de uno quedó viendo un chispero con la mención de Obama en presencia del presidente Santos y de buena parte del blancaje criollo que devenga o viatica en dólares. De allí que no sobre intentar una escueta biografía de las dichosas escaleras de la mano de la Empresa de Desarrollo Urbano, Edu, y de Terminales Medellín, entidades responsables de que los 350 escalones que acortan distancias juntando la tierra con el cielo de la comuna, funcionen normalmente.

Donde las águilas no se atreven

Con tecnología japonesa (empresa Fujitec) y fabricación china, como si fuera un electrodoméstico, las escaleras funcionan como un relojito llegando hasta donde no se atreven las águilas en el barrio popular Independencias 1 de la parte alta de la comuna 13 de Medellín, como se les dice a las localidades desde cuando las despojaron de su sonoro nombre de barrios. En familia, se habla de las escaleras de san Javier y sanseacabó.

La cuota inicial de esas escaleras que hace la ruda cotidianidad más amable a 12.000 usuarios hay que rastrearlas en las que se usan en otros países para transportar turistas a sitios más cerca de las estrellas. El pragmatismo paisa le puso papel carbón a esas escaleras y las convirtió en servicio público, como certero y gratuito medio de comunicación.

Alcaldes de ciudades colombianas y extranjeras suelen darse su rodada para conocer el funcionamiento del sistema de transporte masivo de la Bella Villa. El exalcalde de Bogotá, Petro, y su sucesor, Peñalosa han sido de la partida. El que se copie del metro, de las escaleras y del resto del menú: metroplús, alimentadores y bicicletas, habrá ganado la agradecida inmortalidad de la estatua.

Como las cosas no son del dueño sino del que las necesita, según reza el socorrido adagio, aparte de clonar la idea, se arbitraron recursos por 11.000 millones de pesos en el plan de desarrollo 2008-2011 de la Alcaldía de Medellín, aprobado por el Concejo. Y “habemus” las dichosas escaleras que les ahorran a miles de habitantes tiempo, zapatos, estrés, fatiga y yerbas afines.

Cuidadas como la nevera

La obra se inició en febrero de 2011 y estaba al servicio de la comunidad a principios de 2012. Claro que desde 2008, “la EDU lideró una gestión de acompañamiento social con la comunidad del área de influencia del proyecto, con el objeto de lograr apropiación con la obra y minimizar los riesgos por su mala utilización”, advierte la prosa oficial.

La última vez que la visité, como la primera, se podía comer en ellas: limpias como un plato de sopa. La explicación radica posiblemente en el hecho de que desde el vamos, la EDU “lideró una gestión de acompañamiento social con la comunidad del área de influencia del proyecto, con el objetivo de lograr apropiación con la obra y minimizar los riesgos por su mala utilización”. Esta campaña de empoderamiento hizo que las escaleras sean cuidadas como la nevera o el televisor de cada usuario.

Y como era imposible invitar al difunto Cortázar para que diera cartilla sobre cómo subir una escalera, se inventaron a Ascencio Escala, que llenó el vacío dejado por el cronopio. “Este personaje permitió que la EDU llegara por medio de la lúdica a centenares de habitantes del sector con un mensaje claro sobre el adecuado uso de las escaleras eléctricas”, me contó un pajarito oficial.

Son las primeras en su género en Colombia y el mundo, se jactan constructores y operadores. Viajando en ellas el proletario usuario o el turista, que también los tiene pues para todos hay, se siente como viajando en un ascensor enquistado en “las montañas de Medellín”.

Escaleras que también son nostalgia

En reciprocidad por alojar en la Casa Blanca a decenas de funcionarios que viajaron ahorrando first class - porque lo hicieron en el avión presidencial -, conviene recordarle a Obama, que para los nostálgicos esos cachivaches tienen un antecedente en el desaparecido almacén Caravana, en pleno centro de Medellín, en la carrera 52 (Carabobo) esquina con la calle 48 (Pichincha).

La del Caravana, y espero no ofender a los nostálgicos, era un “cuasisemiexgozquejo” de escalera. Mal contados tenía entre 20 y 30 escalones si el señor Alzheimer no me pone a mentir.

Era uno de los íconos turísticos de los montañeros con el parque de la Independencia, hoy imponente Jardín Botánico, y el campo de aviación Olaya Herrera, hoy ascendido a aeropuerto alterno al de Ríonegro. Venían romerías de todas partes a presentarle sus respetos, como ocurriría después con su majestad el metro.

Para los más ingenuos, como este pecho, las escaleras eran la demostración de la existencia de Dios. Que torre Eiffel ni qué puente colgante de san Francisco.
Había que caminar con harto fundamento por el sector: los suicidas solían arrojarse del vecino Palacio Nacional, hoy convertido en bazar donde encuentra hasta lo que no existe. “Se arrojó del quinto piso”, titularía después Octavio Vásquez en “Sucesos Sensacionales”.

Las escaleras del Caravana prestaban servicio solo de ida. El descenso había qué hacerlo reventando infantería. Entonces el mundo, nuestro mundo, era ingenuo, en blanco y negro, como las películas del cine mudo.

Señor Obama, si aparece por estos pagos en el gobierno, o ya defenestrado por mandato de la democracia, cuente con este guía.

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Óscar Domínguez G. / Especial para El Espectador

Antioquia

Las escaleras eléctricas de Medellín que impactaron a Obama

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