Aparatos eléctricos y electrónicos, la basura del siglo XXI

La acelerada innovación tecnológica y la reducción de la vida útil de los dispositivos han invadido al mundo de residuos tecnológicos. Algunos de los componentes con los que estos son fabricados amenazan la salud pública y el medio ambiente.

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¿En qué lugar del mundo terminaron los más de 20 tipos de iPhone que con el tiempo han sido reemplazados por el último modelo? ¿En dónde quedó ese VHS descartado luego de una mudanza o con la renovación de la tecnología? ¿Y todas las pilas oxidadas que dejaron de funcionar y fueron desechadas? ¿Los televisores CRT? ¿A dónde fueron a parar los restos de las bombillas fundidas? ¿Y las neveras que se volvieron obsoletas?

La cantidad de residuos eléctricos y electrónicos que están constantemente produciéndose en el planeta sería suficiente para levantar anualmente 4.500 torres Eiffel de nada más que pura chatarra. A algunos les podría parecer el escenario perfecto para rodar una película postapocalíptica, pero el peligro de la presencia de estos desechos está lejos de ser un invento de ciencia-ficción. Lo cierto es que su volumen —en crecimiento exponencial—, sumado a la mala gestión que se les da, es una amenaza para el medio ambiente y para la salud de todos los seres vivos.

Lejos está la posibilidad de frenar su consumo en una era en la que todo migra a lo digital a pasos agigantados y cuyos aparatos son programados con fecha de obsolescencia. Sin embargo, sí existen alternativas para prevenir que las 50 millones de toneladas de basura tecnológica que se estima, según las Naciones Unidas, se generan mundialmente cada año contaminen sin botones de pausa ni reversa.

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La mayor parte de los Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE) contiene una alta toxicidad por la composición de sus materiales, entre ellos, el plomo, níquel, mercurio y cadmio. “Estos metales pesados, al mezclarse con los fluidos lixiviados de los desechos convencionales, generan una contaminación cruzada totalmente dañina. Esa es la razón detrás de la importancia de darle un manejo diferenciado a dichos dispositivos cuando culminan su vida útil”, explica Edgar Erazo, director de Ecocómputo, un colectivo de más de 60 empresas pionero en Colombia en la gestión de estos desechos.

Como si aquello no fuera suficiente argumento para separarlos del resto, casi todas las piezas de los aparatos pueden ser reutilizadas en la fabricación de nuevos dispositivos o reintegradas al ciclo económico en otras actividades productivas. Por ejemplo, parte de los computadores y periféricos —impresoras, escáners, teclados, etc— recogidos por Ecocómputo en sus 85 puntos de recolección ubicados alrededor del país son reacondicionados y entregados a entidades sin ánimo de lucro para volver a usarse.

Por otro lado, en el caso de Lúmina, un programa posconsumo de residuos de iluminación, los materiales de los bombillos reciclados se extraen y se separan tras un proceso de evaporación. El vidrio y el metal “pasan a usarse en adobes, agregados de concreto y elementos de construcción”, comenta Wilson Contreras, su director, mientras que el mercurio —la organización ha logrado reciclar 112 kilos de este elemento— es entregado a mineras con permisos ambientales para operar en procesos de extracción de oro.

A pesar de su potencial tanto de aprovechamiento como de contaminación, y de la existencia de diferentes entidades que, como las mencionadas, trabajan en su manejo, el 80% de los RAEE producidos a nivel mundial terminan en rellenos sanitarios, vertederos, quemas informales o siendo comercializados ilegalmente, especialmente en África y América Latina.

 
 

Si bien los países europeos pusieron sobre la mesa este asunto desde finales del siglo pasado, lo que ha llevado a que su población “lleve en el ADN”, como dice Erazo, el proceso adecuado de clasificación y tratamiento de la basura tecnológica, en el resto del mundo el paradigma de la economía circular sigue siendo una apuesta pendiente. En Latinoamérica, por ejemplo, el referente regional es Colombia y, teniendo en cuenta que la tasa de reciclaje de las familias colombianas es de menos del 18%, el panorama no es muy esperanzador.

Según el último reporte de Naciones Unidas sobre el tema, publicado en 2015, los principales retos que enfrenta América Latina para lograr una gestión responsable de los RAEE son “los vacíos legales, la gestión sostenible en el ciclo de vida, la responsabilidad extendida del productor (REP) como política de Estado, el desconocimiento social de la gestión de RAEE, la disponibilidad de la tecnología de reciclaje y transferencia y los modelos económicos sostenibles que remonten dificultades financieras”.

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Desafíos que en Colombia están en el tablero desde hace más de 10 años. En 2005 el Ministro de Ambiente impulsó el decreto 4741, que comenzó a hablar de “desechos peligrosos” y de la REP, sentando las bases para la creación de la Ley 1672 de 2013, que estableció los parámetros para la gestión de los RAEE en el país. Este año, en el documento Política Nacional de Gestión Integral de RAEE, dicha cartera planteó los proyectos a futuro ante la inminente producción de este tipo de residuos, en los que visiona que, para 2030, todos los programas de posconsumo estarán plenamente maduros y desarrollados en el país.

Por ahora, la ley colombiana incluye a los electrodomésticos, dispositivos de telecomunicaciones, equipos de iluminación, juguetes, herramientas y maquinarias eléctricas, pilas y acumuladores, dispositivos electromédicos, instrumentos de vigilancia y control, y máquinas expendedoras como RAEE, de los cuales cada ciudadano produce en promedio 6,7 kilogramos anualmente.

Entonces, ¿qué hacer con ellos? En Colombia se pueden encontrar en grandes superficies, centros comerciales, torres empresariales y conjuntos residenciales más de 4.000 contenedores para su recibo. Solo en Bogotá, hay 701 puntos de posconsumo, según señala la Secretaría de Medio Ambiente. “La cuestión está en que desafortunadamente el colombiano promedio no tiene la cultura de llevar los residuos a un contenedor. En muchos casos es pereza, pero en otros es desconocimiento”, concluye Erazo.

Y agrega: “Nuestra tarea es construir una nueva figura de ciudadano consciente con el ambiente para tener una gestión segura, sostenible y responsable de unos desechos que indiscutiblemente hacen parte de nuestro presente y sin duda alguna harán parte de nuestro futuro”.

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Paulina Tejada @PauliTejadaT

Nacional

Aparatos eléctricos y electrónicos, la basura del siglo XXI

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