Armando Solano según Lino Gil Jaramillo

El 16 de junio 1968, El Espectador publicó este texto sobre una las personas que guiaron a Guillermo Cano en su profesión.

Así lo pintó Rendón y se llamaba Armando Solano. Un significativo editorialista de El Espectador que falleció en 1953.
Así lo pintó Rendón y se llamaba Armando Solano. Un significativo editorialista de El Espectador que falleció en 1953.

Armando Solano fue el prosista más terso y ameno de su generación. Escribía como quien borda cotidianamente una tela primorosa sin afanes ni dificultades. Su estilo se amoldaba a todos los temas, se ceñía dócil a todos los detalles, copiaba como un agua tranquila todos los matices circundantes. En él estudiaba los problemas nacionales, defendía sus convicciones políticas y sus principios estéticos, retrataba personajes notables y sitios pintorescos, o divagaba simplemente sobre cosas y hechos sencillos sin relieve ni trascendencia, y lo hacía con amenidad, gracia e ironía que  eran el encanto de sus lectores habituales. El “Glosario Sencillo”, que con la firma de “Maitre Renard” mantuvo durante años y años en El Espectador, fue en este sentido en una de las columnas periódicas más solicitadas  por el público. (Le puede interesar: José Mar, uno de los referentes para Guillermo Cano)

Boyacense de nacimiento (había venido al mundo en Paipa y en 1887), tenía pro su tierra un amor entrañable, cálido, profundo, que fue la pasión constante de sus días y llegó a convertirlo en una especie de paradigma de su extensa comarca. Jaime Barrera Parra dijo alguna vez que Armando Solano sorbía tierra por los talones, para significar el apego de este hombre a sus lares, a su tierra y a su raza. Y en verdad, nombrar a Armando Solano era nombrar a Boyacá con sus altos páramos depilados por la ventisca, con el misterio de sus lagunas, la miseria de  sus ranchos destripados, el dolor callado de sus gentes, sus tragedias y supersticiones. (Le puede interesar: Así nació El Espectador

Las páginas más hermosas que escribió Solano fueron las consagradas a estudiar el alma boyacense, lo que él llamó “la melancolía de la raza indígena” y que es una especie de voluptuosidad del dolor que parecer haber condenado a aquel pueblo a soportar callado la desgracia, la pesadumbre, el abandono y la muerte, como si la herencia de aquellos antepasados que fueron sometidos a sangre y fuego por los conquistadores españoles pesará sobre él como un sino milenario, cruel e implacable.

“El indio nada espera de la vida” dice en una página  que es la radiografía más perfecta de su gente. “Nada que no sea adversidad y sufrimiento. Y nada que le inspira tanta desconfianza como la oferta de una alegría, de una ventaja, del dinero, de la fortuna. El anuncio de un bien lo encuentra siempre en actitud defensiva. ¿No lo habéis visto siempre golpear contra una piedra, por ver si resulta falsa, la moneda que le regalaron?  En cambio, si muere su hijo, si él se queda por la enfermedad incapacitado para el trabajo, si viene a la tierra el miserable rancho donde creía abrigarse, o si el amo lo expulsa sin saber por qué desde la estancia sembrada por sus manos y cercada pro al de sus abuelos, el hombre de nuestra raza no se alarma ni se desespera. Penas, dolores, humillaciones, afrentas eso sí espera de la vida. Lo contrario lo desconcierta”.

Es verdad que ese estado de cosas que él pintó de manera tan patética va desapareciendo al influjo de la industrialización, de las nuevas vías de comunicación que se abren cada día, del nuevo ritmo adquirido por la nación colombiana, sin excluir a Boyacá. Pero las páginas de Armando Solano quedarán como la mejor interpretación del alma de una región a la cual ha penetrado con mucho trabajo la acción civilizadora de los tiempos modernos.

El mayor encanto de la prosa de Solano reside en ese matiz poético con que sabía adornarla sin llegar nunca a la exageración. Coloreaba sus pinturas tan tenuemente que en lugar de estragar los sentidos los embelesaba. Veamos cómo pinta la vuelta a una romería a La Trinidad: “Regresareis al pueblo o a la hacienda en la hora prodigiosa, en la hora mística en que alumbra con sus rayos violetas o cobrizos el sol de los venados. Sobre el perfil cercano de los montes una tenue neblina se condensa, iluminada débilmente por esa luz tímida y dulce; mugen los ganados con melancolía en las faldas de las colinas de los corderitos reunidos ensayan carreras turbulentas ante la mirada de sus mayores, humedecidas de ternura; los pastores conducen a sus encierros a los terneros y cantan aires largos, intensamente tristes; en un recodo del sendero, donde el follaje no deja ver, el golpe seco de una puerta rústica os sobresalta como una detonación. Todo es sosiego, todo es paz. El corazón acompasa su ritmo con la tranquilidad austeridad de la hora, y sube hasta los cielos limpiados el olor de los pastos maduros como un himno de ingenua satisfacción”.

¿No es esto de una belleza infalible, como para ser trasladado rasgo a rasgo a uno de esos lienzos en que Corot o Millet aprisionaron la melancolía de los atardeceres de su tierra maravillosa? Armando Solano fue más que el sociólogo, el poeta de su tierra y de su raza.