Armero y el ocaso del algodón

La avalancha del 85 se llevó por delante lo que quedaba de prosperidad para ese cultivo en el norte del Tolima. ¿Qué pasó entre tanto con el resto del sector?

Después de la avalancha, los cultivos de algodón que por años se habían visto desde arriba como blanquísimos campos nevados quedaron ahogados en el lodo gris. A Armero, se dice, las plantaciones de algodón con fines comerciales llegaron entre 1935 y 1936, junto con agricultores españoles que introdujeron el arado, tractores y arroz.

La Segunda Guerra Mundial había encarecido el producto, y por eso el Ministerio de Agricultura empezó una campaña de fomento de la fibra nacional, entre otras cosas, creando el primer centro de investigación y adaptación del algodón del país, según registra la Confederación Colombiana del Algodón (Conalgodón).

En 1937 el Gobierno decidió proteger la producción interna gravando la fibra importada. Mientras tanto, en Armero ya había cerca de 2.000 hectáreas sembradas y una cantidad similar existía en El Espinal, que siempre les pisó los talones a los armeritas en la carrera por el título de capital algodonera del Tolima.

Sin embargo, la época de oro se vivió entre los 50 y 60, cuando el cultivo llegó a 14.000 hectáreas. En Armero quedaba la estación de tren San Lorenzo, que ponía al municipio en un sitio privilegiado en la ruta que de Ibagué conducía a La Dorada y Ambalema, y, además, la navegabilidad del río Magdalena facilitaba el comercio. Con seguridad, también fue clave la puesta en marcha de la desmotadora más grande del país, inaugurada durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla.

La destrucción de la desmotadora, con otros factores, hizo difícil la recuperación del cultivo después del desastre del 13 de noviembre de 1985, cuando el fango movido por la erupción del volcán nevado del Ruiz cubrió todo en el antiguo Armero.

Alfredo Gordillo, un agricultor de 47 años de Armero Guayabal, como fue rebautizada la cabecera luego de la avalancha, recuerda que ese 13 de noviembre su cultivo, en el entonces corregimiento de Guayabal, estaba sembrado de sorgo. “Como se pudo se recolectó, porque las cosechadoras estaban en Armero y la avalancha se las llevó. A lo último se trajeron unas cosechadoras de La Dorada y con eso se recogió”, cuenta.

Según cálculos de Conalgodón, con el desastre del 85 se perdieron unas 3.000 hectáreas, más de la mitad de aquellas que desde la década de los 70 se empezaron a contar en el municipio. La época dorada había terminado por el surgimiento de cultivos de maní y ajonjolí, impulsados por la industria chocolatera nacional. “La caída de los precios internacionales, presión de la industria por desmontar los aranceles a la importación de la fibra y problemas para el control de plagas diezmaron el cultivo en Colombia”, agrega el gremio.

Pero agricultores como Gordillo siguieron sembrando después de la avalancha. Asegura que pasaron de ser unos 100 agricultores a no más de 40, en cerca de 500 hectáreas. Se quedaron “porque la agricultura es como un vicio, y al que le gusta sembrar algodón sigue sembrando algodón”. Luego vino lo que para él fue otra especie de estocada: la apertura económica durante el gobierno de César Gaviria. “Unos (agricultores) quedaron muy aporreados para pagar las deudas después de la apertura económica. Luego el doctor Uribe se inventó el cuentico del TLC y el doctor Santos lo terminó de firmar”.

Justamente para impulsar el sector ante el acuerdo comercial con Estados Unidos, principal productor mundial y de donde Colombia importa el 95% de la fibra que compra en el exterior, en 2005 se puso en marcha el Conpes algodonero, que incluyó un precio mínimo de garantía para los productores, con la condición de que estos mejoraran su competitividad y con vigencia hasta el próximo 31 de diciembre. Sin embargo, en ese lapso la producción del país pasó a ser cercana a las 30.000 toneladas, casi la mitad de lo que había en 2005.

Conalgodón, sin embargo, ha resaltado que durante esos 10 años se aumentó la productividad de 500 a casi 800 kilos por hectárea. Lo que frenó el aumento del cultivo, según César Pardo, presidente ejecutivo del gremio, fueron factores como los altos costos de producción y los fenómenos climáticos. “Se han ofrecido otro tipo de apoyos, como el ICR para maquinaria y riego, subsidios para tomar el seguro de cosecha, apoyos a la asistencia técnica, entre otros”, dice Pardo. “El gremio ha resaltado la importancia de estos instrumentos para lograr mejorar en la competitividad del cultivo a mediano y largo plazo, pero ha insistido en la necesidad de que el apoyo al precio se desmonte de manera gradual”.

El desastre de Armero terminó de llevarse por delante lo que había hecho al municipio acreedor de ser conocido como “la Ciudad Blanca de Colombia”. Los años siguientes llegaron con situaciones que tienen en jaque el cultivo y que de paso tienen consecuencias para la industria textil nacional. De acuerdo con Carlos Eduardo Botero, presidente de Inexmoda, cerca de 70% del algodón que usa ese sector se compra afuera, por lo que una escalada del dólar pone en aprietos a quienes internamente no encuentran materia prima que dé abasto.

Gordillo, por su parte, confía en que las nuevas generaciones continuarán con el cultivo, arrastradas un poco por ese vicio que es la agricultura. Sin embargo, tendrán que seguir sorteando la distancia que hay con la desmotadora, que después del desastre quedó en Ambalema. También con la tardanza que denuncia Gordillo en los pagos por la fibra y con la precariedad en los sistemas de riego, algo en lo que el antiguo Armero era fuerte y que permitió tejer un sector algodonero próspero hace más de medio siglo.

Vea acá el especial de El Espectador sobre los 30 años de la tragedia de Armero.

 

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