El sastre de las Farc

Durante diez años Álvaro Pérez Cosió los uniformes de la guerrilla. El ‘Mono Jojoy’, ‘Raúl Reyes’ y ‘Tirofijo’ pasaron por su humilde taller en medio de la selva.

“Pero nunca deje de creer en Dios”. Álvaro Pérez rezaba en silencio mientras corría en la oscuridad, en medio del estruendo de las balas. 17 de sus compañeros de campamento murieron esa noche durante el sorpresivo ataque del Ejército. Al igual que en los tres anteriores, él se había salvado de milagro.

“En la guerrilla lo primero que le dicen a uno cuando llega es que Dios no existe. Está prohibido creer, rezar, tener fe. A los altos mandos no les conviene. Allá todo es inercia, materia”. Cuando ingresó a las Farc estaba ilusionado, necesitaba la plata para sostener a su familia. Desde que su taller de costura había quebrado por cuarta vez, la situación estaba muy difícil. Pero sólo le pagaron los tres primeros meses, después su trabajo se convirtió en una donación a la causa del movimiento, o por lo menos eso fue lo que le dijeron.

Cada vez que tenía que viajar de Planadas (Tolima) a Bogotá para comprar telas y cremalleras ahorraba en transporte, hospedaje y comida para mandarles algo del dinero de los viáticos a su esposa y a sus cinco hijos. Otras veces, comandantes a quienes se refiere con gratitud porque dice son personas de buen corazón como Olivo, quien desde hace cinco años está preso en la cárcel La Picota, le regalaban algo de plata.

Durante diez largos años Álvaro Pérez se dedicó a confeccionar uniformes camuflados, carpas, cachuchas... Al principio la guerrilla le adecuó un pequeño taller en Planadas, pero por seguridad tuvieron que trasladarlo a uno de los campamentos. Tenía 12 máquinas y el número de colaboradores variaba de acuerdo con la cantidad de prendas. Los guerrilleros que le ayudaban eran los más ágiles en este oficio.

Había meses en los que le pedían hasta mil uniformes o un poco más. Las tallas eran estándar, aunque para los más gordos, y por supuesto los comandantes, debía coser sobre medidas. El Mono Jojoy, Tirofijo, Iván Ríos o Raúl Reyes llegaban de sorpresa al campamento donde se encontraba y aprovechaban para realizar una reunión del secretariado y mandar a hacer un uniforme nuevo.

El sastre, como era conocido Álvaro Pérez entre los guerrilleros, paramilitares y el Ejército, nunca les tomó directamente las medidas. “Estamos hablando de personas que inspiraban mucho respeto. Gente a la que ni siquiera uno se atrevía a tocar”. Tampoco eran particularmente amables, su genio variaba de acuerdo con lo que había sucedido ese día, a las noticias que les habían llegado de los combates, al número de bajas.

“Sólo un par de veces les estreché las manos. Tenían una seguridad impresionante, cada uno rodeado de cuatro o cinco hombres de confianza que los acompañaban a todas partes”. A medida que pasaba el tiempo el desencanto de Álvaro Pérez por aquel grupo guerrillero, del que tanto le habló su padre cuando era niño, aumentaba. Decepcionado, era testigo de cómo amenazaban a cualquiera que se atreviera a saludar a un soldado del Ejército o a los que creyeran eran informantes o simpatizantes de los paramilitares. “Esa es una gente muy cruel”.

Muchas veces se atrevió a salvarles la vida a quienes iban a ser ejecutados injustamente. Después de oír sus nombres, cuando los guerrilleros daban la orden de matarlos, se iba a Planadas con la excusa de comprar hilos o botones y “los buscaba para avisarles que se perdieran. Que los iban a desaparecer”.

Su madre nunca supo que era el sastre de las Farc. Prefirió no contarle para evitarle un mal rato y de cierta forma hacerla sentir culpable, pues fue gracias a ella que aprendió a coser. Cuando era niño se  pasaba horas mirándola trabajar frente a la máquina, y sin que nadie le enseñara cómo utilizarla se dio mañas para enhebrar la aguja y confeccionar todo tipo de prendas.

Su padre, en cambio, le recriminaba constantemente por estar en la guerrilla. Él, que lo había educado dentro de su ideología de izquierdas insurgentes. Aunque sabía que su hijo jamás había disparado un arma —sólo portaba una pistola por petición de los comandantes—, varias veces vociferó en el pueblo que la estaba embarrando, que le iban a echar mano por haberse ido con las Farc. “Es que él era muy ignorante y no sabía que de eso no se habla”.

Cuatro veces su familia lo dio por muerto. El incidente que más recuerda sucedió una tarde cuando regresaba de Bogotá a Planadas. Los paramilitares pararon el bus, bajaron a los pasajeros y pusieron a un lado de la fila a quienes tenían cédula de ese municipio tolimense. “Mataron a dos porque se pusieron nerviosos. Sabía que eran guerrilleros disfrazados de civil. Después me interrogaron, pero a esa altura de mi vida ya no sentía miedo”.

En octubre de 2006 Álvaro Pérez se desmovilizó. Lo único que le quedaron de sus diez años con las Farc fueron las pesadillas. Soñaba que lo estaban persiguiendo para matarlo por sapo. A los seis meses estos sueños fueron desapareciendo y poco a poco la tranquilidad volvió a su vida.

Durante el corto tiempo que permaneció en el refugio para reinsertados se dedicó a coser. Pidió permiso para tener dos máquinas y un viejo conocido lo contactó y le pidió que le confeccionara unos uniformes de colegio. Otros compañeros desmovilizados se entusiasmaron y aprendieron el oficio. Así nació Colfepaz, una pequeña empresa que se dedica a coser al por mayor.

Con el apoyo del entonces comisionado para la Paz y la Reintegración, Frank Pearl, consiguió un contrato con Coca Cola. “Ellos se han convertido en una especie de papá. Hasta nos están diseñando los brochures”. También le cosieron como tres mil delantales a Carrefour y están cerrando un contrato con Bavaria. Aunque los bancos les cerraron las puertas, Álvaro Pérez se siente agradecido por esta nueva oportunidad.

Desde su taller, ubicado en una de las lomas de la localidad de Usme, confiesa que perdió diez años de su vida y que ahora sólo desea recuperar el tiempo al lado de su esposa y sus hijos. También entró a validar el bachillerato, “llevaba casi 35 años sin coger un libro y, como el diploma nunca apareció, me animé a regresar al colegio”.

No teme que conozcan su historia o que se publique su foto. Aunque los primeros meses de desmovilizado recibió amenazas y a Planadas decidió no regresar jamás, está seguro de que el peligro ya pasó. Además, todas las noches reza y pide por su futuro y el de su familia. Tantos años en las Farc, “pero nunca dejé de creer en Dios”.

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