El gestor de la marcha

El día de su liberación, el sargento de la Polícia Julio César Buitrago convocó una nueva marcha por los secuestrados.

Durante sus 9 años, 11 meses y 29 días de cautiverio, Julio César Buitrago nunca perdió las esperanzas de volver a sentir la tranquilidad que da la libertad, aunque con el pasar de los días la posibilidad se viera cada vez más lejana. Pero el miércoles 2 de julio, en medio de la selva, los mosquitos, la malaria y el paludismo, Buitrago oyó el rumor lejano de un helicóptero.

Para bien o para mal, una aeronave siempre significaba un cambio, un ligero movimiento de la rutina insoportable del cautiverio. Esta vez el ruido estremecedor de las hélices golpeando el viento no significaba otra cosa que el final de su desdicha.

Esa noche, mientras los colombianos veían en sus televisores la rueda de prensa convocada por el Gobierno y escuchaban los conmovedores testimonios de cada uno de los ex secuestrados, el sargento de la Policía levantó su voz en favor de realizar una movilización por la libertad de quienes aún permanecían en cautiverio. “Invito a todo el pueblo colombiano a que, llegado el caso, volvamos a hacer una marcha como la del 4 de febrero”.

En esa oportunidad Buitrago señaló que aunque el éxito de la operación había sido un gran paso para disminuir la guerra, el país no podía olvidar a quienes aún seguían siendo víctimas del flagelo del secuestro. Y sus palabras fueron escuchadas. Su mensaje hizo eco en los otros liberados y encontró apoyo en el pueblo colombiano que decidió ponerse la camiseta de la paz para decirles a los violentos ¡libérenlos ya!

Buitrago fue secuestrado el 3 de agosto de 1998 durante la toma guerrillera a la base antidrogas de Miraflores, Guaviare. Tenía 27 años de edad y la ilusión de la llegada de su segunda hija, a la que no alcanzó a conocer. Desde ese momento sus padres, Bernabé Buitrago y Ana Julia Cuesta, no tuvieron un solo momento de tranquilidad.


Asistieron, cada vez que su salud se los permitió, a los ‘plantones’, marchas y movilizaciones en favor del acuerdo humanitario. A sus 69 años de edad doña Ana Julia confiesa que siempre mantuvo la fe y que todos los días, a las seis de la mañana, rezaba con fervor el rosario pidiéndole al Señor que le trajera a su hijo con vida.

Durante todo el tiempo que su hijo estuvo cautivo, Bernabé y Ana Julia recibieron alrededor de 10 pruebas de supervivencia. La última les había llegado el 30 de noviembre de 2007. Un video en formato DVD en el que Julio César y otros compañeros de infortunio intentaban tranquilizar a sus familias diciendo que se encontraban en buen estado.

A través de Radio Carrilera, una emisora de Cali, tuvieron la oportunidad de enviarles varios mensajes que, según Buitrago, fueron la luz en medio de tanta penumbra que lo mantuvieron con la esperanza viva a través de los años.

Su madre confiesa que nunca se explicó de dónde le salió la vocación de policía. “Siempre fue muy aplicado en los estudios, pero tenía problemas de indisciplina”. Julio César se graduó del colegio Nidia Quintero en 1988. No tuvo la oportunidad de acceder a la universidad, pero después de terminar el bachillerato se fue a Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, a hacer el curso de policía. Con el pasar del tiempo terminó prestando el servicio en la estación antidrogas de Miraflores.

El día de la toma guerrillera desaparecieron con él 21 uniformados más, entre soldados y policías.

La noticia de su liberación fue el final de un suplicio que parecía interminable. Ese día doña Ana Julia se encontraba en su cuarto, había apagado el televisor porque las noticias ya habían terminado. Un vecino amigo suyo golpeó a la puerta de su casa y le avisó de la liberación de 15 secuestrados, entre los cuales estaba su hijo.

Doña Ana Julia se apresuró a encender el televisor para confirmar lo que su vecino le había dicho. Allí, en la pantalla de la pequeña caja, vio al ministro Juan Manuel Santos recitando los nombres de los recién liberados. El de su hijo era el tercero. Lo que vino fue una invasión de sentimientos encontrados, entre llanto, alegría y temor.

El reencuentro fue aún más conmovedor. Su padre quedó sin palabras. Y su madre describió el instante en una frase contundente: “Me siento como si despertara de un mal sueño”.

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