El síndrome del regreso

Los soldados y policías rescatados tendrán que estar en terapias durante un largo período.

Ahora que la euforia producida por la ‘Operación Jaque’ comenzó a disminuir, los siete integrantes del Ejército y los cuatro de la Policía que fueron rescatados el pasado 2 de julio tendrán que enfrentarse con algo que en los últimos 16 días, por el agite propio de ser los protagonistas de uno de los más importantes episodios militares en la historia del país, les ha sido esquivo: su realidad. Su día a día. Sus vidas integradas a una familia y a todo un mundo del que, alrededor de 10 años, estuvieron completamente privados.

“Lo que viene es una etapa muy difícil porque ellos se tienen que actualizar en todo: su profesión, sus relaciones personales y los nuevos papeles en su familia. Hasta les duele dormir en una cama cómoda”, manifiesta Priscila Gutiérrez, coordinadora del programa de familias de secuestrados, desaparecidos y liberados de la Policía Nacional. “Aunque debo decir que es asombrosa la claridad mental con que llegó este grupo —continúa Gutiérrez—. En el secuestro estructuraron sus vidas como nosotros no lo hacemos aquí, en la comodidad”.

Durante la última década, la Policía y el Ejército han adquirido práctica en el manejo de la etapa pos-secuestro con sus oficiales y suboficiales. En junio de 1997, en el mandato de Ernesto Samper Pizano, se concertó con las Farc la liberación de 60 soldados y 10 infantes de Marina con el acuerdo de Remolinos del Caguán. Tres años más tarde, en la administración de Andrés Pastrana Arango: 29 policías y 10 soldados plagiados por el Eln recuperaron su libertad, y en junio de 2001, 352 policías y soldados secuestrados por las Farc hicieron lo mismo.

Ahora, el reto de ambas instituciones de la Fuerza Pública se concentra en la labor que en los próximos meses, incluso años, realizarán sus unidades de salud mental. Y ambas, según lo que afirman sus profesionales, tienen muy claro qué sigue. El Ejército, por su parte, tiene un protocolo establecido para estos casos, con base en tratamientos establecidos por las fuerzas militares de Estados Unidos e Israel. Siguiendo esas pautas es que, por ejemplo, se tomó la decisión de aislar a los recién rescatados en el Hospital Militar Central, en Bogotá.

Los siete soldados que recuperaron su libertad con la ‘Operación Jaque’ recibirán terapias, al menos, por los próximos tres meses. Extender ese lapso dependerá de cómo se manifiesten las secuelas del cautiverio en cada uno. Aunque, para los grupos interdisciplinarios (conformados por psiquiatras, psicólogos y nutricionistas), es claro que todos sentirán el estrés postraumático. Pesadillas, reacciones exageradas, insomnio, inestabilidad, agresividad, pérdida de energía, aislamiento, bloqueo emocional y ataques de pánico serán las expresiones más visibles.

El capitán del Ejército Édgar Humberto Zaldúa, psicólogo del Hospital Militar Central, y Priscila Gutiérrez, de la Policía, coinciden en que una reacción típica en los ex cautivos es el deseo de recuperar el tiempo perdido, que se traduce en excesos. “Los guiamos para que no abusen de nada, ni de la comida, ni del trago, ni siquiera del tiempo libre. Hacemos mucho énfasis en la prevención, que es clave en estas situaciones”, explica el oficial Zaldúa. “Ellos quieren correr, pero se pueden estrellar. Toca con mucha precaución”, dice Gutiérrez.

Las terapias para estos 11 miembros de la Fuerza Pública serán individuales y familiares. “Es muy importante que sus parientes se involucren. Ellos son fundamentales en el proceso de readaptación”, asegura Gutiérrez, quien lleva 14 años en la Policía y ha estado involucrada en casos similares desde 2000. Por su parte, en el Ejército también contemplan las sesiones con todos los afectados. “Así ven que su experiencia no fue solitaria e identifican en sus compañeros fortalezas para superar el trauma”, expone el capitán Zaldúa.

Lo que está por venir es un camino largo y tortuoso. Reconstruir sus vidas será el único propósito de los soldados José Ricardo Marulanda, William Pérez, José Miguel Arteaga, Juan Carlos Bermeo, Raimundo Malagón, Erasmo Romero y Amaón Flórez y los policías Julio César Buitrago, Armando Castellanos, Javier  Rodríguez y John Jairo Durán. Y aunque no sea sencillo, lo que esta oncena de hombres ha dejado de ver en 16 días de libertad es que prefieren luchar por vivir que por sobrevivir enclaustrados en la selva.

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