Días de memoria

El ex director de <strong>El Espectador</strong> recuerda los años aciagos dela familia Cano en la lucha contra el narcoterrorismo.

En la alborada de nuestra desventura nacional, aquella de los años ochenta, mis vecinos comenzaron a ser una pareja feliz. Eran jóvenes, recién casados como nosotros y a veces nos encontrábamos en el corredor del edificio, esperando el ascensor. Él intentaba, sin éxito, cumplir con sus obligaciones de cabeza de familia, vendiendo alfombras por metro cuadrado. En esa labor se le acumularon varios meses de arriendo y unos cuantos llamados de atención por parte de la junta administradora del edificio. Hasta que se le apareció la Virgen. Esa que comenzó a invocarse en Colombia para “coronar”, para transgredir, para ocultar, para sobornar, para matar, para secuestrar, para exterminar.

Fue a los pocos días del asesinato de Rodrigo Lara Bonilla que mi vecino cerró negocio con un conocido de un amigo suyo que le presentó a un amigo recién establecido en Bogotá, quien lo contrató para alfombrar un apartamento de 500 metros cuadrados en el norte de la ciudad y que había comprado en efectivo. Nunca más los volvimos a ver. Se fueron de allí a los pocos meses, con una sonrisa en el rostro luego de pagar sus deudas con la administración y después de matricularse en un destino corrupto.

Son recuerdos personales con los que intento hilar esta presentación. Como los de aquellas noches, todavía en la casa de mis padres, cuando sonaba el teléfono y recibía los insultos dirigidos a él. Todavía era el país que no se atrevía a amenazar de muerte, pero que ya señalaba con groserías y vilipendios posiciones políticas y filosóficas como las de Guillermo Cano, en apoyo a las soluciones dialogadas de Belisario Betancur, sus alientos escritos a los comisionados de paz, o sus llamados de atención a las voces guerreristas que los saboteaban. Primeros pasos de una intolerancia política y social que aprendió a caminar muy rápido en Colombia.

Recuerdos de años después, cuando ya asesinados todos los titulares insustituibles del país, nos tocó saltar al campo de batalla como suplentes de una patria desgarrada a hacerles frente a los carros bomba y a la dinamita de los desquiciados. Pero ya no éramos héroes como Rodrigo Lara, Luis Carlos Galán, Guillermo Cano, Héctor Abad, Enrique Low, Jaime Pardo. Desde nuestras trincheras de papel, o de las leyes, o de los principios, o de los ideales, intentábamos ponerles el pecho a las balas que querían acabarlos.

Por el contrario, los “buenos” y los “malos” —para llamarlos de alguna forma— nos convirtieron en personas sumamente peligrosas para la sociedad, y así nos lo hacían entender vecinos de nuestras casas, que temían por una explosión en sus moradas por estar al lado de las nuestras.

Recuerdo, y es la primera vez que lo digo en público, aquel día en que me tocó salir corriendo del país, porque después de haber recibido en El Espectador al primer paramilitar que desertaba de las Autodefensas del Magdalena Medio con información muy valiosa para las autoridades, mi cabeza se había cotizado aún más en el mercado negro de nuestra infamia. Lo que pasó después con la información que traía el desertor está narrado en el libro Días de memoria (sello editorial Aguilar), del editor general de El Espectador, Jorge Cardona .

Pero los meses que pasé deambulando por España, con mi esposa de entonces y mis tres pequeñas hijas, son un capítulo distinto de la misma historia, colmado de dirigentes políticos, periodistas, libres pensadores, catedráticos, colombianos todos asilados que escampábamos por unos días a la muerte decretada. Regresé al país como muchos de ellos porque después del asesinato de Luis Carlos Galán comprendimos que Colombia habría de ser la nuestra y no la de sus asesinos. El recibimiento fue un camión cargado de dinamita que a la semana siguiente semidestruyó las instalaciones de El Espectador.

Pero no se equivoquen. No narro estos recuerdos para dar constancia de un destino excepcional —anormal se podría calificar mejor—, que me tocó vivir en aquellos años. No. Lo hago para afirmar con certeza que aquella historia de persecuciones y de crueldad no fue la excepción de unos pocos sino la cruda regla de vida en Colombia, cuando ese engendro de carteles de la droga, grupos de autodefensa, ejércitos paramilitares aupados por el ejército regular, se unieron en el campo de batalla a las guerrillas de la izquierda, para aniquilarnos a todos a sus anchas. Con sus matanzas de campesinos y de sindicalistas. Con su macabro plan de exterminio de los simpatizantes de la Unión Patriótica, con sus calculados asesinatos selectivos de magistrados, candidatos presidenciales, periodistas, defensores de Derechos Humanos, jueces, policías; con sus bombas indiscriminadas en centros comerciales, con sus secuestros y sus pescas milagrosas, con sus órdenes perentorias de desalojos y de desplazamientos masivos, con la compra de conciencias para torcer las leyes a su favor.


Hoy, cuando aparentemente vivimos bajo la tranquilidad de la política de seguridad democrática, se escucha decir a los sobrevivientes, que no les gusta recordar sobre aquellos años porque fueron muy duros, o porque no vale la pena enfrentarse a la tristeza.

Más duro y más triste es vivir en un pueblo sin memoria. Y todavía peor, contribuir a que no la tenga.

Por eso este libro de Jorge Cardona es un texto necesario. En sus páginas están hilvanadas con maestría las claves y los hitos que permitieron, en medio de la muerte y del terror, el nacimiento de una nueva institucionalidad y de un nuevo país que hoy se proyecta con todos sus aciertos y con todos sus defectos y sus tareas pendientes. Pero hay país, que es lo importante. Lo hay gracias a los hombres y a las mujeres que dieron su vida para ello.

Días de memoria tendría que leerse en soledad, para revisar el compromiso personal de cada uno con el país. Días de memoria tendría que leerse en familia para que nuestros hijos y nosotros cimentemos las raíces sobre las cuales queremos proyectar el futuro. Días de memoria debería leerse en las aulas del bachillerato y de las universidades, para que los jóvenes comprendan la importancia de su concurso en la consolidación y el mejoramiento del presente colombiano. Días de memoria, en fin, debería leerlo también y en donde quiera que esté, si es que está, mi ex vecino, el vendedor de alfombras.

Agradezco a Editorial Santillana por la publicación de este libro. Lo hago como un colombiano que siente que aquella herida de los años ochenta y noventa todavía está abierta entre nosotros, y que sin la posibilidad de compartirla con las nuevas generaciones para que ellos identifiquen también a los criminales, podemos correr el peligro de que en vez de sanarla, nuevamente tengamos que oír en el país la terrible frase de esa otra guerra civil del pasado español, que en la triste noche colombiana se convirtió en la consigna de todos los violentos: “¡Viva la muerte, abajo la inteligencia”.

Este texto fue leído durante la pasada Feria del Libro de Bogotá.

La cuota trágica de El Espectador en los años 80

La primera víctima fue el corresponsal del periódico en Leticia (Amazonas), Roberto Camacho Prada, ajusticiado por la mafia del narcotráfico el 16 de julio de 1986. Cinco meses después, el miércoles 17 de diciembre, fue asesinado frente a las instalaciones del diario su director Guillermo Cano Isaza.

El periodista y abogado de la familia Cano, Héctor Giraldo Gálvez, se sumó a la lista trágica el 29 de marzo de 1989, cuando estaba a punto de que la justicia aclarara los secretos del magnicidio de Guillermo Cano. Seis meses después, un camión bomba fue detonado contra las instalaciones del periódico.

El martes 10 de octubre de ese doloroso 1989, el narcotráfico volvió a arremeter contra El Espectador, esta vez aniquilando a la gerenta administrativa en Medellín, Marta Luz López, y al jefe de circulación del diario en la misma ciudad, Miguel Soler. Fue una época crítica, pero el narcotráfico no logró acallarlo.

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