'Así llegué a Colombia y me conecté con las Farc'

Fragmento del libro ‘La vida no es fácil, papi’, reportaje a Tanja Nijmeijer escrito por el periodista Jorge Enrique Botero y publicado en Colombia por Ediciones B.

Tanja Nijmeijer junto a ‘Julián’, su enamorado en las Farc, sobrino del ‘Mono Jojoy’.  / Archivo particular
Tanja Nijmeijer junto a ‘Julián’, su enamorado en las Farc, sobrino del ‘Mono Jojoy’. / Archivo particular

Mi llegada a Colombia fue pura coincidencia. Yo he leído en algunos medios de comunicación que fue fruto del trabajo de las Farc en Europa, que me reclutaron en Holanda, y eso no es cierto. Yo llegué porque me tocaba hacer una práctica y leí en el periódico de la universidad que estaban buscando profesor de inglés en un colegio de Pereira. Apliqué para el cargo y lo obtuve.

Yo ni siquiera conocía a Colombia. La busqué en el mapa y la encontré en Latinoamérica, y dije: ahí tienen que hablar español. Yo estudiaba lenguas romances y había estado un año en España. En la Universidad de Groningen me dijeron que la práctica duraría un año, pero me advirtieron que debía comenzarla cuanto antes. En 15 días arreglé todo y me fui enterando más y más sobre el país. En el consulado de Colombia en La Haya, ubicado en Groot Hertoginnelaan, un funcionario me dijo: Señorita, ¿usted está consciente de que en Colombia hay una guerra? Después, casi en la víspera del viaje, una profesora de la universidad me dijo: ¿Usted sabe que en Colombia hay una guerrilla y que esa guerrilla entra en las busetas y mata a la gente?

Mi mamá y mi papá tampoco estaban muy de acuerdo... sin embargo yo les dije que tenía todo arreglado para el viaje. Eso fue en el 2001, 2002. Cuando tomé el avión hacia Colombia estaba asustada. Llegué a Bogotá y cogí un avión para Pereira. Me acuerdo que en el aeropuerto vi a muchos soldados, eso no se ve en otros países, y pensé: Pille, ¡aquí están en guerra! Llegué a Pereira y me recibió la gente del colegio. Pino Verde era el colegio más costoso de Pereira, con niños de estrato seis. A mí me pagaban un apartamento, también de estrato seis, y ahí vivía yo con otra profesora que era norteamericana.

Nunca había sido revolucionaria, ni de ideas progresistas, pero sí tenía una sensibilidad social. Me acuerdo que miraba muchas noticias en la televisión para mejorar mi español. Miraba las noticias sobre la guerrilla y la gente me decía que cuidado me iba a viajar por Colombia porque me podían secuestrar. Y yo me preguntaba por qué si la guerrilla es tan mala, tiene tantos combatientes. La gente me respondía que los pobres campesinos que no tienen nada eran engañados por la guerrilla para llevarlos a sus filas.

En ese colegio había un profesor de matemáticas, y ese profesor se me fue acercando y nos hicimos amigos, y yo le hacía las mismas preguntas: Y la guerrilla qué. Por qué es tan grande. Y el conflicto qué. Y ese profesor sí sabía darme unas respuestas que a mí me satisfacían. Nos hicimos muy amigos con él y con la mujer de él. No solamente discutíamos sobre los procesos sociales de Colombia; leíamos sobre la revolución en Cuba, la revolución en diversos países del mundo y me llevaban a los barrios pobres.

Un día me llevó a Bogotá. En la mañana entramos en Ciudad Bolívar y yo vi una fila inmensa de personas pobres, pobres, pobres, pidiéndoles comida a unas monjas españolas, y las casitas eran miserables y las calles sin pavimentar. Eso me impresionó mucho. Por la tarde me llevó al Centro Andino, un centro comercial al norte de Bogotá. Él no me decía nada, pero yo estaba muy confundida, muy impresionada. Por la noche le pregunté: ¿A ustedes no les da pena vivir así dentro de una ciudad donde los del norte lo tienen todo y la gente del sur no tiene nada? Y él dijo: ¿Y a ustedes los holandeses, los europeos, no les da pena vivir bien en sus países sabiendo que hay gente que vive en otros países en la miseria? Ahí me quedé callada.

Al final de ese año me devolví para Holanda. En esa época estaba la zona de despeje y comencé a escribir mi tesis sobre las Farc: una comparación del gobierno de las Farc en el Caguán y el gobierno colombiano. Esa tesis me dio más elementos, me tocó estudiar el proceso histórico, por qué nacieron las Farc, qué raíces tienen, qué tipo de gente es, campesinos, etcétera. Estudiar sobre qué son las revoluciones, por qué se dan. Me la llevé para Holanda, porque quería terminarla, era lo que me faltaba para terminar la carrera. Cuando llegué ya tenía la fiebre de la Revolución. Yo decía: Este mundo no puede ser así, algo tiene que cambiar.

Me contacté con muchachos de la Internacional Socialista. Vendíamos el periódico socialista en la calle, creamos una plataforma contra el Plan Colombia y hacíamos protestas, acciones. Un día nos fuimos al edificio del gobierno en La Haya, porque el gobierno holandés estaba permitiendo la construcción de bases militares gringas en Aruba y Curazao. Para mostrar lo que iba a pasar con la inteligencia que recogerían los aviones de esas bases, nos disfrazamos de paramilitares y de población civil, y simulamos una masacre. Entonces la gente que iba pasando por ahí se asustó, llamaron a la Policía y nos metieron a la cárcel, donde duré 26 horas presa. Salí y empecé a escuchar los mensajes de mi celular. Había 17 mensajes de mi mamá: Que se venga pa’ la casa ya. Ellos me decían que yo iba por mal camino. “Mijita, el comunismo ya no da. Mire la Unión Soviética”.

No lograron convencerme. Terminé mi carrera en Holanda. Ahorré la plata y me vine otra vez pa’ Colombia. Me encontré otra vez con el profesor de matemáticas. Él empezó a hablarme mucho más de la guerrilla, de sus luchas, hasta que un día le dije que yo quería aportar algo... “Ahora sí podemos hablar”, y me confesó que era miliciano de las Farc. “Si usted quiere trabajar yo la voy a contactar con un guerrillero que se mueve en Bogotá”. Nos vimos con él en Pereira y me dijo que si quería trabajar que agarrara mis maletas y nos viéramos al día siguiente en el terminal.

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