Así narró Gabo otra tragedia en Antioquia

Publicamos un fragmento de “Hace sesenta años comenzó la tragedia”, una de las crónicas que Gabriel García Márquez escribió para El Espectador en 1954 sobre cómo los niños Alirio y Licirio Caro se salvaron.

Jorge Alirio y Licirio Caro, sobrevivientes del Alto de Santa Helena. Archivo
El lunes 12 de julio, un poco antes de las siete de la mañana, los niños Jorge Alirio y Licirio Caro, de once y ocho años, salieron a cortar leña. Era un trabajo que realizaban tres veces por semana, con un pequeño machete de cachas de cuero, gastado por el uso, después de tomar el desayuno en compañía de su padre, el arenero Guillermo Caro Gallego, de 45 años. Vivían, con su madre y cuatro hermanos más, en una casa situada junto a la quebrada de “El Espadero”, que despeña a siete kilómetros de Medellín por la carretera de Rionegro. Aquel día, sin embargo, Jorge Alirio y Licirio no desayunaron con su padre, pues este salió más temprano de ordinario hacia “La Iguana”, una quebrada al otro lado de la ciudad (10 kilómetros aproximadamente), donde Caro extraía arena para la venta en terrenos de Luis Enrique Burgos, a quien pagaba, $10 semanales por derecho de explotación.
 
Los niños se dirigieron por la carretera hacia la tienda de Media Luna, que da su nombre a todo el sector, porque suponían que por aquellos lados no había llovido la noche anterior y podía encontrar madera seca. Pero no se habían alejado un kilómetro de su casa (la tienda de Media Luna está a cinco), cuando Jorge Alirio sintió un ruido, “como unos caballos”, y vio que por la falta de la montaña rodaba un pequeño alud en dirección a la casa de sus padres.
 
“Corrimos para avisar – dice Jorge Alirio, el mayor y más locuaz de los niños-, pero entonces vimos que venía otro volcán, más grande que el de antes, y nos caían piedras y los palos en la carretera”. Los niños se echaron a tierra hasta cuando cesó la avalancha. Un minuto después no encontraron un solo rastro de la casa.
 
Sepultados por el alud quedaron: María Caro, la madre, que cuando sus hijos mayores la vieron por última vez, “iba a lavar”; Amparo, de 9, que estaba barriendo; Solange, de 5; Cielo, de 2, que acababa de levantarse, y Argemiro, de 8 meses, que aún no había despertado. Un poco más abajo de ese lugar, el agricultor Alberto Rincón trabajaba su tierra sin haberse enterado de lo ocurrido, cuando los dos niños, todavía ofuscados por la primera impresión, fueron a pedirle “que nos ayudara a desenterrar la casa”. Rincón, ignorante de la magnitud de la tragedia, le respondió, según dicen los niños: “ahora estoy ocupado y no puedo sacar el rato”.
 
Ingenieros y geólogos aseguran que hace 50 ó 60 años, antes que se construyera la carretera a Rionegro, debió registrarse allí un primer deslizamiento de grandes proporciones. Desde entonces estaba agrietado el terreno, enteramente desarborizado, y por las grietas se infiltraban las aguas acequia sin revestir que hay desde hace mucho tiempo en el sitio de los derrumbes. Prácticamente hace 60 años comenzó a generarse la tragedia.
 
Desde el derrumbe
 
El 12 de julio de 1954, un alud de tierra sepultó a sesenta personas en Media Luna, vereda  montañosa cerca a Medellín. Gabriel García Márquez fue enviado por El Espectador a reconstruir la historia de la catástrofe. El 2 de agosto publicó “Hace sesenta años comenzó la tragedia”, el 3  “Medellín, víctima de su propia solidaridad” y el 4 “¿Antigua mina de oro precipitó la tragedia?”. Con testimonios y datos inéditos, dejó en evidencia la ineficiencia del Estado y la irresponsabilidad de los curiosos que murieron en un segundo derrumbe.