Así se adaptaron los cafeteros al cambio climático

Luego de analizar los registros de los fenómenos del Niño y La Niña desde 1900, el gremio trazó una estrategia para adaptarse a las intensas condiciones y así evitar la roya.

En la estación de Naranjal, en Chinchiná, Cenicafé lleva a cabo sus principales investigaciones. Tienen un banco de germoesperma conformado por 570 variedades de cafetales. / Fotos: Gustavo Torrijos

El panorama en 2008 parecía ser demoledor: La Niña, con su invierno, con las lluvias que empezaban a caer en buena parte del país, había vuelto. Había regresado después de una ausencia considerable, amenazando a cientos de pobladores, poniendo en vilo a miles de ganaderos, transportadores y agricultores. Sus consecuencias, que se prolongaron hasta 2012, son bien conocidas: miles de hectáreas inundadas, millonarias pérdidas materiales e incalculables emergencias sociales y ecológicas. No había duda: debido al cambio climático, el fenómeno parecía ser más intenso, más arrollador.

Pero en medio del pánico que se había apoderado de algunos sectores, quizás ninguno temía más que el gremio cafetero. Probablemente, con esa Niña y con la humedad que genera se iba a incrementar uno de sus mayores males: la roya, esa agresiva enfermedad que a su paso va dejando una especie de ronchas coloradas en las hojas, impide que los cultivos sean prósperos y, por ende, disminuye la productividad.

Sí, los cafeteros tenían miedo. Las condiciones para que ese mal se esparciera a sus anchas estaban dadas. Además, de todos los cultivos, sólo el 30% era resistente al hongo. El otro 70%, del que buena parte eran plantas envejecidas, sólo generaba incertidumbre. Incertidumbre y pánico: 560.000 productores tendrían que ver cómo se reducían sus ingresos. Y, a la par, sus familias, calculadas en unos 2,7 millones de personas, saldrían afectadas.

Sin embargo, los caficultores no estaban dispuestos a ceder. No estaban dispuestos a dar un paso atrás frente a una enfermedad que en otros tiempos los había desvelado. Y justo ahí, desde la Federación Nacional de Cafeteros y desde el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación para la Caficultura Colombiana (Cenicafé), decidieron hacer un alto. Parar, analizar y trazar una hoja de ruta que salvó al sector. Desde la ciencia primero. Desde la institucionalidad después.

La ciencia del café

Ante la inminencia de La Niña y el peligro que representaba en medio del calentamiento global y de los dos grados que subirá la temperatura de la Tierra según el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU, los investigadores de Cenicafé se dieron a la tarea de examinar todo un siglo.

“Reconstruimos —explica Fernando Gast, su director— todos los fenómenos del Niño y de La Niña que se habían presentado desde 1900. Y encontramos un patrón: estábamos empezando una prevalencia de Niñas. Y encontramos también que era un evento cíclico que se daba aproximadamente cada 25 años”.

Así que, durante las siguientes dos o tres décadas, por las continuas condiciones de humedad, habría más exposición a la roya. “Nuestra tarea entonces era mantener los cultivos —dice Gast—. No importa en qué condiciones. Mantenerlos y aumentarlos”. De no hacerlo, corrían un riesgo ineluctable: los clientes que le compran a Colombia en el mercado mundial podían explorar nuevos productores.

De manera que, ante ese desalentador panorama, la única solución era renovar 400.000 hectáreas, 100.000 cada año. Cambiarlas por plantas de café resistentes al hongo. Y aumentar la densidad de los cultivos. Lo ideal es tener mínimo 5.000 plantas por cultivos, pero muchos apenas llegaban a las 2.500.

“Claro: había un costo —cuenta Luis Fernando Samper, gerente de comunicaciones y mercadeo de la Federación—. Había que extraer los árboles y sembrar nuevas semillas resistentes, porque si no la roya se sigue esparciendo por toda la cosecha. Eso implica que en un lapso disminuye la producción. Pero esa era la partitura que íbamos a seguir, así nos llovieran todas las críticas”.

Para llevar a cabo la estrategia, luego de analizar los registros históricos del siglo XX, Cenicafé creó una enorme red de bases de datos donde están registrados 1,8 millones de lotes de café, cada uno identificado en su totalidad: su ubicación, la variedad a la que pertenece y la edad de sus cultivos (por lo general, cada parcela está dividida en cinco lotes con una edad diferente, para permitir una producción continua). Eso permitió establecer, entre otras cosas, el riesgo de cada agricultor frente a las condiciones climáticas que se avecinaban y diseñar un paquete de incentivos, proveniente del Gobierno.

Los tropiezos de una región tropical

Al tiempo que se le daba forma a ese plan, se creó una red para monitorear el clima en las regiones cafeteras: se montaron 105 estaciones agroclimáticas automatizadas que envían información en tiempo real a Cenicafé (hay otras 145, pero no trabajan en línea). Información proveniente de pluviógrafos, pluviómetros, termómetros, heliógrafos o termohidrógrafos y que el 1º de julio se hará pública en una plataforma que podrán consultar todos los productores.

Sin embargo, crear una red que permitiese saber cómo es el comportamiento climático de Colombia no es tarea fácil. Porque aquí, en el trópico, las condiciones varían, ya que tenemos una geografía disímil y escarpada. “Así que partimos el país en cuatro regiones, porque esa era la única manera de generar un conocimiento pertinente: regionalizando la investigación”, dice Gast.

Esa plataforma es alimentada con diversas variables, como la composición del suelo, las precipitaciones o la intensidad de radiación solar, entre muchas otras. Y ello no sólo permite, por ejemplo, generar alertas para prevenir futuras plagas de broca o afluencia de la misma roya, sino, además, tener datos precisos para, a través de 1.500 extensionistas que prestan asistencia técnica a los caficultores a lo largo del territorio nacional, hacer recomendaciones específicas sobre la siembra, el riego, la necesidad de sombra o la densidad de las plantas, dependiendo de la región en que se encuentre. En suma, permite algo esencial cuando los campesinos ya no se puedan valer de sus conocimientos tradicionales ante el ineludible cambio del clima: permite crear estrategias de adaptación y de mitigación.

Todo empieza con una semilla

Mucho más allá de la intensa investigación climática y de la dispendiosa coordinación entre la Federación, los científicos, la asistencia técnica de los 1.500 extensionistas y el otorgamiento de líneas de crédito y de incentivos, el asunto, en verdad, arrancó con una semilla.

Eso en palabras simples y llanas. Porque detrás de la semilla resistente, llamada Castillo y sacada a la luz en 2005, hay toda una historia de cruces, intentos fallidos y pruebas genéticas que tomaron alrededor de 23 años.

Eso fue apenas el principio. Faltaba comprobar su resistencia en otras siete estaciones regionales, donde se cultivaba cada variedad (Castillo Naranjal, Castillo Santa Bárbara o Castillo Tambo, por poner un ejemplo) y se analizaba su desempeño, de acuerdo a su resistencia, su abundante producción y su buen sabor. De ahí, de ese análisis, surgieron las múltiples variedades de Castillo que hoy se cultivan, se consumen en el país y se exportan a diferentes naciones.

Tan exitoso ha resultado este proceso que logró aumentar las variedades resistentes de 30% a 63% en sólo siete años, que hoy Centroamérica, que padece los estragos de la roya y busca salvarse a toda costa, quiere implementarlo, usando la información de referencia colombiana. Pero los datos de sus tierras difieren mucho de los que generan nuestras tierras escarpadas.

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