Ataque a la conciencia

El escritor Alfredo Molano Bravo desandó los caminos de la colonización campesina en Santander. En Zapatoca encontró al padre Benjamín Pelayo, un campesino que impulsó la toma de la Hacienda Piamonte.

Panorámica de la Serranía de Yariguíes o de los Cobardes a causa de La Charca, como llaman a Hidrosogamoso. / Cristian Garavito

Hace más de siglo y medio Manuel Ancízar escribió Peregrinación de Alpha, como parte de los trabajos que el gobierno de Mosquera encargó a Codazzi para levantar en 1850 un mapa del territorio, llamado por la Constitución de 1832 Estado de la Nueva Granada de Colombia. Ancízar, fundador del periódico El Neogranadino y primer rector de la Universidad de Colombia, hizo un gran viaje entre Santa Fe de Bogotá y Cúcuta, describiendo lo que por los caminos encontraba: ríos, curas, cultivos, alcaldes, puentes, mercados, tinterillos, vientos. Pasó por El Socorro, donde supo que las autoridades enviaban a las mujeres sin oficio “a morir de miseria y fiebres a las selvas de Chucurí”. Cruzó el río Saravita, hoy Suárez, por tarabita, sudó las tierras de los “tunos y cardones” en Galán —un pueblo en piedra— para llegar a Zapatoca, “tierra de las rosas silvestres… donde las mujeres viven encerradas en sus casas tejiendo sombreros de nacuma… y los hombres pasan las semanas mejorando sus labranzas”. El mismo viaje que hice hace pocos días para ir a conocer al padre Benjamín Pelayo, un cura campesino que apadrinó hace 25 años la invasión de la hacienda donde nació y donde su papá era viviente o aparcero. Me esperaba en el altozano de la catedral de Zapatoca, un monumento construido con rocas cuadradas que al atardecer dan al pueblo unas tonalidades sepia. El cura es flexible, como hecho con madera de arrayán, tiene una mirada rápida que a todo atiende y da la sensación de ser un hombre entero.

Zapatoca fue el centro donde Lengerke prolongó su aventura después de huir de Alemania para venir a abrir caminos —como rayas de tigre— sobre la serranía de Los Cobardes, por los que pudiera traer pianos de cola para tocar a Mozart y sacar la quina que Europa necesitaba para dominar la malaria e invadir el África. Los mismos caminos que Ancízar recomendó abrir años antes para llegar a San Vicente de Chucurí, y por ahí al Magdalena desde la cuchilla del Ramo, un quiebre de aguas con la vertiente del río Sogamoso, desde donde se “descubren —escribió— revueltas colinas… solitarias montañas… selvas donde hierve un mundo de animales montaraces…; allí todo es colosal… fugas de viento se precipitan al abismo y después nada, silencio, quietud y sombras”.

En esas soledades le fueron otorgadas por el gobierno del entonces Estado Soberano de Santander 12.000 hectáreas gracias a la apertura de caminos —que abrió con presos— y a su fama de empresario emprendedor y liberal. Llevó a Zapatoca el primer trapiche hidráulico y la primera centrífuga para la fabricación de azúcar; fue cultivador, comerciante y exportador de tabaco, anís, cacao y café; recolector de orquídeas y de tagua; explotador de oro, plata, cobre, anís y cueros; fabricante de sombreros de nacuma y jipijapa. Aunque su sede principal fue la hacienda Montebello —donde construyó un castillo—, fundó otra, la de El Florito, situadas ambas en la serranía de Los Cobardes, bautizada así porque allí se refugiaron soldados liberales derrotados en Palonegro por un ejército conservador mucho mayor, gracias al apoyo del general Ramón González Valencia, jefe de las guerrillas del norte de Santander. El Florito fue a parar después en manos del astrólogo y matemático Julio Garavito, autor de un célebre tratado sobre la mecánica celeste, las fluctuaciones de la Luna y el paso de los cometas. Todo el país lo ha visto y lo manosea y casi nadie lo conoce, dice el padre.

Vecina de esos grandes predios fue la hacienda Piamonte, de sólo 350 hectáreas, de don Salvador Acevedo, donde trabajaban 22 familias de vivientes o arrendatarios. El predio estaba sembrado de café arábigo con sombríos de árboles de guamo, calapo y chachafruto que contribuían a abonar la tierra con sus hojas y ramas caídas. No se usaban los semilleros, las plántulas crecían al lado de la madre, de donde se trasplantaban a nuevos sitios; se descerezaba a mano y se negociaba en San Vicente de Chucurí porque a las mulas les quedaba más fácil bajar que subir. A los vivientes se les daba una casa con techo de nacuma porque el propietario tenía prohibida la teja de barro o de zinc, quizá para no dar lugar a reclamos sobre mejoras, o porque, como decía, debajo de los techos duros los trabajadores se amodorran. El trato de don Salvador con los vivientes era simple: la mitad del grano vendido era para él. Cacao no se cultivaba en Piamonte, pero en las haciendas vecinas los vivientes tenían derecho a las dos terceras partes del producto. Además de café, los vivientes podían cultivar pequeñas estancias de pancoger sin repartirlas con el hacendado, lo que representaba un significativo alivio de sus cargas económicas.

El abuelo del cura Benjamín llegó de Cúcuta a San Vicente de Chucurí siguiendo el camino de las guerras civiles y del cultivo del café, que era el mismo. Tumbó monte, hizo casa, sembró café y cacao, levantó trapiche, y cuando ya estaba la finca andando tuvo una desgracia que se olvidó pero que lo obligó a caer en manos de un tinterillo medio agiotista llamado Telmo Díaz. Sin tierra y con mujer, terminó pidiéndole parcela a don Salvador. Allí nació su padre, Eugenio Pelayo Jiménez, que a la muerte de su padre terminó siendo criado por su padrino. Creció de “arrimado”; aprendió sin maestro a leer, escribir y hacer cuentas. Cuentas que llevó hasta su muerte como encargado de la hacienda Piamonte. Era un hombre católico que sabía cómo mediar en los problemas que se presentaban entre los vivientes y el patrón. Fue gracias a esa piedad que la familia se salvó de ser asesinada cuando los godos no podían ver el rojo ni de su propia sangre. Los Pelayo vivían, quebrada de por medio, frente a los Jiménez, que eran conservadores. Ninguno de los familiares podía pasar al otro lado porque era recibido a palo. El 8 de diciembre se celebraba en todo Santander el día de la Inmaculada Concepción —la que asoma la punta de los pies por debajo del vestido largo—; se izaban banderas albiazules, se encendían hogueras, se mataban marranos, se hacía chicha de maíz. Era la fiesta más importante del año. Una noche de esas a los Jiménez se les subió la chicha a la cabeza y comenzaron a echar vivas al Partido Conservador y mueras a los liberales, que dejaron sin respuesta el desafío. Pero la última noche del año 50 los godos volvieron a las andadas, protegidos como estaban por el gobierno de Laureano Gómez. Los Pelayo tenían la costumbre de levantarse a recibir el nuevo año despiertos; encendían los mecheros a kerosene y rezaban el rosario. Cuando llegaron los Jiménez con malas intenciones, vieron ondular sombras a la luz de los quemadores y, pensando que estaban esperándolos armados, optaron por seguir de largo. Al día siguiente la vereda fue despertada a los gritos: habían asesinado a la familia vecina. Los muertos quedaron ahí. Nadie quería enterrarlos por miedo a que hubiera más muertos. Benjamín recuerda temblando que a los niños “nos mandaron con chamizos a espantar los perros y las moscas y que después, chorreando sangre, los subieron en mula hasta donde bajaban los carros y se los llevaron para Zapatoca”. Pasaron muchas noches antes de que los liberales volvieran a dormir en sus casas. En la carretera que lleva a San Vicente de Chucurí hay una peña que se llama El Boquerón, donde los camiones de la Gobernación traían cadáveres a botar en el abismo. La violencia en Santander fue muy fea. La victoria de los conservadores en Palonegro no podía quedar en entredicho cuando el liberalismo amenazó con volver al poder encabezado por Gaitán en las elecciones del 49.

Don Salvador murió de muerte natural y de Bucaramanga llegó su hijo Manuel a encargarse de los negocios de café que su padre había dejado florecientes. Pasaron unos días sin que llamara a los vivientes, como estudiándolos en silencio. Pero llegó el tiempo en que los reunió y les dijo que desde esa tarde no podían volver a cultivar pancoger y, más aún, tenían que arrancar de raíz y para siempre las matas de yuca, plátano y maíz; vender las gallinas y los marranos, o comérselos, pero que la hacienda debía quedar limpia de comida, que la tierra era sólo para cultivar café. La medida, pese a todo, daba un margen que pronto fue borrado cuando añadió que tampoco quedaba campo para los vivientes y que, en adelante, Piamonte sería trabajado con jornaleros traídos de donde no hubiera malas costumbres. Dejó tres familias a las que cambió las reglas del juego: el 60% del café era para la hacienda y el 40% para los vivientes, que con el rabo entre las piernas se fueron a buscar trabajo en otras haciendas o a descuajar montaña en las selvas del Opón. Fue el año 63. Al año siguiente el Eln se tomó Simacota.

Pasaron los años. Los vivientes ahogaron la historia en los afanes del rebusque. No así Benjamín, que dejó a fuego lento el recuerdo del día en que sacaron los trastos de Piamonte y su papá lo dejó en la catedral de Zapatoca a órdenes del obispo que construía la Escuela Apostólica, una especie de puerta de entrada al seminario. No obstante, cuando vio el hábito se echó para atrás y se convirtió en un vendedor ambulante entre la ceca y La Meca. Ganó dinero y estrellas, pero lo que él llama las “inquietudes” no lo dejaban en paz. Volvió al redil cuando Pablo VI visitó Colombia en 1968. Camilo Torres había muerto tres años antes. El mundo dio muchas vueltas antes de que el cura Benjamín encabezara un movimiento con los antiguos vivientes de Piamonte para pedirle al Incora —ya boqueando— que parcelara la tierra de la que los habían sacado. El Incora respondió sin vergüenza que la demanda “no daba lugar” y se alzó de hombros. Al otro día Benjamín y su gente levantaron cambuches en la casa de la hacienda y se echaron al monte a medir la tierra y a dividirla en fincas para entregarlas a las familias que la invadían. El cura celebró una misa y en el ofertorio cada padre de familia sacó de una bolsa la papeleta con el nombre del predio que la suerte le asignaba. Construyeron una maloca para reunirse y tomar decisiones. La selva se había tragado los cultivos de café; los ranchos de los vivientes se habían derrumbado. Pero el propietario andaba al acecho y el Ejército llegó un mediodía a sacar a los invasores. El cura mandó repartir limonada y los soldados, asoleados y sudando, cambiaron de cara. Habían venido a golpear a una banda de terroristas que, a cambio de sacar armas, sacaron azadones y garlanchas para trabajar. Benjamín había preparado lo que llama un golpe a la conciencia para hacer inútiles las armas de la fuerza pública. Sin embargo, el capitán ordenó el desalojo y los campesinos aceptaron salir del predio con la condición de que se les permitiera acampar en la orilla de la carretera. El oficial aceptó pero ordenó quemar la maloca.

Esa noche, en la cuneta de la vía a Zapatoca, el grupo de campesinos discutía sobre el nombre que darían a la hacienda invadida, mientras escuchaban Radio Venceremos, la emisora de las guerrillas Farabundo Martí de El Salvador. La consigna “venceremos” se les quedó pegada y alguien dijo: ese es nuestro nombre. “Y así quedó bautizada”, cuenta el cura. Pero con el nombre no quedaron resueltos los problemas. En la carretera nadie los oiría y decidieron llegar a Zapatoca. Organizaron el viaje. Era un grupo de 68 personas que cargaban niños, encapullados, remesa, gallinas y perros. A la madrugada, sin que los soldados se dieran cuenta, fueron resbalándose en silencio hasta un camión que los esperaba sin dejar rastros de su destino. Al clarear el día llegaron al pueblo y encontraron la puerta falsa de la catedral entreabierta; por ahí la ocuparon mientras la fuerza pública, desconcertada, no sabía por dónde y hacia dónde había cogido tanta gente. Sin embargo, la policía de Zapatoca se dio cuenta y llegó a la iglesia antes que los invasores, ahora de un recinto sagrado, hubieran terminado de poner en el suelo las cargas y recostado los niños medio dormidos. El padre Benjamín enfrentó al sargento de la Policía: “Mire, comandante, la Constitución y el derecho canónico contemplan el derecho al refugio en un templo, en la casa cural y en el cementerio. Si usted trata de sacarnos a la fuerza, queda fuera de la ley”. Afuera se congregaba el pueblo dividido: unos apoyaban la causa del cura y otros la atacaban. Finalmente el obispo llamó a Benjamín y negoció con él. Podrían permanecer en la catedral, pero sin levantar la orden de captura que pesaba sobre el “cabecilla del desorden”. Ante el hecho cumplido, el Gobierno tomó cartas y facilitó a regañadientes la negociación de Piamonte entre su propietario de papeles y los campesinos. La Caja Agraria les abrió un crédito para contribuir a pagar la tierra; el Banco Cafetero otro, para volver a sembrar café y cacao. Los campesinos sólo aceptaron pagar lo que podían y no lo que don Manuel Acevedo pedía. Dividieron la hacienda en 16 parcelas, dejando un lote para levantar un centro comunitario, y crearon una reserva forestal. Abrieron caminos y construyeron acueductos y una escuela. La mano vuelta se constituyó en la forma de trabajo para unir fuerzas y los bazares en la manera de obtener plata para obras colectivas, que se deciden por voto familiar como todas las decisiones importantes. “Todos teníamos vínculos profundos con la tierra donde unos quemaron la juventud y otros estrenamos la niñez”, remata Benjamín.

Meses después, los campesinos de la hacienda El Florito le pidieron al cura que los ayudara a organizar una nueva invasión porque los propietarios no querían ceder a un arreglo pacífico de una tierra ociosa y enmontada. Ya se habían definido las parcelas y la noche en que el cura celebraba la misa llegó un comando del Eln. Preguntaron los motivos de la reunión, pero la respuesta no les satisfizo. Los campesinos habían sido acusados de tener vínculos estrechos con el paramilitarismo de San Juan Bosco de Laverde, organizado por el comandante de la V Brigada del Ejército. Llamaron por su nombre a los directivos de la organización campesina, los hicieron a un lado y los asesinaron. El cura huyó a los Llanos, como tenían acostumbrado hacer los liberales comprometidos en insurrecciones fallidas durante el siglo XIX. Regresó diez años después para retomar las riendas de un hospicio por donde han pasado hoy cerca de 1.500 niños. El conductor del vehículo que me llevó a una reunión con los antiguos vivientes y sus hijos fue uno de los primeros internos que acogió el cura; una reunión activa donde, además de contar la historia que ahora escribo, se habló de los daños que está sufriendo la serranía de Yariguíes, o de Los Cobardes, a causa de La Charca, como llaman a Hidrosogamoso. Hoy la niebla es permanente y la humedad se enreda en los cafetales y cacaotales facilitando la propagación de hongos y lamas. La luminosidad, creada por el gran espejo de aguas que inundó 7.000 hectáreas, hace que los frutos maduren prematuramente y arruinen su calidad. La inundación ha obligado a la fauna a desplazarse hacia cotas más altas, aumentando peligrosamente la densidad en las áreas de labranza. Por último, corre las voz —y cuando las voces corren, algo llevan—, se teme que se expropien las rondas de quebradas para mantener la cantidad de agua que el embalse necesita. La situación es tan grave que se prepara un referendo contra la explotación minera e hidroenergética, catalizado en gran parte por el rechazo rabioso que ha despertado en la población la construcción de una gigantesca estatua de Cristo Redentor de 35 metros de altura que costó $45.000 millones en el Ecoparque del Chicamocha, un negocio privado, como se sabe. Los campesinos podrán apelar a otro ataque a la conciencia de las autoridades y de la ciudadanía para defender lo que con trabajo y luchas han conseguido.