En Atlántico surge nueva alternativa para cocinar cuidando el medio ambiente

Una nicaragüense de origen campesino emprendió la tarea de capacitar a 16 habitantes del corregimiento El Morro para crear hornos solares que les permitirán cocinar sin leña ni gas.

Después de haber pasado por Perú, República Dominicana y Costa Rica, Nimia López, una mujer nicaragüense de 29 años, perteneciente a una comunidad indígena y graduada de Ingeniería Agrónoma, llegó a Colombia a enseñar lo que por cruces del destino terminó siendo su primera actividad económica, pero también su compromiso de vida. Nimia empezó a trabajar con energía solar cuando tenía 18 años. Solía ir a las reuniones de la Organización Fénix a cuidar a la bebé de una amiga, pero empezó a surgirle una inquietud y un interés por lo que enseñaban allí. La posibilidad de cocinar, algo muy común y útil para un ama de casa, sin necesidad de utilizar leña ni gas, ahorrando y al mismo tiempo cuidando la propia salud y la del medio ambiente, sonó para ella como un sueño del que quería hacer parte.

De ser una oyente casual pasó a involucrarse en el proyecto con un contrato de tres meses, de medio tiempo, que alternaba con sus estudios universitarios. Sin embargo, esos tres meses se convierten hoy en 11 años de experiencia, en los que ha venido escalando cargos. Después de ser aprendiz, fue supervisora de construcción y ahora coordinadora de producción solar, cargo que le permite salir de su país como representante de la organización para transmitir este conocimiento. Es tal vez esta también la ilusión que ha transmitido Nimia a las mujeres de El Morro, un corregimiento en el norte del departamento del Atlántico, que han sido beneficiadas con el taller de creación de hornos solares. “Queremos formar una microempresa con otros compañeros y si vemos que funciona… entonces dedicarnos a ella de lleno. Ojalá funcione”, dijo Nayibi González Pérez, una de las participantes del taller.

Cuenta Nimia que una de las principales dificultades en su labor es la de convencer a la gente de que sí funciona. “En mi pueblo la gente no creía que un horno pudiera funcionar sin nada más que el sol, pero después pensaban que era magia”, dice riendo. Sin embargo, varias de las mujeres de El Morro aseguran que confiaron en el proyecto desde el principio. “Siempre supe que utilizando los recursos de la naturaleza se podían hacer muchas cosas, pero no sabía cómo”, dice Silvia Corro González, otra de las participantes, estudiante de Mesa y Bar en el Sena. “En principio nos atrajo la curiosidad de saber cómo funcionaba un horno solar, pero ahora conocemos además todas las ventajas que esto trae para el medio ambiente y para la salud, porque ya no estamos recibiendo humo cuando cocinamos”, dice Nayibi.

El curso lleva ya dos semanas, los hornos más grandes están listos y están por terminar unos más pequeños, de uso individual. Lucen como simples cajones de madera con un vidrio que permite mirar al interior, pero en las paredes internas están las celdas fotovoltaicas que transforman la luz, produciendo el mismo efecto de un horno común. El taller, que inicialmente estaba planteado sólo para mujeres, permitió la participación de algunos hombres interesados en aprender y otros en continuar expandiendo sus conocimientos sobre energía solar, ya que algunos de ellos recibieron el taller de paneles solares, dictado por el investigador norteamericano Richard Komp en Juaruco (corregimiento del Atlántico a 15 minutos de El Morro).

En la playa, en un día soleado, Nimia y sus alumnos preparan pollo relleno, carne en bistec, caldo de verduras, yuca y plátanos. El horno, ubicado en la mitad de la playa, donde la arena nos hace correr para no quemarnos los pies, permite sacar los alimentos aún jugosos y muy blanditos. Las cosas más difíciles de cocinar se demoran entre dos y tres horas, pero “tú puedes dejarlo ahí mientras haces otras cosas”, explica Nimia. En Nicaragua hay un restaurante que funciona sólo con hornos solares. La organización cuenta con 19 mujeres y un hombre. Tanto este proyecto como el anterior taller de paneles solares son iniciativas de Julián Lustig, un joven barranquillero de 24 años, criado en Massachusetts (EE.UU.), que volvió a Colombia con el fin de poner a funcionar su empresa de energía solar Sol (Sociedad Lustig) y ha costeado las capacitaciones de estas poblaciones.

La próxima semana los habitantes de Juaruco y El Morro le darán la bienvenida nuevamente al profesor Komp, para cursar el taller de calentadores de agua. La idea de Julián es hacer un recorrido por todas las playas, cocinando con los hornos, para mostrar a la gente su utilidad y sus beneficios y de esa manera poner a funcionar la empresa que beneficiaría a alrededor de 20 familias.

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