Cuando escasea el amor por los zapatos viejos

Un zapatero de Barranquilla revive las épocas en que sus compañeros eran artistas del oficio y las contrasta con el “rebusque” de hoy.

Daniela Bustamante Acosta

En el centro de Barranquilla, sobre un andén y en medio de ventas de relojes y luces de navidad, se encuentra la “remontadora de calzado Jhon Jairo”.

Aunque la mayoría de los traseuntes la ve con la misma mirada displicente que se posa sobre los oficios en desuso, Jhon Pinto lleva seis años de sus 23 bregando porque el negocio de la zapatería no muera.

Él es el más joven. Pero en el sector hay otro centenar de zapateros en la misma cruzada, que activan a punta de trabajo y verbo desde los carritos curtidos por el trajin de suelas de calzado, potes viejos de pegamento y máquinas de coser.

“Estaba estudiando noveno grado cuando un tío me trajo. Fue un sábado y me gané 25.000 pesos, que para la época era mucha plata. Me quedó gustando y seguí”, relata Pinto mientras apura la aguja con la que intenta recuperar un guayo que se resiste a una mejor vida.

El puesto donde trabaja está cubierto por un techo de madera vieja, recortes de calendarios, bolsas plásticas y laminas usadas de icopor.

El abanico que se trajo de la casa para espantar el sopor del medio día, ya no funciona, pero lo mantiene en su lugar como testigo de la bonanza de otras épocas. En un cajón mimetizado en el carrito, hay cantidades incalculables de zapatos que algunas personas mandaron a arreglar y dejaron olvidados para siempre.

La mañana está repleta de trabajo, pero no es un día cualquiera. El Real Madrid, equipo europeo que sigue, disputa un partido decisivo de la champion y eso es lo único que puede acortar la jornada. “Claro que si me sale trabajito bueno, sigo”.

La idea, según dice, es aprovechar, porque los zapateros no atraviesan hoy por su mejor época.

Antes, cuando el centro de Barranquilla era la sede de bancos, empresas y oficinas de gobierno, las remontadoras eran actividades muy rentables.

Los ejecutivos, cajeros y oficinistas vestían zapato a la moda, generalmente de cuero importado, que había que mantener con una buena lustrada y una que otra visita a la remontadora. Los abuelos recuerdan marcas como Beetar, Corona y Florsheim.

De tanto andar, en una ciudad que no tenía todas sus calles pavimentadas –de ahí el sobrenombre de “arenosa”- la visita donde el zapatero, era obligatoria al menos cada mes.

Es posible que de ahí surgiera el poema de Luis Carlos López sobre el amor por los zapatos viejos.

Un zapatero se podía ganar hasta 280 mil pesos en un día. Por eso, cerraban la semana con parrandas ruidosas que se extendían hasta el domingo por la noche.

Con el guayabo era imposible ir a trabajar al día siguiente. De ahí el famoso lunes de zapatero.

Pero todo cambió cuando llegaron al puerto de la ciudad los barcos cargados con calzados chinos de piel sintética y las zapatillas de goma.

Sentado sobre un cojín que trajo de su casa y acomodado en una estera que le compró a un “loco” por 2.000 pesos, Jhon Jairo dice que “un par de esos es más barato que una remonta”.

Por eso los artesanos remendones dejaron de ser los artistas del pasado para convertirse en miembros honorables de la economía del rebusque.

En la capital del Atlántico, el subempleo objetivo, que es el que ejerce todo aquel que quiere mejorar los ingresos, trabajar más horas y desempeñar una labor más propia de sus competencias personales, alcanzó en el mes de agosto una tasa del 12,2%, tres puntos más que el mismo indice de desempleo.

Resignado, Jhon Jairo Pinto dice: “la mayoría de los trabajadores informales abandonamos a temprana edad los estudios”. Tal vez por ello, de las 23 ciudades y áreas metropolitanas que estudia el Dane, el 54,5% de la población ocupada tiene solo el nivel educativo secundaria.

Su compañero Milton, que repara relojes,  escucha lo que dice y a modo de broma agrega que es el proveedor de los empleados informales: “yo soy el que le presta las herramientas a todos mis compañeros”, y finalizan ambos con una risa.

Al puesto de Jhon se acerca ahora una mujer, para que le dé una pintada a sus zapatillas negras que en otro lugar le arruinaron al echarle brillantina. Jhon se levanta de su puesto, se limpia las manos y recibe los zapatos. Entonces inicia la negociación:

- “Te cobro 12.000 mil pesos” dice Jhon.
-  “Oye, pero está muy caro, déjamelo en 10.000”.

Rascándose la cabeza, simulando no estar muy convencido del trato, acepta.

“Una vez vino una señora como ella y me pagó 2.000 pesos por pegarle las tapitas a unos zapatos. Eso fue lo que me gané en todo el día”.

Acomodado en su silla, sube sus pies sobre el carrito y con una esponja amarilla comienza a pintar una de las zapatillas. Antes se cerciora de que los pinceles que más tarde usará, se encuentren en el pedazo de botella de plástico que cuelga en el techo.

Se pone de pie y le sigue la pista a una canción de Maelo Ruiz, que luego comienza a entonar con chiflidos.

Pronto, los zapatos colgarán en una rejilla donde están enganchados varios bolsos y emulos suyos.

Jhon Jairo se sienta y retoma el arreglo de los guayos. Le han regalado un BonIce y mientras refresca su garganta, muestra su muñeca: “La cadena de la buena suerte, si no traigo la cadena no viene nadie”, refiriéndose a una esclava de acero que porta todos los días en el trabajo en su muñeca derecha.

El día que la compró la remontadora se llenó de trabajo y desde entonces asumió que ese sería su amuleto.

Ha terminado con las zapatillas y los guayos, los coloca encima de su carrito, y  toma un segundo para bostezar.

“Cuando me vine para acá, me vine con un guacayo de guineo y con una mesa que se estaba desarmando toda. Saqué una cosita de aquí y otra de acá, y armé la oficina”, afirma mientras apura el boli.

El relax no le dura mucho. Entre las personas que caminan por el Paseo de Bolívar se acerca una mujer de 50 años:

- “Ajá Jhon ¿y mis zapatos?”
- (Ríe y reponde) “El martes, pásese el martes por acá”.

La mujer hace gesto de disgusto y se aleja con una sentencia: “pilas Jhon, ojo”.

La que también regresa es la mujer de las zapatillas negras. Analiza el trabajo y pregunta: “¿no se van a despegar? Jhon vuelve a sonreír, toma una zapatilla y le responde: “cinco años de garantía”. La mujer asume el juego y afirma: “menos mal estoy cerca para la garantía”.

Jhon Jairo se recuesta de nuevo en su silla y pregunta a su compañero Milton. “¿Ya comenzó el partido?” La respuesta es negativa. Se acomoda y vuelve a bostezar: “yo quiero que gane el Real, soy hincha. Lo más seguro es que cierre temprano”. Entonces se tomará unas cuantas “cervecitas” y lanzará al aire una frase con la que se despide siempre: “hasta que me muera, quiero quedarme en esto”.

*Estudiante de la Universidad del Norte