Detrás del telón del Carnaval de Barranquilla

Las “escobitas” tiene la difícil tarea de dejar impecable la Vía 40, cuna de la Batalla de Flores y la Gran Parada de Tradición. Así es una jornada de trabajo con ellas.

Llega el crepúsculo y con él llega el fin del desfile que divirtió a miles de personas que entre risas, bailes y música lo disfrutaron. La alegría para algunos aún sigue intacta y están más que dispuestos a continuar con la fiesta, para así poder decir “¡Nojoda! me gocé el Carnaval de Barranquilla”. Para otros, tal vez, el tiempo de ir a descansar ha llegado. Lo cierto es que ahora, en el Cumbiódromo, donde horas antes había un mar de personas, hay soledad. El sonido de la brisa y las palas rastrillando es todo lo que queda.  (Lea aquí:  Las esposas del Carnaval de Barranquilla)

Durante el día, la Vía 40 fue cuna de la Batalla de Flores y la Gran Parada de Tradición, estuvo adornada con los bailes y carrozas que por allí desfilaron. Ahora en la oscuridad del cielo, el único adorno que por ahí transita son las bolsas que bailan al compás de la brisa. Las latas de cerveza, mecatos, recipientes de icopor son los tradicionales vestidos de esta comparsa que desfila por cada esquina y rincón de la calle. A esta hora nos reciben los techos de las carpas desparramadas en el suelo, como si estos también estuvieran agotados tras la larga jornada, escondiendo los desechos, producto del consumismo. (Lea aquí: Las otras soberanas del Carnaval de Barranquilla)

Alrededor de las 9 se encuentran alineados los grandes bailarines de la única comparsa que va  a presentarse en la noche, una que se baila al ritmo de las escobas, palas y canecas. Ellos están recibiendo las órdenes del supervisor o “coreógrafo”. Aproximadamente más de 100 personas, conocidas como “escobitas”, se alistan para lo que viene. La noche es de ellos y en esta son los protagonistas de una historia, en la que se parecen a los “gatos”, porque en el día duermen y en la noche salen a laborar.

Los instrumentos están listos para despedir su melodía “a todo timbal”.  Los camiones se encuentran llenos de canecas y demás herramientas que esperan a bordo que sus dueños salgan a recogerlos. Terminadas las indicaciones, las “escobitas” salen en busca de estos, algunos con mucha más euforia que otros, unos cantan, se ríen, se molestan el uno al otro y hasta se empinan uno que otro vasito de aguardiente.

Pero lo cierto es que el tiempo es oro y deben aprovecharlo. Limpiar más de 8 kilómetros durante toda la noche es la tarea que deben cumplir en un tiempo récord. En grupos de cuatro comienzan a dividirse para trabajar, mientras unos van subiendo, otros van bajando a lo largo de toda la vía 40 y sus alrededores.

Entre uno de esos grupos se encuentra un joven con piel de color ébano, sonrisa perspicaz y un suave acento palenquero,  aunque al preguntarle por su lugar de nacimiento responde sonriendo “nacido y criado en Curramba la bella”. Su voz se vuelve más aguda y sus ojos se abren mucho al hablar “parece que no, pero así es soy barranquillero”. Dice que no le gusta mentir, ya que  siente que no le sirve para nada.

Tiene un poco más de 30 años, no obstante aparenta una edad mucho menor. Janer Cassian ha dedicado más de una década de su vida al trabajo de la Triple A. “Empecé desde que terminé la escuela”, comenta descomplicadamente. Hoy se ríe porque recuerda que lo que comenzó como un juego, hoy es la realidad, él no pensó durar tanto en este trabajo. Trece años de labor que no se reflejan en él, tal vez por su espíritu alegre y la jovialidad que emana.

Ya con todos sus implementos en mano, camina hacia el lugar en el que le toca laborar esa noche. Siendo el mayor de sus cinco hermanos, aún vive con sus padres. Sabe que debe ayudarlos económicamente, aunque eso signifique sacrificar las fiestas de la temporada carnavalera. Mientras continúa caminando por la Vía 40, nos cuenta cómo muchos de sus amigos lo invitaban a los bailes populares de su barrio, las bien conocidas “verbenas”, “ellos me decían: ¡no vayas a trabajar, son carnavales, quédate con nosotros! pero yo tengo una responsabilidad que tengo que cumplir y aquí estoy gracias a Dios”. Su amor y disciplina por el trabajo son más importante que la gozadera de estos días.

La fiesta continúa en el resto de la ciudad y mientras tanto otros se están ejercitando sus piernas y su hígado. Los “goleros” como también son conocidos van de un lado para otro barriendo, paleando y agrupando todos los desechos que los asistentes a los desfiles ya sean curramberos, personas de otros lugares del país o extranjeros, han dejado durante el transcurso del día. Es entonces cuando a nuestra mente viene la célebre frase ¡Quien lo vive es quien lo goza!, en este momento no puede haber frase más cierta y así lo expresa Janer diciendo: “mira en las mañanas la gente está celebrando y en las noches a nosotros nos toca limpiar lo que quedo de las fiestas, pero así es la vida”.  

Aun así Janer le hace honor al título de barranquillero, es todo un currambero que al hablar de carnaval se emociona y su rostro se torna pura sonrisa. El tiempo pasa y el cansancio no miente. Aunque la mente no tiene límite, el cuerpo sí. Tomar un respiro al cielo e implorar por fuerza, como el último suspiro de la vida.

Pero siempre que escucha hablar de carnaval su cuerpo lo siente, la pasión corre por sus venas como una herencia indiscutible. Son las 12 en punto de la madrugada, el compás del baile continúa y a pesar de ser tantos los desechos recogidos, la noche todavía es joven. Entre el frío de la oscuridad, el calor del corazón se hace presente. Sus ojos vuelven a brillar para responder qué significa carnaval para él, a lo que responde: “Carnaval es la fiesta más importante del país, la más popular, la más llamativa, todos los colombianos piensan en el carnaval. Como el barranquillero es alegre llama la atención, para mí el Carnaval es algo muy bonito y como no se ve todos los días es aún más especial”. Él más que nadie sabe cuánto hay que esperar para volver a vivir esa fiesta, aunque él la viva a un compás diferente.

Como a muchos curramberos, le gusta la fiesta. Y espera que sí tal vez Dios y la suerte  están de su lado el otro año no le tocara trabajar sino que vivirá como otro espectador más de la fiesta, considerada de las  más importantes del país. Asimismo  se encomienda a Dios todas las mañanas y le pide que lo proteja a él y su familia. Nos cuenta de sus aspiraciones y sueños, mientras habla el brillo de su sonrisa se acentúa, lo que ilumina las tinieblas. No duda en responder que de sus más grandes anhelos en la vida es poder ascender de puesto. Sabe que tiene con qué, hizo un técnico que le puede permitir escalar un peldaño más en su vida, como las orugas que tejen y tejen y algún día se convierten en mariposas. Pero, el más grande sueño es sin duda alguna tener una familia.

*Estudiante de la Universidad del Norte de Barranquilla