La gitana que no lee la mano porque lucha por su comunidad

Legaron de Europa en los años 40 y ya quedan pocos de ellos, pero los que están son altivos y orgullosos de su cultura.


La gitana caminaba por la carretera mientras la brisa ondeaba su falda y sus cabellos rubios. Era una mujer esbelta, de ojos claros y piel rojiza y estaba  acompañada por un muchacho alto y de cabellera desordenada.

-Busco a los gitanos- fue mi pregunta al llegar a la tienda que me habían mencionado que sería un punto de referencia.

-Ahí se acercan- respondió el tendero señalando a la joven y al muchacho que cruzaban la calle en esos momentos.

-¿Sharon?- pregunté al estar lo suficientemente.

-Hola, ¿cómo estás? Puedes ir entrando, yo no me demoro- dijo abriendo sus palmas y saludándome de un apretón de manos.

Me acerqué a la casa donde la música sonaba a todo volumen y me senté en un mueble de madera. Sobre una mesita había varias fotografías, pero la que más destacaba era una imagen donde se observaba una mujer de larga cabellera negra que tenía puesto un faldón que le llegaba a los pies.

Ella, Maruja Demetrio (abuela de la joven) había sido miembro de la primera kumpania (grupo de gitanos) que se asentó en el municipio de Sabanalarga, Atlántico a finales de la década de 1940.Gran parte de la población gitana que vive en el país llegó a mediados del siglo XIX huyendo de la violencia que sufrían en Europa y se establecieron principalmente en los departamentos de Atlántico, Bolívar, Córdoba, Sucre y Santander.

Cuando los otros miembros de la casa se percataron de mi presencia, la música se detuvo y una mujer robusta y un hombre delgado y moreno cruzaron por la sala. Este último parecía incómodo por una llamada que estaba recibiendo en esos momentos.

-Contesta tú y di que no estoy- dijo él -se la han pasado llamándome.

Ella fingió ser la secretaria del hombre y una vez hubo colgado se presentó como Patricia, hermana mayor de Sharon, y me explicó que en la llamada le estaban ofreciendo un seguro de vidas.

-Nosotros no compramos seguros de vida ni servicios funerarios porque los gitanos somos muy temerosos con el tema de la muerte. La muerte y la sexualidad son temas tabú de los que preferimos no hablar.

Patricia movía sus manos de un lado a otro y explicaba con un sentimiento de impotencia todo lo que habían sufrido -desplazamientos, daños a la cultura, discriminación- al ser una minoría en una sociedad que los aplastaba.

No pasó mucho tiempo hasta que Sharon regresó. Ella es la representante de la comunidad Rom de Sabanalarga ante el Gobierno. Ese día llevaba puesto un vestido azul y estaba sentada en la sala de su casa. La delicadeza de sus movimientos le daba un aire de tranquilidad a medida que contaba su labor: viajar a Bogotá dos o tres veces por mes para asistir a la Comisión Nacional de Diálogo, ser la vocera de su kumpania, trabajar en el Plan Nacional de Desarrollo, visitar la Alcaldía y la Gobernación, todo esto con el fin de mantener sus tradiciones a través del reconocimiento de algunos derechos diferenciados.

El día de la semana que más disfrutaba eran los domingos porque se reunían varios miembros de su familia para mantener vivas las costumbres gitanas. Cantaban en romaní, su idioma tradicional, las mujeres y los hombres danzaban y se preparaban platos con cerdo. Otra forma en la que la kumpania mantenía viva su lengua era hablándola siempre que era posible.

“La lengua es lo más importante que nosotros tenemos. Cuando estamos en casa todos hablamos en romaní”. 

Afirmó que su niñez fue muy distinta a la de los gitanos de hoy en día porque el contacto con gadzhés (personas externas a la comunidad) era más limitado en su época. Ella y sus hermanos manejaban triciclos, jugaban y corrían como los otros niños, pero tenían prohibido relacionarse con personas que no fueran romaníes.

“El gitano es muy celoso con su cultura. Antes los niños no iban a la escuela para evitar que perdieran su lengua o se enamoraran de un gadzhé pero eso ha cambiado”.

Al principio la comunidad romaní fue temida por las personas de Sabanalarga y todo tipo de historias se tejieron alrededor de ellos: Que comían serpientes, que eran hechiceros, que robaban doncellas… Sin embargo fue cuestión de tiempo para que esas mismas madres que asustaban a sus hijos, descubrieran que las personas que vivían en las carpas eran iguales a ellos.

Aseguró que ni ella ni su familia se han sentido discriminados por los sabanalargueros, sin embargo algunos funcionarios públicos han menospreciado su cultura y otros han llegado a tacharlos de brujos.

“El gitano es muy creyente. Creemos mucho en Dios y no hacemos ni brujería ni tampoco echamos maleficios a las demás personas porque nosotros decimos que las cosas malas que hagas las pagarán tus hijos. Nosotros hacemos el bien, te damos medicamentos para que limpies tu casa y se vaya la oscuridad. Las mujeres salen a leer la mano a pueblos cercanos, o aquí mismo, o las personas vienen a la casa”.

En ese punto Sharon se detuvo.

-¿Lees la mano?- fue mi pregunta inmediatamente.

-Es que no puedo.

-¿Por qué?

-Soy una chai, una niña gitana. Solo las mujeres casadas pueden leer la mano. Las gitanas suelen casarse muy jóvenes. Yo soy la única de la kumpania que no se ha casado. Todavía no me siento capaz porque el matrimonio es una responsabilidad y yo todavía no me siento lista. Primero quiero trabajar por mi kumpania, a ver qué pasa, y luego sí.

Observó a su alrededor. Sus hermanos recorrían la sala y su madre desde la cocina se disculpaba por no estar vestida de forma apropiada para recibir visitar.

-Nosotros no pensamos en el futuro. Vivimos el día a día, de hecho no ahorramos- dijo Sharon con expresión seria -Los gitanos no visionamos más allá, solo vivimos el presente.

*Estudiante de la Universidad del Norte