"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 2 horas

Baile de las Farotas: hombres vestidos de mujeres defienden la dignidad de sus esposas

La leyenda cuenta que 13 indígenas se disfrazaron de españolas para engañar a los conquistadores y defender el honor de sus mujeres. Este viernes se revive la tradición en la Guacherna del Carnaval de Barranquilla.

Las farotas visten faldas estampadas, delantal, camiseta manga larga y sombrero de flores. / Cortesía Carnaval de Barranquilla

Sus manos rústicas maquillan los labios. Las polleras coloridas salen del clóset y se postran en las caderas masculinas. Los pómulos se pintan de rojo y sobre ellos cuelgan grandes aretes. Las lentejuelas, el brillo y la viveza de las ropas se confunden con la rudeza masculina que parece ser tapada para imitar a las mujeres españolas en la época de la Colonia.

Sin embargo, las abarcas hechas de cuero que calzan los pies y un sombrero adornado con rosas propias de la ribera del Magdalena delatan la cotidianidad indígena que se disfraza para engañar a los conquistadores. La estrategia implementada por varias comunidades aborígenes, que vivieron en la Depresión Momposina, es hoy una de las insignias del Carnaval de Barranquilla.

La leyenda cuenta que a principios del siglo XVII los españoles que habitaban la región abusaban de las mujeres y niñas indígenas. Un grito de protesta se alzó en las poblaciones afectadas, entre las que se encontraban las farotas, malibúes, chimilas y jolo jolo. Trece hombres se agruparon para defender la dignidad femenina. Sus esposas confeccionaron trajes parecidos a los que vestían las españolas y ellos prepararon la emboscada, atrajeron a los conquistadores en bohíos y los atacaron, vengando así el honor de las mujeres. Esa es la esencia de la Danza de las Farotas, una burla a los españoles y una batalla que se baila al son de lavada, farota y perillero.

Etelvina Dávila, una de las folcloristas más importantes del Caribe y uno de los pilares del bullerengue, revivió en 1982 esta tradición. Reunió a trece bailarines de Talaigua (Bolívar) y se fue hasta Barranquilla, para ese entonces una ciudad conservadora, a convencer a sus habitantes de que esta danza era un legado para la región. Mónica Ospino, actual directora de la agrupación, recuerda que los primeros años fueron difíciles. Los bailarines tenían que soportar las burlas y que los espectadores del Carnaval les gritaran “maricas” al verlos desfilar.

Con esfuerzo y paciencia, Etelvina logró divulgar la esencia de las farotas y su valioso contenido cultural, que no es más que una defensa al honor de la mujer. A través del tiempo el baile se fue posicionando en la historia del Carnaval y en 2007 se incluyó dentro del material presentado a la Unesco para ser declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. 25 Congos de Oro y 18 Joselito Carnaval dan fe de la disciplina con la que han logrado acaparar la atención en las Paradas, Batallas de Flores y Desfiles de la 84.

José Guillermo Ospino, nieto de Etelvina y bailarín desde los tres años, explica que en la comparsa siempre están presentes dos personajes: la Ninfa, un niño ubicado en la última fila, que representa a las niñas indígenas víctimas de los abusos durante la Colonia, y la Mama, quien baila en el centro y encarna al cacique que dirige a sus súbditos en la batalla y con un fuete castiga a aquellos que se distraen en el baile.

En medio del tambor llamador y el alegre, una tambora, maracas y el millo, los bailarines reconstruyen la historia. Lola Salcedo, investigadora cultural, asegura que esta danza le recuerda al Caribe que el Carnaval es de todo el pueblo. “Esa necesidad de disfrazarse y de vincularse a la fiesta en la calle conserva las primeras manifestaciones carnavaleras que conocemos. Las Farotas preservan la memoria histórica de la región y se convierten en el antídoto para no sufrir de amnesia y memoria selectiva. Nos recalca de dónde venimos, quiénes somos y cómo nos expresamos”.

 

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