Camilo Mora un científico sin miedo

La brillante carrera académica de este biólogo colombiano que trabaja en la U. de Hawái es una mezcla de berraquera, inteligencia y coincidencias afortunadas.

Este año, Camilo Mora repitió un logro del que pocos científicos pueden presumir: publicar un artículo en una de las mejores revistas científicas del mundo. En la edición del 10 de octubre de la revista británica Nature presentó un índice de las temperaturas que los humanos experimentaremos en 2.047 en distintas áreas del planeta si seguimos con el mismo sistema económico de hoy. Periódicos como The New York Times y el Washington Post, hasta revistas y periódicos en Europa y Asia registraron la noticia.

No es la primera vez que el joven biólogo graduado de la Universidad del Valle con un doctorado de la Universidad de Windsor (Canadá) se cuela en las páginas de una de las más celebres revistas de ciencia. Hace apenas dos años, en un artículo publicado en Science, presentó una cifra que a Charles Darwin le habría gustado conocer: el número de especies animales, plantas, algas, hongos, protozoarios y bacterias del planeta es 8.7 millones. Hasta ese momento, unos creían que la variedad de especies se reducía a 3 millones y otros que rondaba los 100 millones.

Camilo nació en Palmira y a los 5 años sus papás se fueron a vivir a una finca en Bolo, a 25 kilómetros de Cali. Ese fue su bautizo con la naturaleza. Ahí comenzó a germinar su amor por la ciencia. Pero eso sólo lo descubriría muchos años después, un 24 de diciembre cuando prestaba servicio militar y le asignaron un turno de guardia hasta las 6:00 a.m. en uno de los rincones más recónditos de la base de Tolemaida (Tolima). Hasta ese momento había soñado con ser un hombre de negocios y llenarse los bolsillos de dinero. La soledad lo hizo cambiar de rumbo.

“Esas seis horas fueron decisivas porque me di cuenta que la vida es solo una, que no vale la pena trabajar por plata sin disfrutar la vida”, cuenta con un desparpajo atípicas en el mundo de la ciencia. De ahí en adelante lo que sucedió en su vida es una mezcla de berraquera, inteligencia y coincidencias afortunadas.

Cuando terminaba la carrera de biología en la Universidad del Valle viajó a Indonesia a presentar los resultados de una pequeña investigación. Los organizadores del Congreso exigían hacer la presentación en inglés y él no hablaba una sílaba. Le pidió a su mentor, el profesor Fernando Zapata, que le tradujera el texto y decidió memorizarlo.

Frente a un auditorio en el que estaban sentados algunos de los biólogos y conservacionistas más importantes del mundo, entre ellos el norteamericano Peter Sale, Camilo comenzó a balbucear palabras mal aprendidas. Su presentación fue un desastre. Si alguien entendió algo en ese auditorio es algo que todavía no está claro.

Lo que ni Camilo ni su profesor se imaginaron es que Peter Sale se acercaría más tarde a decirles que nunca había visto un estudiante con “such a big balls” y que era la persona que necesitaba para que lo acompañara en un estudio de ecosistemas marinos en México y Guatemala. Le ofreció una beca para hacer el doctorado y tres meses para aprender inglés básico.

Al terminar el doctorado otro investigador de renombre mundial, el norteamericano Ransom Aldrich Myers, lo invitó a que trabajara en algunos de sus proyectos. Camilo le dijo que no quería seguir padeciendo los inviernos canadienses y decidió aceptar una plaza de docente e investigador en la Universidad de Hawaii. Desde allí podía colaborar con Myers.

Si con Fernando Zapata en la Universidad del Valle aprendió y se interesó por los conceptos básicos de la ecología, durante el doctorado comenzó a entender esos mismos problemas pero a una escala regional. Luego, al lado de Myers descubrió como cada uno de esos aprendizajes tenían una dinámica global.

En el estudio que publicó este año en Nature, y que sacó adelante con sus estudiantes de doctorado que trabajaron voluntariamente porque no consiguieron un solo peso para financiarlo, Camilo le recordó a países como Colombia, ubicados en el trópico, por qué el cambio climático debería tomarse en serio.

“El trópico será la primera zona que experimentarán climas sin precedentes en la próxima década”, dice Camilo. Y explica que esos efectos se verán a través de distintos mecanismos. Uno ante el que nadie se podrá hacer el de la vista gorda es la agricultura: “La agricultura va a perder la capacidad de desarrollarse en algunas áreas por temperaturas o perdida de agua”.

“Es increíble que los humanos ahora tengamos la capacidad de moldear patrones de biodiversidad que han evolucionado a lo largo de millones de años”, dice y cita de memoria algunas cifras que dan miedo: “hemos reducido el tamaño de algunas especies hasta en un 90%. Los arrecifes de coral se redujeron 80% en tres décadas. Cada año desaparecen más de seis millones de hectáreas de bosque. Necesitamos que la gente se ponga seria con este problema que es gravísimo. Si este planeta pierde la capacidad de generar alimentos a dónde diablos nos vamos”.

* Editor sección Vivir de El Espectador