Carta abierta a directivas de U. de los Andes por caso de Piedad Bonett

Personalidades de la cultura y la educación piden a la institución ser un ejemplo de ejercicio de compasión y de piedad.

Luego de que la escritora Piedad Bonnett expusiera la indignante situación que enfrentó por cuenta de un trabajo realizado por un estudiante de la Universidad de los Andes en el que se burlaba de su hijo, después de fallecido, y que le fue enviado por un docente de esa institución, un grupo de personalidades de la cultura y la educación envió una carta a ese centro educativo para rechazar el hecho. (Lea aquí: Sanción a profesor de Los Andes que envió trabajo a Piedad Bonnett sobre suicidio de su hijo)

A través de la misiva, se hace un llamado a “la consideración moral y ética” del caso “a partir de la información espeluznante que un profesor le hizo llegar acerca del matoneo de que fue víctima su hijo Daniel y del que sigue siendo objeto su memoria después de fallecido”.

“Después de que se publicó la columna de Piedad Bonnett en El Espectador han surgido muchos interrogantes hacia una institución tan respetada como la Universidad de los Andes. El primero de ellos, por fuerza, está relacionado con la forma en que se les responde a los padres en las situaciones más graves, en aquellas en que la misma universidad tendría que ser un ejemplo de ejercicio de compasión y de piedad”, continúa el documento.

Entre los firmantes están: Mauricio García Villegas, Héctor Abad Faciolince, María Paz Gaviria, Ana Sokoloff, María Iovino, María Antonieta Solórzano, Gloria Zea, Álvaro Restrepo, María Cristina Pignalosa, Li Saumet y María Eugenia Niño.

En el trabajo escrito, el alumno de la Universidad de los Andes recordó a Daniel Segura, quien fue su profesor en el Gimnasio Campestre y optó por el suicidio, y cuenta cómo se burlaban del maestro por su “voz afeminada” y no le permitían dar clase. Hasta detalla una situación en la que el profesor se salió de sus casillas y al parecer fue violento con uno de sus estudiantes. Dice el joven: la cara roja “probablemente muy similar a la cara roja que vieron quienes pasaban por la calle cuando Daniel se votó (sic) desde su apartamento”.

“¿Estaba el profesor autorizado por el estudiante a hacerme llegar ese trabajo? ¿qué evaluaba este? ¿La actitud cínica e inhumana del joven estudiante le valió algún comentario negativo de su maestro?”, se preguntó en la columna Piedad, quien envió al rector de los Andes otra carta para rechazar esta conducta.

Ante la polémica, el rector de Los Andes, Pablo Navas, lamentó lo sucedido y confirmó que el profesor Lucas Ospina sí fue sancionado disciplinariamente pero se mantenía en la confidencialidad el tipo de sanción. Entre tanto, el joven que escribió el texto no recibió una amonestación, explicó, porque el caso era en contra del maestro y no del estudiante.

“Carta abierta a las directivas de la Universidad de los Andes

Apreciados señores,

Con el respeto que nos merece su autoridad queremos compartir las siguientes consideraciones.

Hay un ícono en la historia del arte, el de la Pietá, que representa a la madre ante el cuerpo sin vida de su hijo, injusta y cruelmente juzgado y maltratado hasta la muerte, como expresión del dolor más grande e innombrable. Ésta, como todas las grandes imágenes concebidas por los humanistas, surgió del propósito de sensibilizar y despertar honduras humanas a las que las palabras y las explicaciones no pueden llegar, y de cuya conciencia se precisa para la comprensión, valoración y realización de la vida.

Más allá de la simbología religiosa, la Pietá tiene la capacidad de despertar, a través del amor, la empatía más poderosa con el dolor de los otros y, al mismo tiempo, hacer entender lo que puede llegar a significar la barbarie de la intolerancia hacia el que no se logra ver o comprender y que en tanto, se tiende a eliminar, llegando en ocasiones al más extremo salvajismo.

La Pietá revela también la conexión sagrada entre los vivos y los muertos o entre los reinos de lo visible y lo invisible a partir de la naturaleza de la madre eternamente unida al hijo que ha perdido.

La fuerza icónica de la Pietá, que nos antecede en siglos y que resurge repetidamente en los países en los que ha predominado el catolicismo, está incorporada en nuestras memorias y estructuras de múltiples maneras. Por ello, resulta muy sorprendente que alguien perturbe a una madre que ha perdido a un hijo en un acontecimiento trágico con información horrible a ese respecto y que después se excuse expresando que aportaba datos a sus preguntas y que no sabe lo que significa esa experiencia.

Ese gesto traduce una falencia extraordinaria de empatía, de consideración y de compasión, lo que finalmente expresa una gran falta de piedad, el noble sentimiento que los humanistas consideraron tan importante despertar en los seres humanos.

Sin entender y sin conocer la piedad, la compasión (literalmente sufrir juntos), la empatía (entrar en el pathos del otro) y la consideración (percibir con una idea del universo del otro) es imposible entrar en acuerdos de paz o de conciliación. Ese razonamiento fundamenta en lo más profundo las críticas que se hacen desde distintos frentes a las negociaciones entre las fuerzas en contradicción. Todos en lo más hondo sabemos que hemos estado circulando por un tiempo excesivo en una cultura edificada por la guerra y por el terror, en la que la sensibilidad se ha lesionado en exceso y en la que, por lo mismo, el intelecto ha llegado a justificar las más inauditas distorsiones.

Corregir esas distorsiones y hacer la siembra sensible, que desde siempre ha sido el fin del humanismo, es un trabajo ante todo educativo en el más múltiple de los sentidos, pero fundamentalmente en el cultural. En esa medida, todos estamos urgidos en este tiempo a revisar nuestros fondos culturales, como las distorsiones que han habituado nuestras percepciones para sanarlas en consonancia. Para ello tenemos que volver a despertar como seres humanos con todas las virtudes que hacen a individuos y a comunidades valiosas. Con seguridad, para reconciliarnos de verdad tendremos que comenzar por recuperar la empatía con el dolor ajeno.

Con la conciencia de lo mucho que podría aportar al ennoblecimiento de sus estudiantes, la Universidad de los Andes se fundó con un propósito de formación en el humanismo, que tiene que vigilar y hacer cumplir porque éste representa un valor especial para Colombia, mucho más en el momento actual. Los padres entregan sus hijos a las instituciones educativas convencidos de que en que en ellas van a continuar la formación de valores deseables para los seres queridos y para la sociedad.

Gracias al lugar especial que la Universidad de los Andes representa para el humanismo muchas de nuestras grandes personalidades se han fortalecido en esa institución y han contribuido a engrandecerla con su afecto por la docencia. Piedad Bonnett es una de esas personalidades que sin duda han vertido su luz sobre la Universidad de los Andes. Ella es un patrimonio literario de Colombia, ampliamente reconocido en el exterior. De allí, el interés que ha despertado su llamado a la consideración moral y ética a partir de la información espeluznante que un profesor le hizo llegar acerca del matoneo de que fue víctima su hijo Daniel y del que sigue siendo objeto su memoria después de fallecido.

A partir de lo que despliega este caso y los otros que se han ventilado después de que se publicara la columna de Piedad Bonnett en el Espectador han surgido muchos interrogantes hacia una institución tan respetada como la Universidad de los Andes. El primero de ellos por fuerza está relacionado con la forma en que se le responde a los padres en las situaciones más graves, en aquellas en que la misma universidad tendría que ser un ejemplo de ejercicio de compasión y de piedad. Los demás cuestionamientos se relacionan con el nivel a que puede haber quedado reducida la práctica del fundamento humanista de la Universidad.

El matoneo puede ser el problema más grave que tienen que afrontar las instituciones educativas en el mundo actual antes que la definición de sus programas. La alarmante expansión de esa práctica con el apoyo de la internet ha aumentado en forma drástica el número de suicidios o de depresiones agudas relacionadas con la humillación y la maledicencia.  Las humillaciones las multiplican hasta por cientos de miles personas sin rostro y sin capacidad de vínculo emocional alguno con la persona que atacan y, probablemente, con desequilibrios emocionales que encuentran rápida afinidad con las causas de la burla y del arrinconamiento incendiario.

Hacemos entonces un llamado a investigar lo que acontece detrás del caso que afecta dolorosamente a Piedad Bonnett. Es bastante probable que el documento deplorable que se presentó abierta y tranquilamente como un trabajo de clase responda a distorsiones críticas guiadas por los mayores, cuya gravedad podría concluir en nuevas situaciones indeseables.

En el mundo cultural hay tanta fatiga y horror ante el matoneo que hacen algunos en el territorio del arte, como el aludido profesor de la Facultad de Artes de la Universidad de los Andes, como la que hay por la destrucción y el daño que han hecho los agentes de la guerra en el país. Vemos las dos situaciones como expresiones de un mismo problema que solo se puede enfrentar con las herramientas invaluables del humanismo, entre las cuales subrayamos el respeto y la piedad.

Agradecemos la lectura atenta y sensible,

Mauricio García Villegas              
Héctor Abad Faciolince
María Paz Gaviria
Ana Sokoloff
María Iovino
María Antonieta Solórzano
Gloria Zea
Álvaro Restrepo
María Cristina Pignalosa
Li Saumet
María Eugenia Niño
Consuelo Scarpetta Gnecco
Oscar Monsalve
Gloria Gaitán Gaitán
Clorinda Zea
Beatriz Olano
Ana Patricia Palacios
Jorge Julián Aristizabal
Juan Carlos del Castillo. Arquitecto, Profesor Asociado Universidad Nacional
Viviana Mayor. Economista y Gestora Cultural, Universidad de los Andes
Leopoldo Combariza. Artista y Arquitecto Universidad de los Andes
Silvia Jaramillo. Periodista (con dolor ante una ofensa inaceptable)
Hortensia Sánchez, Presidenta Fundación Puerto Colombia
Claudia Brasseur”.