La cazadora de sueños

A sus 24 años, Esther Polo Zabala es una líder de víctimas preocupada por el derecho agrario y la reivindicación de quienes han sufrido esta guerra. Su padre fue asesinado en 1989.

Esther Polo sueña con poder hacer una maestría en derechos humanos. /Andrés Torres

Fue un profesor de primaria en Montería quien plantó en la mente de Esther Polo Zabala, hoy líder de víctimas, una pregunta que para la mayoría de los seres humanos está resuelta desde antes de tener memoria: “¿Qué carajos es un papá?”. Ella tendría entre 3 y 4 años cuando en su escuela le pidieron que pintara a su familia. Se esmeró para que el retrato de su madre y sus nueve hermanos quedara perfecto. Ese era el único núcleo familiar que conocía porque “juraba que uno nacía así, sin papá”. Sin embargo, para su docente el dibujo estaba incompleto. Y ahí empezó la primera lucha por conocer lo que le pasó a su papá, Antonio Polo, asesinado por los paramilitares el jueves 14 de diciembre de 1989 en la vereda San Rafaelito, corregimiento de Martinica, en Córdoba.

Luego de que su mamá, María Zabala, huyera, literalmente, cuando su hija menor le preguntó “Ajá, ¿y dónde está el tipo, dónde anda?”, Esther empezó a jugar a atrapar cada palabra que en su casa se pronunciara sobre Antonio. Era una batalla contra el silencio de sus hermanos mayores que sí presenciaron la desgarradora muerte de su padre. “Mis hermanos callados, no decían nada. Los que presenciaron la masacre evadían el tema. Algunos decían que no se acordaban, pero era mentira”, narra sin la prevención que los años le han curado.

La primera en ayudarle fue su medio hermana Edith Sofía, hija de Antonio, pues le reveló el nombre de su padre y le explicó que había estado casado con María. Después le contó que estaba muerto: “Ahí empiezo a tener un pensamiento con la muerte, me cuestiono qué es, a dónde va la gente que se muere”. Entonces se dio cuenta de que la clave de ese rompecabezas estaba en su madre, porque “ella en algún momento tenía que decir algo y yo debía estar atenta. Me meto en sus reuniones, ella empieza a contar su testimonio y yo los oigo. Ahí conozco otros detalles de la historia”. De hecho, estas reuniones a las que Esther empezó a acudir fueron el primer presagio de su entrega a las víctimas que ha dejado la guerra colombiana.

En 1997 María logró, junto con otras 26 mujeres víctimas del desplazamiento, que el Estado les titulara una tierra colectiva: Valle Encantado, en zona rural de Montería. Emprendieron entonces la tarea de volver al campo en la extrema pobreza. Un retorno conflictivo para Esther, porque “así mis padres sean campesinos, yo nací en la ciudad, y adaptarse es difícil. Yo me sentía diferente y eso es muy difícil porque tus raíces son campesinas. Entonces ese es uno de los tantos daños que ocasiona el conflicto: desarraigar a la gente. El gran desafío que tiene el mundo rural hoy porque los jóvenes no quieren estar en el campo”. Pese a que sólo vivió dos años en Valle Encantado, pues el estudio la devolvió a Montería, sus esfuerzos están enfocados a esa comunidad. Tanto que por ellos escogió estudiar derecho.

“Cuando sale la Ley de Justicia y Paz yo tengo claro que debo empezar un litigio, no solamente por el caso de mi padre y otros casos de la comunidad, sino porque me siento batallando por la tierra y por las injusticias”, explica. Precisamente, cuando su madre y las otras mujeres de Valle Encantado lograron la tierra colectiva, el Estado sólo les financió el 70% y en estos momentos deben el resto, una deuda que rodea los $120 millones. “Es muy injusto que la población víctima y desplazada, las mujeres sobrevivientes, tengamos que pagar la deuda cuando sufrimos el despojo. Siempre lo contrasté con Agro Ingreso Seguro: les dieron una cantidad de plata a los ricos, y no nos quieren condonar una deuda a nosotros que hemos sufrido la violencia. Eso es inconcebible”, remata.

Esther confiesa que no sabe con quién va a tener que dar la pelea por la condonación de esa deuda, pero sabe que debe prepararse: “Tenemos que defendernos, no sé exactamente ante qué tribunal porque la jurisdicción agraria no ha sido creada. Increíble, siendo este un país agrario, pero sé que tengo que seguir estudiando para enfrentar mejor las batallas del futuro. Fijo me veo demandando al Estado en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Mi litigio va a llegar hasta allá porque no vamos a pagar”. Mientras llega la primera batalla para defender con su juventud los esfuerzos de su madre, se preocupa por el tema de la memoria, porque “a los muertos en este país les arrebataron la dignidad y la memoria permite devolvérselas. Cuando se mata a una persona, se descuartiza, se deja tirada o se desaparece como para borrarla, la atropellan en su dignidad, y al recordarlos le decimos a esta sociedad vendada que existieron y eran inocentes”.

Sabe que esta empresa es casi tan difícil como lograr la condonación de la deuda, pero “es la tarea más grande que nos toca hacer a los que sobrevivimos”. Además es una de las líderes de Valle Encantado y del movimiento de Mujeres Colombianas por la Paz, pues “del empoderamiento de las mujeres y de sus luchas soy fruto. Una de las enseñanzas de mi madre es que las víctimas debíamos reivindicar nuestros derechos”. Con todo este equipaje aterrizó en la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía en Montería, donde estuvo tres semestres ayudando a las personas que hacían el mismo peregrinaje que María hizo cuando Esther estaba en su vientre.

Allí aprendió que su escudo para defender a las víctimas de posibles malos tratos, por lo menos en esa oficina, no era necesario, pues la fiscal que dirigía el despacho, Esmeralda Issa Martínez, la sorprendió: “Ella acoge a la gente, es muy humana, tiene eso que deberían tener todos los funcionarios del Estado. La gente que tenía tanta desconfianza en el proceso y que no se acercaba mucho, hablaba con ella e iba y les contaba a los demás y los demás venían”. Esta experiencia le devolvió a Esther algo de fe en ese Estado que siempre le ha dado la espalda y al que considera “una de las cosas más lentas del mundo”.

El siguiente paso de esta cazadora de sueños es terminar su carrera y hacer una maestría en derechos humanos o derecho agrario. Siempre teniendo de presente a su papá, con quien construyó una relación en la que lo invoca constantemente. Incluso después de que en 2010 le entregaran sus restos y con ellos se esfumara la esperanza de verlo regresar algún día. “Ha sido un culto entre mi padre y yo esa relación con la imaginación y con ponerlo de presente a lo largo de mi vida. Lo sigo trayendo porque creo que la realidad de la muerte no necesariamente nos tiene que alejar”. Y ciertamente sabe que él está detrás de sus pasos, que, se presagia, no pasarán desapercibidos.