Día mundial de la Asistencia Humanitaria

Chocó, en busca del paraíso perdido

El departamento ubicado en el pacífico colombiano es un encuentro de realidades paradójicas. Este viernes presentó la "Propuesta de Acuerdo humanitario ¡Ya! En el Chocó”.

/ Fotos: MAPP -OEA

Se dice que las famosas fiestas de San Pacho en Quibdó se originaron por una misión franciscana que el 4 de octubre de 1648 llegó a evangelizar a los antiguos indígenas de la costa pacífica colombiana, pero también con el fin de encontrar las rutas del oro en la selvática región. Cargados con una imagen de San Francisco de Asís, organizaron las que se creen fueron las primeras fiestas que llevan el nombre del santo católico.

Casi 370 años después, Quibdó preserva sus fiestas, aunque algo profanadas por la mezcla afro que llegó y enriqueció la cultura continental del nuevo mundo. Quibdó sigue siendo el epicentro de llegadas evangelizadoras, aunque esta vez por parte de los gobiernos de turno que prometen siempre un cambio; “progreso” es el eufemismo que se usa con frenesí en épocas electorales.

En el auditorio de la Fundación Universitaria Claretiana en Quibdó, donde se presentó este viernes el documento de la “Propuesta de Acuerdo humanitario ¡Ya! En el Chocó” hay dos grandes imágenes colgadas. Una de ellas es una fotografía aérea de la ciudad capital del departamento. Un verde exuberante pinta las calles de techos grises y blancos, con un primer plano de la iglesia que está cerca al malecón del río Atrato bordeando el límite de la ciudad.

A la derecha de esta fotografía se encuentra un cuadro que parece representar lo que sería un Cristo negro que intenta caer del cielo, y cuyos pies unos querubines procuran sostener. En tierra, una mujer negra alza sus manos mientras este Cristo la toma por el antebrazo en un esfuerzo por descender.

El cuadro provoca algo de tensión. La caída de este Cristo, contrario a lo que podría pensarse sobre las fuerzas de gravedad, no parece sencilla. Es más, podría incluso decirse que arriba los querubines intentan mantener al mesías para no dejarlo traer su favor sobre estas tierras y esta mujer.

Parece que la historia del Chocó se resumiera en este cuadro del artista colombiano Freddy Sánchez. Y es que ese viernes, cuando múltiples voces de la población civil presentaron la propuesta donde exigen parar la locura que aún significa la guerra en la región, con cada discurso, con cada baile, poesía y canto que se presentó en dicha asamblea se puede  reconocer  encarnado en los pobladores del Chocó el rostro de la mujer del cuadro de Sánchez.

La densa sensación de humedad de esa mañana aumentaba a medida que se llenaba el auditorio de personalidades de las distintas organizaciones internacionales y el gobierno departamental. Representantes de los pueblos indígenas, mujeres, Lgbti y víctimas de minas antipersonales iban colmando el estrecho lugar.

Es cierto, aquí no se venía a hacer estrictamente ningún evento “artístico”. Pero en el intermedio de uno y otro discurso de los representantes de las organizaciones, iban ocurriendo lo que también pueden ser consideradas como acciones políticas.

Tres mujeres cantaoras exigen justicia social en sus sonetos. Un grupo de 5 jóvenes a ritmo de hip hop y rap, pero con una innegable herencia pacífica en el movimiento de sus cuerpos y la cadencia de sus voces,  cantan sobre su cultura, hablan de revolución, de perdón, pero también de la tragedia de perder a un ser querido. En tres oportunidades niños y jóvenes indígenas de la región, con sus cuerpos semidescubiertos y atravesados con líneas negras y algunas prendas coloridas, intervienen con bailes y música que para muchos no estarían dentro del canon del arte.

Precisamente estos sujetos, estos cuerpos, representan las exclusiones históricas no solo del Chocó, sino de este llamado “nuevo mundo” con los que el europeo se chocó. Donde la mezcla de razas, produjo una fascinante riqueza de tradiciones que han sido opacadas históricamente por las élites que se pretenden blancas y deudores de ideales económicos y políticos que exceden los límites de las aguas del Caribe, pero también por conflictos sociales y bélicos de los más variados orígenes.

Estas muestras artísticas siguen siendo resistencias políticas en el más estricto sentido de la palabra. Su renuencia a la invisibilización, al silencio de sus voces a través del sufrimiento y dolor personal y colectivo los han hecho forjarse y perseguir visiones de un bien colectivo.

La propuesta que se presentó este viernes recoge exigencias que deberían ser derechos no sujetos a ninguna condición, en un pretendido estado de derecho democrático como el colombiano. Pero precisamente, y como el cuadro de Sánchez bien logra expresarlo, la llegada del paraíso al Chocó siempre ha significado una lucha y no una promesa que adviene por sí sola. La lucha del Chocó es una lucha dignificante, de una responsabilidad colectiva y compartida, como cualquier representación artística y como cualquier proyecto político democrático.

Estas representaciones y evocaciones artísticas pretenden abrir espacios para movilizar la imaginación, pero también para pensar nuevos significados sobre esos lugares comunes desde donde vemos, oímos, pensamos y sentimos el conflicto y a esas otras realidades excluidas.

El evento termina con un hombre que recita, no lee, un poema que, descendiendo a la cotidianidad y el horror de la guerra, invita a la humanización tanto de vivos como de muertos, a no olvidar, a la reivindicación y derecho al duelo, pero también a la posibilidad de un futuro donde ellos mismo, el pueblo chocoano, puedan ser sus artesanos. Es más, el futuro es aquí y ahora, de  ahí su exigencia por un acuerdo humanitario ¡Ya!

/ ONU Colombia

Me voy del Chocó sabiendo que no se necesita confiar en promesas o mesías para construir el paraíso que se quiere aquí en la tierra. Me voy del Chocó con optimismo, pero no aquel optimismo del romántico que vive de ideales sin considerar las situaciones más mundanas. De hecho sé que en el Chocó, así como en muchas otras regiones y comunidades del país, se necesitan acciones contundentes que ataquen los problemas estructurales, que ello puede tomar tiempo y que necesita esfuerzos multidimensionales y multisectoriales.

Pero el optimismo que me embarga es al ver la lucha de un pueblo que está cansado de sentirse extraño en su propia tierra, que la diáspora histórica de indígenas, negros y mestizos de estas tierras ha adaptado y creado no una cultura, sino tantas expresiones colectivas como asentamientos tiene. Me voy del Chocó sabiendo que el color del paraíso es verde, que no existen pre destinos fatales y que es labor colectiva e individual el otorgarnos mutuamente la dignidad de una vida habitable que todo ser humano merece. Me voy del Chocó sabiendo que el paraíso puede ser encontrado.