Cinco visitas que no se olvidarán

Seleccionar 60 personas de un universo de siete millones de víctimas del conflicto parecía misión imposible. La mayoría son anónimas. Otras, aunque polémicas, son parte del complejo universo de la guerra de medio siglo que vive el país.

La quinta delegación de las víctimas junto a guerrilleros de las Farc y representantes de los países garantes en La Habana. /AFP

El apoyo a la organización de las visitas de las víctimas a La Habana ha sido una de las tareas más difíciles y más gratificantes que Naciones Unidas ha emprendido en Colombia.

Pese a sus diferencias políticas, ideológicas y sociales, los 60 seres humanos que se pararon ante el gobierno y las Farc para hablarles, franca y serenamente, de la urgencia de la paz dejaron un mensaje que, para Colombia, más allá de las pasiones que despierta la negociación, es de una importancia transcendental.

Seleccionar 60 personas de un universo de más de 7 millones de víctimas del conflicto armado parecía una misión imposible, que no dejaría contentas ni a las partes, ni a los partidarios, ni a los críticos del proceso. Sin embargo, en las cinco delegaciones que fueron a Cuba, en la ONU y el Centro de Pensamiento de la Universidad Nacional, con el acompañamiento de la Conferencia Episcopal, creemos que se logró condensar en un pequeño planeta la infinita galaxia de las víctimas.

Dos tercios fueron mujeres. Cuatro indígenas y otros tantos afrocolombianos representaban a los grupos étnicos más golpeados por el conflicto. Aunque hubo presiones de diversos sectores por aumentar el grupo de víctimas del ‘otro lado’ —evidencia de la dificultad que tiene cada uno para aceptar a todas las víctimas, en especial las propias— hubo un balance entre víctimas de las Farc, de los paramilitares y de agentes del Estado. Quedó claro que dividirlas por victimario pierde toda lógica, pues muchas han sido víctimas de varios de ellos.

El interminable rosario de crímenes de guerra que se han cometido en este conflicto estuvo representado, una a una, por personas de carne y hueso que los han padecido, de la violencia sexual al reclutamiento infantil, de la desaparición forzosa a las masacres, del desplazamiento al asesinato selectivo. Hubo 18 víctimas conocidas, pero la mayoría son, como casi todas las víctimas, anónimas. Se incluyeron excombatientes, de la guerrilla y la fuerza pública. Y hubo víctimas que pueden generar polémica, pero que son parte del complejo universo de una guerra de medio siglo.

Más importante que la composición de las delegaciones es el mensaje que dejaron. Unas estaban a favor del proceso; otras eran muy críticas. Unas creen en el perdón y la reconciliación. Otras no quieren perdonar. Pero, más allá de esas diferencias, todas se mostraron unidas en torno a la urgencia de poner fin al conflicto armado, para que otros no tengan que sufrir lo que ellas les tocó.

“No se dejen distraer por sus diferencias” —le dijeron a la Mesa—; “lo que importa es que lleguen cuanto antes a un acuerdo”. Un mensaje de esperanza que contrasta con el pesimismo que impera en el país. Si personas que han sufrido tanto pueden superar sus diferencias, para unificarse alrededor de algo tan claro y simple, ¿por qué no lo pueden hacer la Mesa y el país?

La sola presencia de las víctimas en La Habana —la primera participación directa de la sociedad en la negociación que decide la Mesa— habla por sí sola sobre su importancia. Si el proceso de paz deja insatisfechas a las víctimas, no será ni ética, ni prácticamente sostenible. El mejor blindaje de los acuerdos es el endoso de las víctimas.

Pero ese no es un cheque en blanco. Es indispensable que las partes —y el país y sus vertientes políticas— reconozcan, sin ambages, a todas la víctimas y acepten su responsabilidad compartida frente a ellas. El proceso vive hoy un momento crucial, y las partes, según el mensaje de la mayoría de las víctimas, es que se deben bajar del pedestal de las justificaciones políticas, ideológicas o históricas para reconocer que todos, sin excepción, tienen responsabilidad y deberes frente a lo que pasó.

Las víctimas les señalaron a los negociadores que tienen el deber moral de llegar a un acuerdo cuanto antes, pues, mientras se habla en La Habana, el conflicto sigue generando miles de víctimas. “Esta guerra que no se entiende”, cantaron, caminando en torno a la Mesa, los miembros de la tercera delegación. Varias, les dijeron a los negociadores: “esta guerra no es nuestra”. Manifestaciones que parecían recordar a las partes que, desde que empezaron a negociar, en noviembre de 2012, más de 385.000 colombianos ajenos al conflicto se han convertido en nuevas víctimas, según datos de Naciones Unidas.

Las víctimas también le dijeron a una nación concentrada en la discusión del castigo penal a la guerrilla, que otros valores, como la verdad, la reparación, la dignificación y el reconocimiento de la culpa deben pesar en la ecuación si se quiere pasar la página. Esa brújula moral que mostraron en La Habana y su reacción ante la reciente suspensión de los diálogos, pidiendo retomar la negociación, pueden ser claves para que el país no pierda el norte de la paz.

Por el lugar que le está dando a las víctimas, el proceso colombiano es innovador y puede servir de ejemplo para el mundo. El paso esencial para que esto se concrete es que se llegue a un acuerdo en el que las partes asuman sus responsabilidades y se hagan efectivos los derechos a la justicia, la verdad, la reparación y las garantías de que el conflicto no se repetirá para los que han sufrido sus estragos.

Colombia mostró un lado oscuro con estas cinco visitas. Tres víctimas y dos organizadores fueron amenazados, y más de una docena sufrió ridiculizaciones e insultos en las redes sociales. Una persona que muestra el coraje de enfrentar cara a cara a su victimario debería ser celebrada como un ejemplo. Revictimizarla con estigmatizaciones, burlas y amenazas muestra odios y prejuicios ciegos, propios de la guerra, no de la búsqueda de un entendimiento.

Sin superarlos será difícil que llegue la paz.

 

*ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR