¡Colombia, vamos por la paz!

Recorrer Colombia de punta a punta ha sido, sin duda, el mayor privilegio que me ha dado la vida.

El empresario y presentador de televisión Jorge Barón. / Cortesía

En ese trasegar, que semana tras semana me lleva a un rincón vital de la patria, he tenido la oportunidad de acercarme a lo que sería una radiografía de un país que a pesar de los síntomas endémicos de la violencia, que quisieran consumirlo todo, se revitaliza diariamente con el tesón, la gallardía y la esperanza de un recurso humano que está sediento de paz. La estela que por décadas y décadas ha dejado el accionar de los violentos es profunda, las cicatrices e incluso las heridas vivas son evidentes; sólo la determinación de respetarnos como hermanos y como hijos de la misma patria nos permitirá trascender en la historia como la generación de colombianos que convirtió la paz en su camino.

Recientemente estuvimos con nuestra caravana musical en las ciudades de Mocoa y Florencia, poblaciones que hoy viven una seria problemática social por cuenta del desplazamiento forzado. Y es que los desplazados internos han sido las mayores víctimas del conflicto armado en Colombia. Con frecuencia, los civiles, la gente del común, han tenido dificultades para mantener su neutralidad en una guerra donde los actores armados insisten, de forma sistemática, en que tomen partido. Aunque ellos no son las únicas víctimas de la guerra, su desarraigo, sumado a la pérdida de sus medios de sustento, generan un panorama desolador que necesita medidas urgentes que les permitan garantizar, además de la reparación, una mejor calidad de vida.

Una de las regiones más golpeadas por la violencia ha sido el sur del departamento de Bolívar. Justamente hace algunas semanas visitamos Simití, una pintoresca población, resguardada por la serranía de San Lucas, que nos abrió sus puertas para contarles a Colombia y al mundo sobre sus ansias de convivencia pacífica. La bienvenida nos la dieron con una regata por la paz, una exhibición de un corral de pescadores y una caravana de canoas que se tomó la ciénaga de Simití, una actividad llena de color y de alegría que a la vista contrastaba con la conmemoración que, sólo el día anterior, se realizó en homenaje a las víctimas de la violencia.

En la otra cara de la moneda encontramos a los victimarios que cansados de la infructuosa guerra han tomado la decisión de abandonar la clandestinidad para reintegrarse a la vida civil. Y aunque el camino del perdón y el olvido parece sencillo, quizás este sea el proceso más difícil que nos queda por afrontar. Acoger en nuestra sociedad a estos colombianos desmovilizados y reinsertados que buscan una segunda oportunidad, que necesitan que todo un país los rodee con lazos de fraternidad y hermandad.

La paz es el ideal perfecto, lo que todos soñamos, pero más allá de las campañas y de los acuerdos políticos debe ser una convicción en la que no hay espacio para la indiferencia o la indolencia. No podemos pasar la página de la historia y buscar una reconciliación sin transformar la difícil realidad, material y psicológica que hoy enfrentan las víctimas de la irracional violencia. Hagamos un alto, despojémonos de la sed de venganza, del odio, del desamor y demos pasos firmes para el comienzo del camino que nos permitirá trascender y legarles a las nuevas generaciones el don más preciado. ¡Colombia, vamos por la paz”.