Colombia vista desde afuera

El Espectador pidió a dos académicos del exterior que compartieran su mirada y este fue el resultado.

Gustavo Petro, alcalde de Bogotá.

Cada vez que suceden sobresaltos políticos y jurídicos como el que ha vivido Bogotá con su alcalde mayor, nos preguntamos qué pensarán en el exterior de esta realidad nuestra que ni los colombianos podemos explicar con precisión.

La dualidad colombiana

Lo que más sorprende al observador externo de la política colombiana son sus fuertes contrastes, una suerte de dualidad que atraviesa a esta sociedad. Presento algunos ejemplos, pero el lector probablemente añada otros de su propia cosecha.

En Colombia conviven profesionales agencias estatales al lado de burocracias débiles, agobiadas por la corrupción y el clientelismo. Encontramos tecnocracias de lujo, como en el Banco de la República o el Ministerio de Hacienda, frente a sectores donde la prebenda y el amiguismo marcan las decisiones y los ascensos. Un Estado profesional en muchos ámbitos, pero también débil y ausente en amplios espacios del territorio.

En su clase política se juntan líderes de talla mayor con personajes con serias denuncias (o condenas) a cuestas. Colombia nos brinda estadistas como Carlos y Alberto Lleras; también ministros y representantes de primer nivel. A su lado, barones clientelistas impresentables que viven del dinero público o delincuentes que se sirven del puesto para fortalecer sus mafias. Las buenas políticas de Estado de unos se mezclan con la compra indiscriminada de votos de los otros.

También vemos gobiernos regionales y municipales fabulosos, como en Antioquia y Bucaramanga. Pero esos centros de eficiencia son vecinos de ciudades y regiones donde los votos clientelistas colocan como autoridades a improvisados y sin idea de gestión. Las empresas públicas de Medellín demuestran que la burocracia puede ser eficiente en el manejo económico, y reinvertir en el desarrollo humano de su región, por ejemplo. Mientras, en otros lugares planes de desarrollo y agencias públicas se subordinan al interés electorero. Y no solo es un tema de pobreza. Los divergentes caminos de Cali y Medellín no se explican únicamente por la economía local.

O élites empresariales que apoyan la cultura y se involucran en política para vigilar el buen gobierno, mientras que otros empresarios suman corruptelas y abierta tolerancia, cuando no complicidad, con la violencia estatal y para-estatal. Y así podríamos continuar resaltando la dualidad colombiana.

A veces estos espacios no se tocan, conviven lado a lado sin mirarse. En otras ocasiones, su relación es simbiótica. El estadista puede convivir en una coalición con el clientelista zamarro pues ambos ganan de esta relación. La empresa con prácticas de primer mundo puede usar métodos propios del tercer mundo para avanzar sus agendas locales.

En toda América Latina encontramos contrastes similares, no es sorprendente que lo haya en sociedades desiguales. Pero considero que en Colombia son más dramáticos, los extremos están más lejos del promedio. Si creen que exagero sobre la calidad de sus políticos, comparen sus debates presidenciales con los de sus vecinos. Si creen que magnifico los logros de Medellín, dense una vuelta por otras ciudades de la región.

Por supuesto, una cosa es describir esta dualidad, y otra muy distinta explicarla. No me quedan claras sus causas, probablemente porque son diversas. No tengo una respuesta y sería atrevido para mí intentar explicar lo que los colombianos conocen mejor que yo. Pero cuando me consultan qué es lo que más sorprende de Colombia pues es eso, tantas cosas buenas y tantas cosas malas, todas mezcladas.

Eduardo Dargent *
* Profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

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De la fama y otros demonios

En un país fervoroso y creyente como Colombia no extraña que cada tanto nos deslumbremos con idolatrías, como lo demuestran los homenajes a Gabriel García Márquez a propósito de su muerte. Sea para mandarlo a las llamas del infierno o a la eternidad de los dioses, idólatras coinciden por igual en el carácter revolucionario del escritor.

Pero se engañan todos, los que lo condenan y los que lo exaltan. Por que si algo fue García Márquez la mayor parte de su vida fue rico y poderoso entre semejantes, fulminado por el rayo implacable de la fama.

En una entrevista reveladora con Germán Castro Caycedo publicada en El Espectador en marzo de 1977, García Márquez confesó que “si algo puede conducir rápidamente y gravemente a la soledad, es la fama”. También aseguró que “no hay ninguna contradicción entre ser rico y ser revolucionario, siempre que se sea sincero como revolucionario y no se sea sincero como rico”.

Años después, 1981, en entrevista a The Paris Review, había elevado a la categoría de “catástrofe” la fama que el mayor premio de las letras mundiales podría representarle, el mismo que recibió sin asomo de espanto un año después en Estocolmo. Y al igual que en 1977, explicaría, “mis amigos me protegen de eso”, refiriéndose a la fama.

El lío con los escritores de ficción es que aman en las palabras más la belleza que la precisión. Fue el caso de García Márquez respecto a sí mismo, la fama y los amigos.

Desde su juventud, el escritor hizo parte de las farándulas del momento y desde ellas despuntó. Más que haberlo protegido de la fama, sus amigos también fueron plataformas de lanzamiento.
Fue así en los 50 y 60, cuando formó parte de la escena vallenata que, repartida entre Bogotá, Barranquilla y la provincia, conseguiría, a punta de parrandas y whiskey contrabandeado, traducir en réditos políticos la problemática modernización algodonera de los valles del Cesar y el Ranchería.

Desde entonces y hasta los 70 fue parte, junto con varios de sus amigos, del catálogo de artistas del “Boom latinoamericano” que las grandes editoriales en Estados Unidos y Europa promovieran para capitalizar con la fascinación por el llamado Tercer Mundo desatada tras la Revolución cubana.

Y después, en los 80 y 90, cuando con un Nobel en su haber se movería en las altísimas esferas del poder mundial, anfitrión del establishment, de Fidel Castro a Carlos Salinas de Gortari, de César Gaviria a Bill Clinton.

Él mismo lo reconoció sin querer queriendo en entrevista a Jon Lee Anderson publicada en The New Yorker en 1999: “Es la fascinación que tienen conmigo todos los que tienen poder, son ellos los que me buscan”. Pareciera que a esas alturas ya se había rendido al demonio de la fama posado a la cabecera de su vida pública.

No extraña entonces que en un país amante del estatus y el dinero, el hecho de que uno de sus máximos prohombres hubiera dejado de ser sincero como revolucionario para ser sincero como rico no sea tema de reflexión. Mejor la condena o la exaltación, perfectas municiones para nuestra violenta y precaria cultura política, cada vez más enredada en titulares y tuits.

 

Lina Britto *

Periodista e historiadora, profesora en
Northwestern University, Chicago.

 

 

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