Combustión petrolera

El Espectador se internó en la zona donde esta semana se vivieron fuertes enfrentamientos entre Fuerza Pública, empresa y trabajadores.

En la puerta de Campo Rubiales, donde se explota el 70% de la producción petrolera del país, un galón de gasolina corriente cuesta $12.000, $4.000 más que en Bogotá. Allí, durante la semana pasada, se vivieron fuertes protestas entre los trabajadores de la Pacific Rubiales y la Fuerza Pública. Los trabajadores realizaron un paro que se prolongó por más de cinco días y que no fue otra cosa que la réplica de los enfrentamientos que hace dos meses se vivieron en esta zona.

De Campo Rubiales salen 250.000 barriles de crudo diarios, más de US$19 millones por día. Es el campo petrolero más grande del país y es operado por la multinacional canadiense Pacific Rubiales Energy. Ecopetrol mantiene el 69% de la participación en la explotación de este campo, el cual funciona desde hace 13 años. Está situado a 140 kilómetros de Puerto Gaitán, por un terraplén de tierra roja que salpica los margenes de la vía. En el camino al campo se encuentran miles de hectáreas sembradas de palma, pino, acacia o eucalipto, especies que han reemplazado la tradicional ganadería que le dio identidad a esta llanura.

Hoy Puerto Gaitán es un pueblo en crecimiento. En sus calles se siente el boom petrolero, que como todo auge económico llegó acompañado de un aire de descontrol. “Los huecos de los taladros de excavación y los puteaderos serán los únicos que queden cuando se acabe el petróleo”, explica con indignación Fernando, un poblador de Gaitán que hoy se encuentra desempleado. Y es que en este pueblo petrolero, que recibe regalías por más de $50.000 millones al año, se siente el descontento con las petroleras. Muchos de sus pobladores advierten que no se benefician de la explotación del oro negro.

“Las compañías dicen que los nativos no tienen condiciones para ocupar cargos importantes y sólo contratan obreros. De todas formas, son menos que los que traen de otras regiones. Argumentan que no hay mano de obra calificada, pero no se preocupan por brindar opciones de capacitarse”, añade Pedro, quien trabaja como transportador. Como él, “los pobladores de Gaitán viven descontentos porque hay más de 3.000 desempleados. Es muy duro para uno ver pasar camionados de comida cuando uno tiene hambre”, insiste Fernando. Puerto Gaitán tenía 22 mil habitantes en 2007. Hoy, con el repoblamiento petrolero, ya debe haber doblado esa cifra.

Entre Puerto Gaitán y Campo Rubiales el recorrido es de cerca de cuatro horas. Allí, 12.700 personas trabajan en este campo petrolero y 3.000 más en campos aledaños a la ciudadela petrolera. Las quejas recurrentes son por malos salarios y baja calidad de vida en los campos. Un equipo periodístico de El Espectador se trasladó a la zona para verificarlo o desmentirlo. La Fortuna y El Oasis son dos alojamientos de trabajadores situados a menos de cinco kilómetros de Campo Rubiales. Pertenecen a subcontratistas. La empresa negó el ingreso al complejo petrolero.

En La Fortuna y El Oasis fue donde se concentraron más de 1.000 trabajadores el martes pasado para enfrentarse ocho horas a la Fuerza Pública. Nadie se explica cómo no hubo muertos. En el primer campamento, del que dicen es uno de los mejores, habitan cerca de 400 trabajadores. Los oficiales de obra y los ingenieros duermen en containers de ocho camarotes con dos baños. Los obreros rasos en carpas de 15 metros por 10, en las que pernoctan 30 personas. “En Rubiales hay algunos en los que duermen hasta 38 personas por carpa. El hacinamiento es tenaz. Súmele los olores de un trabajador que ha echado pica y pala diez horas”, recalca Germán, un huilense de 52 años que lleva seis en la petrolera.

Los sueldos de los obreros oscilan entre $1’050.000 y $2 millones. “Nosotros sabemos que aquí ganamos más que en los lugares de los que venimos. Pero somos conscientes de que en Rubiales se pagan los sueldos más bajos del sector. Además, aquí no se está explotando leche. Es mucha la plata que hacen diaria con nuestro trabajo”, afirma Willinton, un bogotano de 20 años que lleva seis meses en El Oasis. La regla laboral es 21 días de trabajo por 7 de descanso.

Jerson tiene varicela. Hablar le duele y en su caminar se evidencian pasos de dolor, pero no ha sido atendido por un médico. Según una enfermera de El Oasis, lo que pasa es que el sistema de salud está desbordado por las condiciones de los campamentos. “No es mucho lo que le puedo decir, pero le advierto que aquí pasan muchas injusticias. En términos médicos, hay muchas infecciones en los ojos, hongos y afecciones pulmonares”, explica la enfermera.

En Campo Rubiales opera un número incontable de empresas subcontratistas. Algunos creen que son más de 40, otros aseguran que deben ser 200. Existen versiones encontradas sobre la responsabilidad de su sistema laboral. Para algunos, los subcontratistas son los responsables de los atropellos, para otros la culpa es de la multinacional. “Los subcontratistas no son realmente el problema, porque las operadoras, Pacific Rubiales, Gecolsa, Ocol y el Oleoducto de los Llano (ODL), son las que ponen las reglas de juego. Lo que exigimos es convención salarial”, dice Óscar Rivera, uno de los líderes de la Unión Sindical Obrera (USO).

El jueves pasado trabajadores y representantes de Pacific Rubiales llegaron a un acuerdo. El paro se levantó y se firmó un pacto para sentarse a discutir un pliego de peticiones. La reunión se llevará a cabo en Bogotá y se estableció un plazo hasta el 20 de octubre para llegar a un acuerdo. De lo contrario, se reanudarán las protestas. En declaración pública, Federico Restrepo, vicepresidente corporativo de Pacific Rubiales, expresó que es lamentable lo que sucede en Campo Rubiales y que tiene información de que existe infiltración de la guerrilla en las protestas. “La compañía está tratando de mejorar las condiciones laborales”.

Entre tanto, la tensión crece. Hace dos meses se presentaron los primeros disturbios y la frustración por el fracaso de las mesas de negociación creó este nuevo enfrentamiento. Los trabajadores temen que haya represalias. Por eso la asociación sindical ha venido creciendo y la USO se siente fuerte. “Las condiciones de trabajo en este campo petrolero y el descontento de los trabajadores es el caldo de cultivo perfecto de la violencia”, explicó Armando, otro trabajador del campo. A pesar de su apariencia campesina, sintetiza el ambiente con un argumento literario: “Las uvas de la ira se están cargando”.

Los baños de El Oasis

El campamento El Oasis alberga a cerca de 400 empleados, para los cuales la batería sanitaria es insuficiente y en condiciones de insalubridad. Entre las 4 y las 5 de la mañana suelen hacerse filas, tanto para ir al sanitario como para las duchas. Nunca hay un momento de intimidad para entrar al baño. Están uno al lado del otro, separados por una delgada pared.

Según Mario, quien durante dos años trabajó en Campo Rubiales, “los baños de Rubiales son un nido de hongos e infecciones”, y lo explica mostrando una mano con una cicatriz por una infección cutánea que dice haber adquirido cuando trabajó allí.