La confesión de monseñor Nel Beltrán

Obispo de Sincelejo en pleno auge paramilitar, gestor de la desmovilización de la CRS y tantas veces tildado de guerrillero, deja la diócesis porque está “achacoso”.

En la pasada misa crismal del Domingo de Ramos monseñor Nel Beltrán anunció la renuncia a la dirección de la Diócesis de Sincelejo. / Fotos Archivo - El Espectador
En la pasada misa crismal del Domingo de Ramos monseñor Nel Beltrán anunció la renuncia a la dirección de la Diócesis de Sincelejo. / Fotos Archivo - El Espectador

De monseñor Nel Beltrán se dice que es desconfiado, esquivo con la prensa y a veces hasta regañón. Pero no lo parece. Se han dicho mil cosas sobre este obispo, pero los argumentos y las pruebas le dieron siempre la razón a él. Que hizo parte del Eln, argumentaron algunos. Que se reunía clandestinamente en Cuba con la Coordinadora Guerrillera, aseguraban testigos que resultaron falsos. Que lo uno, que lo otro. Razones de peso para que sea desconfiado y hasta regañón.

Después de 60 años de ingresar al seminario, 22 como obispo de Sincelejo y otros tantos oyendo rumores, el obispo se siente cansado y achacoso, y cree que es hora de dejar la Diócesis. Se le acabaron las fuerzas y como no alcanzó a ver hecho realidad el sueño de las carreteras pavimentadas en Sucre, su cuerpo tampoco resiste las travesías de evangelización por las trochas en las que durante tantos años se enseñorearon las guerrillas y paramilitares, y hoy siguen mandando los políticos tradicionales.

Se le pasó el tiempo y no alcanzó a convencer a los dirigentes locales de que había que unir a Sincelejo con La Mojana, como se lo propuso hace 22 años a Julio Guerra de la Espriella. Hace apenas unas semanas aún batallaba por el tema ante el gobernador Julio César Guerra Tulena, tío del político que hace 22 años prometió hacer la obra.

Más que la nostalgia por la pérdida de memoria o las secuelas de la tifoidea, la H1N1 o la hipertensión —contra la que ahora batalla con nuevo medicamento—, lo que le duele es la tierra, la violencia que campea sobre ella y no haber vivido un día de paz en el país. Porque la paz, repite, no es sólo el fin de la guerra, sino el bienestar para todos, la equidad, el cese de los malos gobiernos.

A eso le ha apostado durante sus 72 años de vida este santandereano de familia de curas y nacido en Navidad —como no iba a ser obispo— ganador del Premio Nacional de Paz 2010, gestor de la desmovilización de la guerrilla de la Corriente de Renovación Socialista y recién renunciado obispo de Sincelejo. A eso le seguirá trabajando mientras el papa Francisco nombra a su sucesor. Y a eso se dedicará luego, pues no ha renunciado a la Iglesia, sino al pastoreo desde el obispado.

Está aún lejos de la edad de retiro. ¿A qué se debe realmente su renuncia?
Se lo expresé en cartas privadas y sencillas al papa: son problemas de cansancio y salud.

¿Y entre esos achaques figuran las secuelas de la gripe H1N1?
De la tifoidea, de la hipertensión. La H1N1 fue complicada, pero este diciembre ya lo pasé sin crisis pulmonar. ¡Llevaba tres navidades con problemas respiratorios! Ya no me mata cualquier brisa.

Muy curioso que se enfermara justo en Navidad.
Sí. Contraje la enfermedad hace cuatro años y me estalló en un viaje a Europa, en donde asistía a un congreso sobre migrantes.

¿Y lo dejaron participar en el encuentro?
No, ni a mí ni a otro obispo colombiano que tenía los síntomas.

¿Quién era ese obispo?
Él no ha querido contar, así que me reservo el nombre. Pero es joven, de unos 55 años.

Y vino el accidente en el que se fracturó el húmero…
Fue en casa, me resbalé y tuvieron que operarme del húmero derecho en Medellín. No he recuperado toda la capacidad del brazo.

Y le sigue metiendo el hombro a la paz...
Me incapacité 15 días, pero volví porque creo que el trabajo creativo es sanativo. Como decía Kierkegaard, el hombre será feliz el día en que encuentre una razón por la que valga la pena vivir y morir. Soy un viejo joven.

Además, Kierkegaard también dijo que para vivir la vida se debe mirar hacia delante.
Y eso es importante. Ya no tengo el privilegio de la memoria de hace unos años, pero tengo la fortuna de asombrarme, de disfrutar leyendo, de encontrar placer en las cosas. Se lo debo a dos prácticas: orar y leer.

Siguiendo a Kierkegaard, ayúdenos a comprender cómo fue que un joven de San Andrés, Santander, se fue al seminario sin consultar a sus padres, se hizo obispo y ahora renuncia.
Esa es una historia larga. De mi pueblo tengo pocos recuerdos, porque salí de allí siendo niño. Mis tres terruños son San Andrés, Barrancabermeja y Sincelejo.

Pero recordará que su padre no era liberal, sino cachiporro, como dijo usted algún día.
(Risas). Mi padre era apasionado por Jorge Eliécer Gaitán, tenía mística por el Partido Liberal. Mi madre no, pero había paz política entre el apasionado liberal y la apasionada maestra de primaria.

A usted muchos lo tildaron de subversivo. ¿Cuál fue la primera vez que tuvo contacto con un guerrillero?
Recuerdo una reunión a la que me invitó un amigo que estaba bregando a buscar la paz. Me sorprendió ver a tantos, pero sobre todo a tantas mujeres. Tendría unos 30 años y me invitaban por mi labor sacerdotal. Me movía por muchas partes y en todas podía haber guerrilleros que vestían común y corriente. Años después me acusaban de estar con guerrilleros. Ay, ¡qué oso!

¿Se refiere a casos como la chiva de ‘El Tiempo’ sobre una supuesta reunión suya en Cuba con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar?
Y a otros sucesos. Cuando ocurrió ese que usted relata estaba recién llegado a Sincelejo y estaba en todo su furor el paramilitarismo. Imagínese ese contexto. No voy a levantar heridas, pero el que se equivocó fue Pacho (Santos), fue mal informado y no me creyó. Lo exonero, porque tuvo fuentes fidedignas que no voy a mencionar.

Pues en su momento se supo que la principal fuente era la fiscalía de Gustavo de Greiff.
Sí señor.

¿Y usted habló con De Greiff?
Me llamó luego a pedir perdón.

¿Y con la monja Teresita Villa y Luis García, los otros supuestos testigos en contra suya?
No supe de ellos.

¿Y cuándo limó asperezas con los autores de esa información?
El cardenal Pedro Rubiano me llevó delante de todo el santoral de El Tiempo. Ellos tenían las pruebas de que viajé a Cuba y les dije que la única prueba que tenían en contra era mi palabra, pero que demandaría si insistían en esa versión.

Desde entonces no pierde usted oportunidad para pedir prudencia a los periodistas…
Les pido que se preocupen por entender al país, que lean, que no se queden con lo que dice un columnista o un expresidente. Son pedagogos de alcance nacional, díganle a Colombia que (con el proceso entre las Farc y el Gobierno) puede llegar un pedazo de paz muy útil, pero no la paz completa a Colombia. Se equivocan los que creen que hay paz porque no hay guerra.

¿Cree que en La Habana se logrará ese pedazo de paz?
Apostémosle a la paz conversando, venga o no venga. Creo que va a venir. Ojalá que no venga mal venida. Toda la vida el país bregó a luchar contra la guerrilla por las armas. Pastrana dice que fue elegido por el mandato para la paz, pero al mismo tiempo jugó a la guerra (entiendo que es el iniciador del nuevo modelo de las FF.MM. en Colombia). Uribe dijo “diálogo no, guerra sí”. Y fueron ocho años. Ahora Santos vuelve al diálogo y también hace la guerra como nunca.

¿Qué se le viene a la memoria cuando recuerda a quienes lo tildaron de guerrillero?
Un malestar, pesar de ver gente que no es capaz de distinguir lo bueno de lo malo. Pero sé que no es por mala voluntad. Yo resultaba incómodo. Es indudable. Sobre todo si creían que formaba parte de la guerrilla, pero nada que ver.

¿Cómo fue que se hizo gestor de paz de Belisario Betancur?
Un día en Bucaramanga, como a las 4:00 a.m., iba para la posesión de un obispo y monseñor Sarasti me avisó que tenía un telegrama. Era del presidente Belisario Betancur, quien me nombraba como especie de comisionado de paz para el Magdalena Medio. Comisión que funcionó bien, pues logró la convivencia pacífica que el Gobierno buscaba en la región. Con limitaciones, pero con credibilidad y trabajo serio. Nadie en la comunidad podía decir que el padre Nel y su equipo eran guerrilleros.

Pero era innegable la influencia de la teología de la liberación en un sector de la Iglesia colombiana.
Ese fue un período largo, con incubación, desarrollo y finalización. En el Magdalena Medio hubo sacerdotes más que cercanos a la teología que usted menciona. La cercanía de ellos, vista desde la actitud guerrerista, no podía ser más que descalificadora. Eran supervalientes, inteligentes y salieron manchados.

¿Es correcto decir que de tantas gestiones que usted hizo por la paz la más exitosa fue la desmovilización de la Corriente de Renovación Socialista?
Ese fue un acontecimiento muy importante y pagué el impuesto que tenía que pagar por ello. Hubo un tiempo en el que no pude volver a Flor del Monte (Sucre) por problemas de seguridad. Pero la historia no es lo que yo viví, sino lo que se hizo. Un grupo de hombres encontraron que la violencia no era el camino, dijeron “¿nos ayudan?” y les ayudamos.

Están a punto de cumplirse 20 años de esa desmovilización. ¿Cómo evalúa los resultados ahora que tiene la ventaja de echar retrovisor?
Hubo deslealtades, incumplimiento de la palabra, pero un grupo salió por las vías democráticas. No estaban preparados para la política —como no estaba preparado el M-19 cuando se desmovilizó— y querían el poder sin tener cuadros políticos.

Una lección para los actuales diálogos gobierno-Farc…
Claro. Una cosa es trajinar la guerra, emboscar, y otra la democrática, que supone estrategia, métodos y organizaciones.

¿Qué le parece la serie de TV sobre los hermanos Castaño, los mismos que bañaron en sangre la región en la que usted lleva ya 22 años?
Sé que la ve mucha gente. Yo no. Soy muy ocupado, selectivo. He encontrado discrepancias frente al tema porque algunos dicen que hace apología a propósito, cosa que no creo. Pero me llama más la atención que en un estudio los niños, en un alto porcentaje, dijeron que cuando grandes quieren ser policías o guerrilleros por el poder de las armas.

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