Cronología del desencuentro

La periodista Viviana Esguerra publicó una obra clave para entender un momento sombrío, en el que el secuestro mantuvo en ascuas a Colombia.

Viviana Esguerra, autora del libro ‘Cronología del desencuentro’. /Óscar Pérez

El secuestro se tomó Colombia durante la segunda mitad del siglo XX. Guerrilleros, narcotraficantes, delincuentes, paramilitares, todos los ilegales lo utilizaron como arma de guerra, herramienta de lucro, mecanismo de presión contra el Estado, forma de financiación de actividades ilícitas y chantaje. Entre 1970 y 2010, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, se calcula en 39.058 el número de casos. Tan sólo en el año 2000 fueron plagiadas en el país casi 4.000 personas, cifra equivalente a la mitad de las que fueron secuestradas en todo el mundo.

Con estas impresionantes verdades de contexto empieza el libro Cronología del desencuentro, tres lustros del acuerdo humanitario, escrito por la periodista Viviana Esguerra Villamizar. Un minucioso recorrido por uno de los momentos más difíciles de la historia reciente de Colombia. El que se vivió entre 1996 y 2012, cuando el Estado y la insurgencia se trabaron en una guerra sin medida que nunca permitió una pausa humanitaria. Una época que sólo demostró falta de diálogo entre los colombianos y menosprecio por la libertad.

Las once tomas guerrilleras que entre 1996 y 1999 mostraron al mundo el horror de las cárceles de la selva. El penoso destino de varios políticos que tuvieron que sufrir un largo cautiverio, algunos sin regreso. El secuestro de doce diputados del Valle del Cauca, once de los cuales fueron asesinados por sus plagiarios. La historia de tres contratistas de Estados Unidos que durante cinco años afrontaron la misma suerte de los demás secuestrados. El desenlace de este desencuentro y sus contrastadas facetas de rescatados, liberados o asesinados en cautiverio.

El repaso dramático a una tragedia nacional, escrito por una periodista que conoce lo que significa para Colombia ese delito. Aunque en sus inicios fue redactora cultural en La República en los años 80, su insistencia al entonces jefe de redacción de El Tiempo, Francisco Santos, para que la contratara en el diario bogotano, terminó por unirla a su posterior cruzada contra el secuestro. Cuando Santos fue liberado del plagio al que lo sometió Pablo Escobar entre 1990 y 1991 y decidió crear la fundación País Libre, Viviana Esguerra fue su activa comunicadora.

Fueron largos años escuchando terribles relatos, palpando la angustia de centenares de familias, denunciando vergonzosas cifras de colombianos plagiados por dinero. Casi todas historias sin una palabra en los medios. Silenciadas por miedo, por omisión o por desgano. En 2000 hizo una pausa de dos años que aprovechó para adelantar una maestría de periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, pero volvió a persistir en su lucha desde País Libre, en un momento en que las perspectivas de paz de la era Pastrana ya no eran más que sueños rotos.

Con el gobierno Uribe a bordo, su amigo Francisco Santos la invitó en 2003 a sumarse al programa de la Vicepresidencia contra el secuestro. Ella le dejó claro que no era uribista, pero Santos sabía que nadie mejor que Viviana Esguerra podía comunicar sobre las batallas del Estado para frenar esta plaga sin suficiente difusión. Aunque el secuestro político estaba posicionado en la agenda mediática, el de centenares de hacendados, comerciantes, ganaderos o personas del común siguió en el anonimato. Hasta 2010, ella procuró que se conocieran.

Cuando concluyó el tiempo de Uribe, retornó a País Libre. Estuvo dos años en los que, como ella misma lo afirma, no se cansó de la causa, pero entendió que era tiempo de probarse en otros caminos. Entonces decidió ser catedrática de la Universidad Cooperativa y periodista independiente. Su primer proyecto le tomó dos años y es el libro que acaba de publicar. Lo presentó a consideración del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de la Alcaldía de Bogotá, y su director Camilo González Posso, sin prevenciones políticas, lo acogió para publicarlo por ser una obra importante.

Porque debe saberse que con el secuestro de 34 uniformados, diez políticos, el asesinato de un gobernador y su asesor de paz o la masacre de once diputados inermes y en cautiverio, “las Farc violaron y traspasaron todos los estándares del Derecho Internacional Humanitario”. Porque cuando permitieron que Julián Ernesto Guevara muriera secuestrado o cuando asesinaron a sangre fría a José Libio Martínez, cuyo hijo esperó en vano casi 14 años para conocerlo, esta guerrilla espantó a Colombia. El libro cumple con el deber de que estos hechos no sean olvidados.

El Centro de Memoria, Paz y Reconciliación tuvo una razón adicional. En el Bosque de la Libertad, en la parte alta del Parque de la Independencia, están sembradas once palmas de cera en homenaje a los diputados del Valle. En el atrio de la Catedral Primada se recuerda la lucha de Marleny Orjuela por la libertad de los militares y policías cautivos. En otros puntos de la ciudad se hace memoria de Diana Turbay, Gloria Lara o José Raquel Mercado, muertos sin libertad. Una cartografía de la memoria que lleva implícita una convicción: que la sombra del secuestro pesará mucho tiempo en la conciencia de Colombia.