Los que quedaron tras la explosión en Cucunubá

Desde el viernes en la noche, más de 160 miembros de organismos de socorro llegaron a las minas de carbón El Cerezo y La Guasca para atender la emergencia causada por una explosión de gas metano. Fueron 13 los fallecidos. Los últimos cinco cuerpos fueron recuperados el sábado en la noche.

Los rostros de dolor y de la angustia en las inmediaciones de Cucunubá, luego de la tragedia en una de sus minas.Juan Zarama - El Espectador

El silencio caracterizó las operaciones de rescate en las minas El Cerezo y La Guasca, en Cucunubá. En la tarde del sábado, lo único que se escuchaba eran los murmullos de las decenas de personas que estaban en los alrededores de las minas, el ruido de las máquinas y las charlas de los niños bajo el cargo de los voluntarios de la Cruz Roja Colombiana.

Desde el mismo viernes en la noche llegaron los organismos de socorro, incluyendo equipos de la Agencia Nacional de Minería y del Ministerio de Minas, más de 160 personas. Ya se conocía la distribución de la mina: una bajada de casi 500 metros con una inclinación de 42º, para llegar a las cámaras donde estaban los cuerpos. Los operativos se extendieron durante más de un día por la dificultad para acceder a las cabinas de la mina, a ocho kilómetros del casco urbano y a la que se llega por una carretera destapada. Además, por las condiciones ambientales en el interior del socavón, la falta de oxígeno detenía a las cuadrillas y una roca bloqueaba el camino.

Foto: Juan Zarama - El Espectador

Algo que no deja de sorprender si se tiene en cuenta que Cundinamarca es uno de los departamentos más importantes para la explotación de carbón: en 2016 produjo más de 1,7 millones de toneladas de este mineral, de las cuales se produjeron alrededor de 600.000 en las minas de Cucunubá. A pesar de eso, el riesgo es alto en este trabajo: en los primeros cinco meses de 2017 se presentaron 28 emergencias mineras. Un problema que se agrava por las explotaciones irregulares.

“En estas coordenadas se pudo identificar que estas unidades de producción minera no contaban con los permisos suficientes para hacer la explotación en las minas subterráneas. Pero en estos momentos estamos concentrados en los temas de rescate”, aseguró el viceministro de Minas, Carlos Andrés Cante Puentes.

Mientras las autoridades coordinaban su trabajo en el área, que estaba acordonada, las personas entraban a la casa de Nonata Castillo, una mujer de 68 años que convirtió su hogar en un refugio. Allí llegaban desde periodistas y organismos de socorro hasta familiares, amigos y habitantes de la zona.

Foto: Juan Zarama - El Espectador

Castillo fue testigo de la explosión. Se encontraba en la cocina de su casa, esa en la que vive desde hace apenas unos meses y que queda a pocos metros de las minas. No había nada extraño ese viernes que anunciara la tragedia. Lo único que sintieron en la casa fue un estruendo que sacudió hasta los cimientos de la edificación. Y aunque su familia contó con suerte, tenía un conocido allí, como la mayoría de personas.

Víctor Alfonso Torres, hijo de Castillo, es minero desde los doce años. Lleva dieciocho dedicado a este oficio y desde hace tres meses trabaja en la misma mina del accidente. Cuenta que se salvó de casualidad, pues el viernes, en vez de entrar a la mina, se quedó cortando madera en la cercanía para los hornos de carbón. Pero su cara igual denotaba tristeza. Quienes quedaron atrapados eran sus amigos.

A los mineros desaparecidos no los identificaban tanto por su nombre sino por los apodos con que los llamaban. Así, a Edwin Alexánder Rincón le decían Borracho; a Andrés Antonio Liz, Risas; a José Fernando Yagaín, Gokú; a Luis Alberto Barón, Negro, y a Aldemier Franco lo llamaban por su apellido.

Sus familiares decían poco. Estaba, por ejemplo, Marcela, una mujer que entre lágrimas, y abrazada a su hermana, llegó desde las seis de la mañana para buscar a su hermano y a un primo. O Sandra, que viajó con su tía desde Bogotá y llegó a las 8:30 de la mañana para buscar a dos de sus primos. Preferían no decir los nombres. Quizá por la certeza, no confirmada hasta que sacaron los cuerpos, de que los cinco atrapados fallecieron.

Foto: Juan Zarama - El Espectador

A las ocho de la noche, después de más de más de 24 horas de incertidumbre y poca información por parte de las autoridades, empezó la identificación de los cadáveres que poco a poco iban sacando los organismos de socorro. El primero fue Aldemier Franco. A él lo esperaban su mujer y su hijo Daniel, de trece años, que, aunque minutos antes había dicho frente a una cámara que era difícil que sobreviviera, no pudo evitar dar un grito de dolor entre lágrimas, negando lo innegable: que su padre estaba muerto.

La entrega se extendió por las siguientes tres horas, a pesar de que originalmente se dijo que este trabajo tomaría hasta pasadas las dos de la mañana. Cuando uno de los cuerpos era recuperado, los voluntarios de la Cruz Roja llevaban a los familiares a una carpa. Allí, Pedro, el coordinador de los mineros y de quien no se sabía su apellido, pues por el shock no se lo dijo a nadie, decía el nombre de quien encontraban. Lo que seguía era un coro de lamentos.

Uno a uno, Pedro fue anunciando los nombres, no sin antes asegurar, en cada ocasión, que prefería no dar la noticia: después de Franco siguieron Andrés Antonio Liz, Edwin Alexánder Rincón y, por último, José Fernando Yagaín y Luis Alberto Barón. Así terminó la entrega de los cuerpos de los trece mineros que murieron por la explosión de gas metano. El domingo, los familiares recibieron los cadáveres para hacer los sepelios este lunes.

Las mujeres que quedan

Foto: Juan Zarama - El Espectador

Doña Amalia esperaba con su hija Flor a que entregaran el cuerpo del esposo de ésta. No es la primera tragedia que viven por una mina. Hace 22 años, cuando Amalia tenía 40, su esposo murió en un accidente similar. A pesar de eso, asegura que la minería es la mejor opción en términos de dinero para sacar a las familias adelante.

“Un trabajo en la mina da plata, porque la quincena más mala es de $800.000 o un millón, y la buena supera los dos millones. Pero, así como la da, también quita. Deja muchos muertos y viudas. A nosotras nos toca luchar por nuestros hijos, pero uno solo no es capaz”, aseguraba, mientras su hija, de apenas 28 años y con una hija de nueve años, guardaba silencio y miraba al vacío.

[email protected]