De cómo el toro de lidia controla el dolor en el ruedo

Aunque lo siente, el toro bravo tiene un mecanismo especial para llegar a controlar su dolor, respuesta que comparte con los gallos de pelea, los peces Beta o, incluso, los mismos toreros.

Imagen de referencia.Pixabay

“Por lo que toca a las cuestiones morales, solo sé que es moral todo lo que hace que luego me sienta bien, e inmoral todo lo que hace que luego me sienta mal. Y, juzgados por este criterio, que no intento defender, los toros son absolutamente morales para mí, porque, durante la corrida, me siento muy bien, tengo el sentimiento de la vida y la muerte, de lo mortal y lo inmortal, y una vez terminado el espectáculo me siento muy triste, pero muy a gusto”. Ernest Hemingway, Muerte en la Tarde.

No me deja de sorprender, cada vez que leo y releo el Capítulo I del libro “Muerte en la Tarde” del Nobel de literatura Ernest Hemingway, por la sutil claridad con la que aborda el impacto emocional que puede provocar en los espectadores desprevenidos o desconocedores de la mecánica del dolor, cuando presencian una herida abierta y lo que en verdad pueda sentir el que la sufrió, trátese de una persona o de un animal. Para el caso al que se refiere Hemingway en este primer capítulo, es el dolor que pudiese sentir el caballo tras recibir una cornada en el abdomen provocada por la embestida de un toro en la época en que los caballos no se les protegía con el peto.

Al respecto esto es lo que sobre este punto opina Hemingway en su afamado y acertado libro:

“El caballo es, desde luego, el personaje peor tratado, y si el espectador se identifica sinceramente con los animales sufrirá de un modo horrible, más que el propio caballo. Todo el que ha sido alguna vez herido sabe, en efecto, que el dolor de la herida no comienza hasta después de una media hora de haber sido hecha y que no hay relación proporcional entre el dolor y el tremendo espectáculo de la herida. El dolor de una herida abdominal no aparece al pronto, sino más tarde, por la acción de los gases y de la peritonitis que empieza a producirse; mientras que, por el contrario, una simple rotura de ligamentos o una fractura provoca un sufrimiento inmediato y terrible. Pero eso es lo que no sabe o lo que pasa por alto la persona que se identifica con el animal, la cual sufrirá sincera y dolorosamente sin ver más que esta porción de la corrida de toros, mientras que al ver un animal que se rompe una pata en una carrera de obstáculos no sufre en manera alguna y le parece que no es más que un episodio sin importancia”.

Y con conocimiento de causas, en otro aparte de este mismo capítulo, Hemingway se refiere sobre hechos acaecidos a comienzos del siglo pasado cuando en las ciudades predominaba el transporte a caballo:

“…no puedo aguantar que se caiga un caballo en la calle sin sentir la acuciante necesidad de echarle una mano, y muchas veces he tendido arpilleras y he desatado arneses, esquivando una coz, y volvería a hacerlo si se continúa obligando a los caballos a que caminen por las calles de las ciudades cuando llueve o hiela…”.

 
Un poderoso toro de la ganadería española de Dolores Aguirre levanta en vilo al caballo y su picador quien no suelta la vara en el proceso de picar al toro.

 

Pero, en mi caso, que suponía que lo de no sentir el toro durante la lidia dolor o muy poco, se debía a las descargas de endorfina (betaendorfina) que pudiese liberar desde su sistema endocrino, la prueba científica sobre esta apreciación subjetiva solo la pude corroborar años después.

Juan Carlos Illera, Profesor titular y director de departamento de Fisiología Animal de la facultad de Veterinaria de la universidad Complutense de Madrid y su equipo, al analizar, año 2.007, en la plaza de Las Ventas de Madrid la respuesta hormonal de 180 toros y 120 novillos, descubrieron que durante la lidia el toro libera 10 veces más betaendorfinas (opiáceo), conocidas como hormonas del placer, que un ser humano, y siete veces más que durante el transporte. La betaendorfina, explica el Doctor Illera, bloquea los receptores del dolor hasta que llega un momento en que el dolor y el placer se equiparan y el sufrimiento puede llegar a ser casi nulo.

Lo que quiere decir es que el toro bravo tiene un mecanismo especial para llegar a controlar su dolor. Cierto que lo siente, pero no es lo mismo un organismo que puede controlarlo y contrarrestarlo, hasta casi no sentir sufrimiento, que otro que no puede poner en funcionamiento este mecanismo. Pero esas no son todas las conclusiones a las que ha llegado este equipo científico; el toro de lidia, amplia el Doctor Illera, sufre más en el trasporte que en una tradicional corrida de toros y menos que en una de rejones, y mucho menos que en un espectáculo de recortes y muchísimo menos todavía, que en una corrida de toros a la portuguesa, y lo anterior se acentúa, teniendo en cuenta que al toro en Portugal, por lo general, lo sacrifican horas después de su lidia, cuando los efectos sedantes que provoca las descargas de betaendorfina han cesado o han disminuido considerablemente.

 
Suspendido por la espalda y de sus mulos por ocho enormes y afilados ganchos, este aficionado, como valor agregado, sostiene en sus manos un voluminoso peso sin mostrar en su rostro el más mínimo gesto de dolor.

 

Pero la respuesta en lo que al control del dolor y al no sentirlo en su inmediatez no es solo propio del toro de lidia, de los gallos de pelea o de los peces de pelea Beta. Los toreros con frecuencia son empitonados por los toros en el ruedo, y no son pocas las veces en las que continúan su faena con heridas de consideración, y todo debido, no solo a su pundonor, sino al efecto de las descargas, no solo de adrenalina, sino de betaendorfina que tras la cornada empieza a circular por su torrente sanguíneo minimizando el dolor.

Pero, los ejemplos más desconcertantes del control del dolor por parte de los humanos lo protagonizan las personas que se suspenden con ganchos insertados en la espalda y en los muslos, y que a continuación se balancean una y otra vez alrededor del punto de apoyo donde se encuentran suspendidos. Ahora, ¿qué podríamos decir al respecto? O yendo un poco más lejos ¿cómo podríamos explicar tamaña osadía? Por añadidura, al igual que en el caso del toro de lidia y de los animales antes referidos, las descargas de betaendorfina (endorfina) es la responsable de este descomunal e inusitado logro.

Y los implicados en esta “fantasmagórica” experiencia ¿que comentan? Que el placer y hasta el desdoblamiento o experiencia extracorporal la encuentran a la vuelta de la esquina, la que a pesar de las apariencias la disfrutan de manera plena: “Nunca me he trabado”, decía uno de los tantos protagonistas de este tipo de hazañas, “pero si está es la sensación, es del putas”. Es como tener un buen viaje, pero sin sustancias alucinógenas. Y eso que que los humanos tan solo producimos el 10% de la betaendorfina que segrega el sistema endocrino del toro de lidia en el ruedo.

Pero, al desaparecer las corridas de toros, agrega con tristeza el Doctor Illeras, esta raza se perdería. Podría existir en algún zoo o en alguna dehesa en la que alguien, por capricho, quisiera tenerlo. Pero toda su genética y todos los estudios que se están realizando de mejora de este animal desaparecería, porque económicamente no tendría ningún sentido. Y a parte de perder el toro perderíamos un montón de otras especies del hábitat donde se cría, porque gracias al toro de lidia se mantienen cantidad de dehesas donde se conservan muchas especies autóctonas de los países donde no han hecho o casi no ha hecho mella la prohibición ciega que impulsan los amigos profesionales de los animales, y lo peor es que no pocos son los políticos que le hacen el juego, es la moda, pendientes, más que todo, de los votos potenciales que esperan que les sufraguen en las urnas ¡Qué pena!

 
El Doctor Juan Carlos Illera en una de sus presentaciones explica los mecanismos de los que se vale el toro de lidia para controlar el dolor en el transcurso de una corrida.

 

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Ricardo López Solano

Nacional

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