Dos fechas, dos países

Del 20 de julio al 7 de agosto

A diferencia de la primera fecha, que se hizo con letrados y cabildos, el día de la Batalla de Boyacá se hizo con generales y ejércitos. Aquí una crónica histórica de ambos sucesos.

El desfile militar es una de las tradiciones para celebrar el 20 de julio, Día de la Independencia. / Gustavo Torrijos - El Espectador

El 20 de julio no fue una pelotera, ni una candidez, ni una improvisación. Por el contrario, fue la movilización social más importante de la historia colombiana. Quizá la única capaz de desatar un proceso de búsqueda institucional con los pies puestos en la tierra y la mente en la realidad contextual. Colombia no tenía aún su centro de gravedad situado afuera. Sus habitantes eran españoles de este lado del mundo. Más tarde la modernidad los ha querido volver ingleses, norteamericanos y franceses. El 20 de julio dio origen a un período, injustamente, bautizado como la Patria Boba cuando, a decir verdad, la patria boba ha sido un reiterado suceso posterior que, al menos para algunos, se vive en los momentos actuales.

Aquella movilización no se entiende sin analizar su respectivo entorno. Es lo que no han hecho algunos de los textos que, en estos días, se asomaron al análisis del aquel suceso histórico. Para comenzar es preciso decir que entre 1809 y 1811 América del Sur vivió, en torno a los cabildos, un interesante proceso político que no se entiende sin la invasión francesa a la península ibérica. Cuando Napoleón apresa al rey Fernando VII y lo reemplaza por su hermano José Bonaparte, los españoles -en ambos lados del Atlántico- entienden que el monarca no puede ejercer el poder y, por la tanto, le corresponde al pueblo asumirlo.

Esa era la tesis de la Escuela de Salamanca, proclamada desde el siglo XV, según la cual el poder emana de Dios con destino al pueblo y éste lo entrega al rey. En ausencia del monarca regresa a sus depositarios. Ahora lo han recuperado por el encarcelamiento de Fernando y, de acuerdo con la vieja tradición autonómica hispana de origen medieval, deciden conformar juntas locales de gobierno. A su vez, éstas designarán una junta suprema que ejercerá el poder mientras el rey permanezca en cautiverio. Ese fenómeno se conoció como el “Juntismo” y se replicó en distintas ciudades de América del Sur.

En 1809, mientras Camilo Torres escribía el Memorial de Agravios, en Bolivia se pronunciaron los cabildos, lo mismo que en otras localidades de los virreinatos de La Plata y de Perú. En el año siguiente se pronunciaron los cabildos en distintas ciudades de la Nueva Granada y designaron sus respectivas juntas de gobierno.

Como lo anota el profesor Antonio García, aquellas movilizaciones lograron importantes conquistas, pero no se hicieron con ejércitos, sino con cabildos. Tampoco se pronunciaron por la independencia. Pedían, eso sí, la representación que creían merecer, como españoles de este lado del mar no sólo en la administración pública, sino en las recientemente convocadas Cortes de Cádiz, cuyo objetivo era darle una Constitución a España. Ante la renuencia peninsular, el 20 de julio de 1810, el Cabildo de Santafé designó su junta de gobierno y le encargó un único y fundamental objetivo: redactar una Constitución “que garantice la felicidad pública”.

Semejante decisión era toda una revolución para la época. Incluso el rey podía venir a gobernar desde la Nueva Granada, siempre y cuando se sometiese a la Constitución. Esta generación precursora de la independencia -liderada por Torres, Caldas, Vargas, Pombo, Carbonell- no estaba improvisando, ni copiando experiencias de nadie. Se había formado en el pensamiento español y, sin perjuicio de otras influencias, tenía frescas las enseñanzas de la Escuela de Salamanca. El 20 de julio Colombia nació en medio del derecho. Y la Constitución de Cundinamarca de 1811 fue la primera en el mundo que se redactó en idioma español. Tiene razón Mauricio González Cuervo: el 20 de julio no es el Día de la Independencia, sino el Día de la Constitución.

El Día de la Independencia es el 7 de agosto. Sin embargo, allí se dio inicio a un proceso prácticamente desconectado del anterior. El país de los libertadores es un país distinto al de los precursores. Para entonces casi todos los miembros de la generación precursora habían muerto en el patíbulo por orden de Pablo Morillo. A diferencia de los precursores, los miembros de la generación libertadora se sentían profundamente antiespañoles. No sólo en la Nueva Granada sino en toda la América del Sur. En ese sentimiento coincidían Bolívar, Santander, Sanmartín, Artigas.

A diferencia del 20 de julio, que se hizo con letrados y cabildos, el 7 de agosto se hizo con generales y ejércitos. Para aquellos el eje de su organización política fue la provincia y su institución principal el cabildo. Para éstos fue el estado-nación y su institución principal el Congreso. A partir del concepto de autonomía los precursores pensaron en las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Los libertadores se comprometieron directamente con la gran Colombia. En la Constitución de Cúcuta eliminaron todo rastro de la autonomía provincial de raigambre hispana, y adoptaron el clásico estado unitariode estirpe francesa. Pero era tal su admiración por la Gran Bretaña que, como lo anota Pilar Moreno de Ángel, en cierto momento dialogaron sobre un proyecto de protectorado inglés para Colombia.

Con la independencia, Colombia ingresó de lleno al escenario que habían construido las potencias emergentes. Los franceses, los ingleses y los holandeses eran los nuevos dueños del mundo. Cada día era más evidente que el poder, la economía y el conocimiento, se desplazaban del eje de lo hispano al de lo anglosajón. El Congreso de Angostura fue el primero que se convocó en el Nuevo Mundo, pero ya se habían consolidado en el viejo las instituciones construidas por el liberalismo y el constitucionalismo. La coherencia teórica lograda en la simbiosis de los dos conceptos y la vocación expansiva de la Europa moderna, que fueron más poderosas que cualquier idea en favor de construir instituciones típicamente americanas.

Ni siquiera el genio de Bolívar pudo hallar en la célebre Constitución Boliviana el diseño que ofreciera la oportunidad histórica de independizarse de la inteligencia europea, como ya lo había hecho de su dominio político.

Para Indalecio Liévano Aguirre las líneas fundamentales del proyecto de Bolívar fueron desechadas por carecer de antecedentes en la constitución norteamericana y en los teóricos del liberalismo francés. De esa manera los legisladores se limitaron a comparar las propuestas del Libertador con los modelos extranjeros, para quitarle aquellas formas que carecían de antecedentes en ellos. Según el mencionado historiador, la Constitución de Cúcuta fue hija de lamentable claudicación de la inteligencia suramericana ante ideas y sistemas políticos foráneos. No es, para nada, gratuita la frase de William Ospina: desde entonces Colombia viene creciendo con el centro de gravedad situado afuera.

* Presidente del Colegio de Abogados de la Universidad Nacional y vicepresidente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

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