“Desde la primera misión, la sensación era de miedo”: Ferley Moreno Ruiz, víctima de las AUC

Cuando tenía 12 años, Ferley Moreno se fue con un grupo de paramilitares del Bloque Central Bolívar, de las AUC, que querían llevarse a su hermana de 14 años. A los 17, desertó y se entregó a una patrulla militar. Hoy, gracias a una beca, tiene una maestría en Construcción de Paz de la Universidad de los Andes.

Luego de que en 1990 mataran a su hermana de 10 años, Ferley, junto con su padre y su familia, dejaron atrás Santa Rosa, en el sur de Bolívar.
Luego de que en 1990 mataran a su hermana de 10 años, Ferley, junto con su padre y su familia, dejaron atrás Santa Rosa, en el sur de Bolívar. Óscar Ramón- Unidad para las Víctimas

Mi nombre es Ferley Moreno Ruiz, tengo 36 años, y fui víctima de reclutamiento forzado por parte de las AUC. Vengo de una familia campesina y vivía con mis padres y dos hermanos cuando, a los seis años, la guerrilla de las Farc nos mató una hermana de 10 años. Fue en 1990, y ellos llegaron al pueblo para atacar una patrulla de la Policía, acto en el que mataron a varios civiles que estaban en el parque de Santa Rosa, sur de Bolívar. Ahí asesinaron a mi hermana y a otros civiles. El ataque no fue contra ellos, sino que quedaron en medio del fuego cruzado… Después de eso, mi padre y nosotros nos internamos más hacia la zona rural, y nos fuimos a cuidar una finca en la que mi papá buscaba borrar ese hecho victimizante que había pasado con mi hermana.

A mi papá le gustaba sembrar mucha yuca y plátano; por allá también había cultivo de coca y pues él también la sembraba. Así pasaron mis años, sin ir a la escuela porque se dificultaba asistir, estaba en una vereda lejana y los profesores casi no podían subir a dictar clase. La escuela quedaba a dos o tres horas, entonces era difícil enfocarnos en el estudio, por eso ayudábamos a mi papá en las labores del campo.

Había cumplido los 12 años, cuando a la vereda llegó el Bloque Central Bolívar de las Autodefensas Unidas de Colombia. A mi papá le exigían una vacuna por la finca, y aunque ese terreno no era de él, de todas maneras querían obligarlo a pagarla. Como no tenía para pagar esa exigencia llegaron una noche y dijeron que teníamos que aportar con algo a la causa, y ese aporte era que se querían llevar a mi hermana de 14 años, porque decían que tenía las condiciones para conformar este grupo armado... Mi hermana solo se escondía detrás de mi madre, entonces ahí fue cuando yo tomé la decisión: que si querían, que me llevaran a mí, y me llevaron. No recuerdo muy bien la fecha, pero era 1998 o 1999.

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Los trabajos forzados

A mí no me llevaron ese mismo día. Ellos volvieron nuevamente al otro día, tarde en la noche, como tipo 11 o 12 de la noche, me montaron en una camioneta carpada y no sé qué rumbo tomó. No iba solo, iban varias personas: niños, jóvenes y hombres mayores reclutados, como que, de finca en finca, iban recogiendo gente. Después supe que llegamos a un sitio que llamaban San Blas, sur de Bolívar, que era un corregimiento de Simití. Allí tenían una escuela de entrenamiento militar y el entrenamiento de contraguerrilla. Nos bajaron de la camioneta, nos pusieron a hacer fila y éramos, no sé, cómo unos 40 o 60. Lo primero que nos entregaron fue el camuflado, una camiseta y botas. Después nos dieron las instrucciones para el manejo de armas, que no eran las mismas armas a todos. A mí me enseñaron a usar el Galil 5.56, el revólver y la granada de mano. Había otras armas como el lanzagranadas MGL, para personas con más experiencia, y las M-60, que se las entregaban a los más corpulentos.

La alimentación en el bloque paramilitar en su mayoría era con enlatados y granos, lentejas, arverjas y el arroz que no falta. El desayuno siempre era una arepa y su chocolate o las “fritas”, que eran arepas de maíz, o un pedazo de salchichón frito. Mientras que la comida era, digamos, una arepa con un pedazo de carne. Todo era según la circunstancia.

El entrenamiento duraba 25 días y de ahí se salía a las zonas de combate. En los entrenamientos le miraban a uno la habilidad que uno tuviera, y yo quedé en un grupo de contraguerrilla. La labor consistía en rescatar puntos específicos que tenía la guerrilla, y si la guerrilla estaba en un filo estratégico, allá llegábamos nosotros. Primero, durábamos tres o cuatro días caminando, y al llegar al lugar del asalto acordonábamos la zona. Detrás de nosotros llegaba un grupo que se desplegaba y hacía el control del territorio. Éramos los primeros que ingresábamos a la zona de confrontación con el grupo guerrillero.

El terror

¿Sabe? Desde la primera misión, la sensación era de miedo, porque siempre le decían a uno que se despertaba y salía, pero no sabía si regresaba. Más que yo era una persona muy, muy tranquila y evitaba las peleas o confrontaciones entre amigos o familiares… lleva uno el miedo encima y con el miedo de no poder volver a casa o volver a ver a los padres.

Había mujeres en el bloque, pero eran muy escasas, estaban en las bases, prácticamente eran las mujeres de los comandantes, de los “financieros”, pero si se quería tener una relación formal con alguna mujer, tanto el hombre como la mujer tenían que pagar una especie de multa por una sola vez. Yo no tuve ninguna relación mientras estuve en el bloque. A veces sí se usaban a mujeres para hacer inteligencia, entonces iban a los pueblos y se hacían pasar por prostitutas, cocineras o como “raspachines” en los cultivos de coca para obtener información.

Entre sustos, pérdidas y engaños

Una vez fui herido en combate, en una pierna, y ese día yo pensé que no salía de ahí. Fue un combate durísimo, nosotros éramos como 50 o 60 hombres y ellos pasaban de 100… Se sentía la ventaja que ellos tenían, pensaba que me iba a quedar ahí tirado, pero me recogieron los compañeros. A veces nos sorprendían, pero casi siempre íbamos a la ofensiva por la misionalidad que teníamos.

En el fragor del conflicto siempre caía alguien en combate, tanto compañeros como enemigos, pero que yo haya visto que en mi grupo que torturaran a un herido por sacarle información, nunca lo vi… Claro que había bloques más sanguinarios como el de los Llanos o el del Pacífico. Lo que si pasaba era que había guerrilleros que se escapaban y llegaban donde nosotros, y se les hacía la prueba de confianza, o sea se les llevaba una base y se observaba su actitud. O se le ponía una prueba como que informara dónde había caletas, dónde se podía atacar a la guerrilla para ocasionarle bajas.

Siempre se hacen lazos de amistad, unos más que otros. Uno los categoriza de compañeros, otros de amigos. Había hasta hermandad. Tuve una pérdida de un amigo que no fue por enfrentamiento, sino que él se fue a cumplir una misión de inteligencia para saber quién coordinaba la compra de coca para un grupo del Eln cerca de El Bagre, en Antioquia, y en el sur de Bolívar, y lo descubrieron… Fue muy doloroso. Tuvimos enfrentamientos con las Farc, el Epl, pero con los que más nos confrontamos fue con el Eln, porque tenían más control del territorio, nos arrinconamos más para el lado de Antioquia, César, Bajo Cauca.

Todo grupo armado tiene sus formas de llamar la atención de los jóvenes. Allá también llegaban “pelaos” que tenían problemas en sus familias, porque el papá les pegó o la mamá no le dio para los tenis, que los habían abandonado sus padres o que pasaban necesidades económicas y no tenían para subsistir. Lógico, también llegaban “pelaos” de buenas familias que creían que llegando al grupo podían satisfacer un momento de tristeza, un momento de depresión que ellos vivían, y cuando se daban cuenta de que entrar es muy fácil, pero salir es más complicado, reflexionaban y buscaban la manera de hablar con el comandante para ver si lo dejaba volver, pero ya no había esa posibilidad.

Libres al fin

Llegaron las negociaciones entre el Gobierno y las autodefensas, y lo primero que dijeron las AUC fue que iban a entregar a los menores de edad. Yo me alegré porque tenía 17 años, pero cuando llegó el listado, yo no aparecía, entonces hablé con el comandante que estaba ahí y me dijo: “Es que lo vamos a entregar con los mayores”. Llegaron por los que estaban en el listado y verlos partir y tan contentos fue muy doloroso.

Los días se me hacían largos y cuando estaba prestando guardia a orillas del río Magdalena, cerca de San Pablo, sur de Bolívar, como a las cinco de la tarde o seis, pasó un pescador y le dije que sí me pasaba al otro lado del río. Ya no había vuelta atrás. El primer camino que miré lo cogí y caminé ocho o diez horas por un camino de herradura, pensando en que tenía tres opciones: una, que me encontrara con un grupo guerrillero; otra, que me encontrara con una estructura paramilitar o que estuviera de buenas y me encontrara con el Ejército... Me encontré con una patrulla militar, que en ese tiempo la llamaban los boina roja. No preguntaron nada, no dije nada, yo solo alcé la mano y me quitaron todo. Ahí fue mi desvinculación. Ya en el batallón fue un interrogatorio de cinco días.

Después de estar seis meses en una correccional, ubicaron a mi madre, la trajeron a Bogotá, y ella dijo que no me podía llevar porque por allá estaba lleno de guerrilla y de bandas criminales, y llevarme era ponerse en riesgo ella, a mis hermanos y ponerme en riesgo a mí. Yo lo entendí. Entonces firmé mi salida e hice mi vida en Bogotá, solo. Validé el bachillerato. Soy auxiliar de enfermería, profesional en Administración de Empresas y gracias a una beca tengo una maestría en Construcción de Paz de la Universidad de los Andes. Hace un año fui indemnizado por la Unidad para las Víctimas, dinero que invertí en un apartamento, y ahora estoy conformando una asociación para trabajar con desvinculados del conflicto, por las víctimas del conflicto con la idea de construir un mejor país.

* Periodista de la Unidad para las Víctimas

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Érick González G.*

Nacional

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