Donde los indígenas y las Farc lograron vivir en paz

El Espectador visitó ocho veredas de Gaitania, sur del Tolima, donde hace 19 años cesaron las hostilidades entre la guerrilla y las autodefensas Defensa Territorial.

Los indígenas nasas que habitan la vereda La Palmera del resguardo Nasa Wes’ X se dedican hoy a cultivar café. / Juan Carlos Escobar Montoya
Antes del 26 de julio de 1996, las ocho veredas del resguardo Nasa Wes’ X del corregimiento de Gaitania (en el municipio de Planadas, Tolima) se tiñeron de sangre por cuenta de la matanza desmedida de indígenas a manos de las Farc. La guerrilla les declaró la guerra en 1964, acusándolos de haber participado como guías del Ejército durante la operación Marquetalia.
 
Todos recuerdan que Herminia Cupaque, esposa del líder Justiniano Paya, fue la primera víctima. Fue esta muerte la que provocó el deseo de venganza entre los nativos, que decidieron conformar entonces el grupo de autodefensa al que denominaron Defensa Territorial. Sus integrantes se defendían con sus escopetas y algunos fusiles que les entregaron los militares.
 
A José Aquilino Paya, un indígena barbado de 50 años, sus padres le contaron que nació 20 días después del primer asesinato perpetrado por la guerrilla.
“A los ocho años fui entendiendo el porqué de este enfrentamiento. A los 12 mi abuelo Cruz Paya me enseñó a defenderme con una escopeta de fisto, para ser su guardaespaldas, y a los 17 ya patrullaba. Los militares nos daban ración de leche, panela, café y salchichas para varios días”, recuerda.
 
Mientras los hombres exponían sus vidas entre las montañas del sur del Tolima, las mujeres sufrían el calvario de la soledad. En las noches huían de las chozas con hijos pequeños o de brazos, otras embarazadas, para refugiarse en los fríos cerros, completamente desamparadas, a la intemperie, sin cobijas, sin techo y sin alimento alguno, con la única compañía de la fe y un rosario del que se prendían en oraciones.
 
Sentada sobre una piedra, Herminia Yule, de 70 años, cabello largo y blanco, baja la mirada, entrelaza sus manos estropeadas y cuenta, en un dificultoso castellano: “Eran noches largas, con hambre y frío… no dormíamos, no comíamos. Volvíamos por la mañana y encontrábamos esposos, hijos, primos o amigos heridos o muertos”.
La paz
 
En 1994 llegó a Planadas alias Jerónimo Galeano, quien fundó el frente Joselo Lozada y fue la mano derecha de Alfonso Cano, ambos muertos en combate años después. Este guerrillero, que se distinguía por su abundante cabello cano y ojos verdes, sorprendió a los indígenas con una propuesta. “Al cabildo llegó una nota en la que Jerónimo solicitaba dialogar con propósitos de paz”, asegura Virgilio López, exgobernador del cabildo. La invitación causó desconfianza.
 
Sin embargo, el anhelo de terminar la guerra fue más fuerte. El gobernador Ovidio Paya, el líder Virgilio López y el profesor José Paya se reunieron con el subversivo a escondidas de la comunidad y del grupo de autodefensa. “Yo les decía: ¿quién está perdiendo con esta guerra? Pues nosotros. Echemos todo al olvido y volvamos a empezar. Hagámoslo por nuestros niños”. Fueron de casa en casa, familia por familia, hasta lograr convencerlos a todos, manifiesta el profesor.
 
Después de un año de diálogos, el sueño de la paz comenzó a ser realidad. El 26 de julio de 1996, 50 indígenas en representación de la comunidad Nasa Wes’ X se subieron a una chiva, se vistieron con uniformes deportivos y llevaron balones de fútbol, para pasar desapercibidos y llegar sin problemas hasta la vereda La Esmeralda, de Planadas, donde, en compañía de Maya Moschart, de la Cruz Roja Internacional, y monseñor José Luis Serna, firmaron el pacto de paz.
 
Desde el mismo día quedaron atrás odios, deseos de venganza y rencor. Ninguno de los 600 niños y adolescentes que habitan las ocho veredas conoce de cerca la violencia. Han llorado la partida de familiares o amigos, fallecidos por vejez o enfermedad, pero no saben de lágrimas, de soledad, ni de la angustia que provoca el terror de la guerra. Escuchan en sus clases de historia los relatos de profesores, y en sus casas a los protagonistas de un conflicto con las Farc que no desean repetir porque les dejó cientos de viudas y huérfanos.
 
La aflicción de los más viejos pasó. Se convirtió en una sonrisa. “Esto por acá ahora es muy bueno. Nadie podía salir a trabajar, los niños no podían ir a estudiar porque eso era muerto fijo. Ahora vivimos tranquilos, contentos, libres, sobre todo libres”, señala Abelino Cupaque, habitante de la vereda La Palmera.
 
El gobernador actual del cabildo, Olimpo Ramos, asegura que, aunque su proceso es pequeño y no ha tenido validez por parte del Estado, para ellos es sagrado, y por eso quisieron darlo a conocer en un documento enviado a Cuba, donde se desarrollan los diálogos entre el Gobierno y las Farc, pensando incluso en la posibilidad de tener un espacio para hablar de su experiencia. “El compromiso de las partes es tan fuerte que, pese a la muerte de alias Jerónimo, todos los comandantes nuevos han respetado el pacto, pues conocen desde antes que es algo que hay que respetar”, indica.
 
Considera que año tras año han desarrollado un proceso de posconflicto exitoso, que hoy en día está marcando el desarrollo del resguardo y la región, pues los recursos que le llegan al cabildo por transferencias se han invertido en vías, electrificación, salud, educación y fortalecimiento de la cultura, su cosmovisión y el agro.
 
Aunque tienen muchas necesidades, actualmente gozan de una carretera que llega a cada vereda, los cultivos de amapola, coca y marihuana fueron cambiados por café con marca propia, maíz, fríjol, plátano y yuca, productos que fueron expuestos hace unos días en la primera feria Exponasa, realizada en la vereda La Palmera, de Gaitania. Además, con recursos donados por la Embajada de Austria y la Gobernación del Tolima se construyó un colegio etnoagropecuario que cuenta con siete profesores y 200 alumnos y ha graduado ocho promociones. Tres indígenas son ahora universitarios; los niños aprenden el dialecto nasa , castellano e inglés; las mujeres tienen más independencia, participación y han llegado a ser líderes, como Elvira Paya, quien asumió años atrás el reto como gobernadora.
 
“No le pedimos a nadie que nos pague a nuestras víctimas. No hicimos esto por plata ni por política. Lo hicimos por nosotros mismos. Aunque la guerrilla mató a mi mamá, yo perdoné, porque estoy convencido de que hay que hacer la paz con uno mismo para después hacerla con los demás”, concluye Bernabé Paya, el hijo de Herminia, la primera indígena muerta del conflicto.
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