Dos décadas sin Don Toba

Hace 20 años falleció el maestro de maestros del vallenato. Su legado se cristaliza en composiciones perdurables como “La víspera de Año Nuevo”, “Mírame fijamente” y “Alma de Valledupar”.

Don Toba cantando “Cállate, corazón, cállate” en el matrimonio de su hija menor Lety, en Barranquilla. / Cortesía

Veinte años que se han pasado volando, ya que parece que hubiese sido ayer que el maestro de maestros del vallenato, Tobías Enrique Pumarejo Gutiérrez, Don Toba, falleció en Barranquilla el 8 de abril de 1995 a los 82 años.

De Don Toba, el maestro de Escalona, tal como siempre lo reconoció el mismo Rafael, y el precursor, sin proponérselo, del vallenato lírico romántico, al que siguieron, entre otros compositores, Gustavo Gutiérrez, Fredy Molina, Santander Durán, Octavio Daza, Rosendo Romero y Hernando Marín, lo que vale, lo que verdaderamente vale, es su invaluable legado en lo musical, legado que se cristaliza en composiciones perdurables, sin lugar a equívocos, como La víspera de Año Nuevo, Cállate, corazón, cállate, Mírame fijamente, El alazanito, La cita, La carta, Las sabanas del diluvio, Alma de Valledupar y muchas más que aún permanecen inéditas, y otras tantas que se han perdido, y quizás para siempre, ya sea en otras manos o en la memoria del olvido.

Don Toba nació en Valledupar el 8 de agosto de 1908, pero la mayor parte de su vida la vivió en El Copey (Cesar), donde fue propietario, desde los años 40, de la hacienda El Otoño, que le sirvió de inspiración para componer la mayoría de sus más afamadas canciones.

A destacar, entre otros, que Don Toba hizo parte del jurado del Primer Festival Vallenato, fue el primer compositor vallenato desligado de los instrumentos, el primer miembro de la sociedad vallenata que cantó y compuso este ritmo, y además le cupo el honor de abrirle las puertas en el Club Social de Valledupar a este nuevo aire musical.

Sus estudios de bachillerato los hizo en Medellín a comienzos de los años 20, en el Liceo de la Universidad de Antioquia, en donde recibió su mayor influencia académica, poética y musical. En Medellín, al lado de sus amigos del Valle de Upar, fundó la Orquesta Magdalenense, integrada por José María y Pedro Castro Monsalvo, Pedro y Celso Domingo Castro Trespalacios y Ovidio Palmera.

En este período de Medellín, Don Toba compuso su primera canción, un pasillo del que sólo lograba recordar su nombre, Mi cabaña. A Mi cabaña lo siguieron La mariposa, llevada al acetato; Cariñito virtuoso, un vals; Despedida, Desolación y La trampa armada, inéditas; La carta, El alazanito... Y es que Don Toba compuso prácticamente de todo: pasillos, valses, rancheras, paseos, sones, puyas, y esa gran especialidad suya, los merengues. En sus composiciones tampoco se olvidó de su familia, de sus amigos, de sus compadres y de sus allegados políticos. Su versatilidad en todos estos géneros fue prodigiosa.

Más que nada, Don Toba fue un enamorado de la vida, de la naturaleza, de los animales y en especial de las mujeres, a las que amó con devoción y sin distingo de clases y color de piel, y hasta en los últimos momentos de su vida lograba estremecerse ante la presencia de una mujer hermosa de ojos grandes y radiantes.

El genio de Don Toba surgió del amor, tal como en una oportunidad me lo comentó el maestro Leandro Díaz. Pero era, sin lugar a dudas, ese amor que emanaba ingenuamente de una piel tersa, de unos ojos soñadores y hasta criminales, de esas morenas o rubias tiernas y de cuerpos contorneados que en plena flor de su vida tanto lo emocionaban. El resto era esa poesía pura que brotaba a raudales de lo más profundo de su ser y que lo llevó a componer las canciones más bellas y auténticas del vallenato clásico.

En la famosa correría que Guillermo Buitrago hiciera por la provincia en el año 48, después de conocerse a la salida del Teatro Cesar de Valledupar, donde Buitrago cumplía con una de sus presentaciones, tuvo la oportunidad de parrandear con Don Toba en El Rey de los Bares e inmediatamente después en La Paz.

Fue una parranda, dos en una, memorable, y en esa oportunidad Don Toba le cantó lo mejor de su repertorio: La víspera de Año Nuevo, Las sabanas del diluvio, Muchacha patillalera, La carta, El alazanito y Mala suerte, entre otras, que posteriormente grabó en su mayoría. De las únicas que no han quedado registros son las dos últimas, El alazanito y Mala suerte, que, según me comentó Efraín Torres, guitarrista, que con el guacharaquero Carlos El Mocho Rubio acompañó a Buitrago en esta correría, fueron grabadas en Barranquilla en casas discos, y de momento no han aparecido copias. Las otras fueron grabadas en Discos Fuentes en Cartagena y sus registros siguen vigentes.

Su composición más trascendental ha sido, sin lugar a dudas, La víspera de Año Nuevo, que se escucha en todas las navidades desde hace setenta años (los cumple el próximo diciembre). Sin embargo, la más sentida de todas y la que más le llegaba al alma era Cállate, corazón, cállate, o No llores, corazón, tal como apareció titulada en la primera grabación que hiciera en el Sello Popular, 78 RPM, Luis Enrique Martínez y posteriormente, en el mismo sello, por Orlando Nola Maestre.

Parrandero de largo metraje y mujeriego de primer orden, Don Toba era también un apasionado de los caballos, a los cuales les dedicó varias de sus composiciones, siendo la más famosa de todas El alazanito. Sin embargo figuran otras que permanecen aún inéditas, como La muerte del curioso y Los tres caballos.

Los veinte años que han transcurrido desde el fallecimiento de Don Toba se han pasado volando, en otras palabras, veinte años no han sido nada, y no lo serán nunca jamás, ya que cualquier cifra que se nos ocurra, cincuenta, cien, mil o más años, será despreciable cuando la comparemos con la eternidad. La producción musical de Don Toba es y seguirá siendo eterna.

 

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