El autorretrato de 'Pacho' Santos

El periodista y político relata detalles inéditos de su vida, su familia, el poder y su trabajo.

Portada del libro ‘Rebelde con causa’. / Archivo particular

Rebelde con causa. Así se define Francisco Santos y ese es el título del libro que empieza a circular mañana: una extensa entrevista al exvicepresidente realizada por el catedrático y excongresista Jaime Jaramillo Panesso. Un diálogo en el que el fogoso periodista y dirigente político se muestra tal como se le conoce, espontáneo y sin pelos en la lengua. Ahora, en su condición de precandidato presidencial con mayor convicción para serlo. Un viaje a través de su vida, sin que la familia se salve de su filtro.

“Vivía castigado pues era hiperactivo”, resalta Francisco Santos de su infancia. El pintor Alejandro Obregón, amigo de su padre, Hernando Santos, le puso un apodo por su manía de meterse en las conversaciones: “La rata mecánica”. Ese fue siempre su talante. A pesar de que fue un niño enfermizo, asmático y alérgico, no dudaba en plantearle diálogo a los invitados de su familia, que iban desde el clavicembalista Rafael Puyana y la escultora Feliza Bursztyn hasta el industrial Julio Mario Santo Domingo y el torero Luis Miguel Dominguín.

Dice que su abuelo Enrique Santos Montejo, o Calibán, permanecía encerrado, con una mica al lado de la cama, escribiendo y leyendo con una lámpara y con cáscaras de plátano y naranjas tiradas por el piso, porque vivía comiendo frutas. Que el mayor trauma de su vida fue la muerte de su madre en agosto de 1983, a los 59 años, por un cáncer de pulmón después de fumar dos paquetes de Kent al día durante mucho tiempo. Y que su padre fue un liberal en todo el sentido de la palabra que, sobre todo, le enseñó una cosa: a no odiar.

Aunque elogia las cualidades de periodista de su tío Enrique Santos, al compararlo con su padre deja asomar sus primeras fricciones familiares. “Eran hermanos entrañables, pero como agua y aceite”, señala Francisco Santos. Y agrega que ambos estaban al frente de El Tiempo, pero hacían periódicos muy distintos: “El de mi tío era un periódico de militares y de derechas. Cuando mi padre dirigía era un periódico de cultura, un periódico liberal”. En otras palabras, agrega, “Enrique era periodista, Hernando, político”.

Luego añade otra reflexión con pulla a bordo: “Mi tío Enrique, más allá de su condición de padre del presidente, sería un periodista en contra de Juan Manuel”, uribista número uno por convicción. “En cambio Hernando, mi padre, estaría de acuerdo con Uribe, pero dándole un compás de espera a Juan Manuel, por esa política que tenía desde El Tiempo de sostener a los gobiernos por malos que fueran, tal y como lo hizo con Samper”. De todas maneras, deja advertir que, como todas, la suya fue una familia de contradicciones y diferencias.

Pasa rápidamente por sus días en el colegio San Carlos, sin olvidarse de sister Judith, que todos los días le daba fuetazos en el trasero con una varita, hasta que se puso un cartón oculto para que no le dolieran, o del padre Francis, que en quinto de bachillerato, en el teatro y frente a todo el colegio, le dio un par de bofetadas que no ha olvidado. Después viajó a Estados Unidos, se hizo periodista, pero también vendió libros puerta a puerta, probó la marihuana, protestó contra Kissinger, apoyó el sandinismo y en unas vacaciones conoció a su esposa.

Cuando regresó a Colombia entró a El Tiempo, donde empezó cortando cables. Sus maestros fueron su tío Enrique, su hermano Rafael y el tumaqueño Guarino Caicedo. No obstante, admite que su primo Enrique era el mejor de todos. En cuanto a su primo Juan Manuel dice que nunca supo cómo llegó al cargo de subdirector y que su relación con él se empezó a deteriorar cuando se fue a hacer política y comenzó a exigir cambios en el enfoque de las noticias, a modificar los títulos y a utilizar el periódico en beneficio personal.

Sostiene que siempre le envidió a El Espectador las columnas de Jorge Child, Guillermo Cano y Lucas Caballero; que hoy admira a Salud Hernández, Fernando Londoño y Eduardo Escobar, pero que siempre lee a Felipe Zuleta, José Fernando Isaza, Mauricio Vargas, Antonio Caballero, Luis Guillermo Restrepo, Rafael Nieto y Ramiro Bejarano. Luego admite cuál fue su mayor error en el periodismo: cuando informó que el obispo de Sincelejo, monseñor Nel Beltrán, estaba en Cuba hablando con el Eln. Las fuentes fueron una monja y el fiscal.

Después entra en terrenos políticos. A cada quien le reconoce algo. El que mereció ser presidente: Álvaro Gómez. El que no: Ernesto Samper. La inteligencia de López Michelsen; la institucionalidad de Turbay; el compromiso con la paz negociada sin perder el rumbo de Belisario Betancur; el carácter de Barco para enfrentar a la criminalidad; el pragmatismo de Gaviria; el sentido del humor de Samper, incluso para admitir que su campaña la financió el narcotráfico, o el compromiso de Pastrana por la paz con límites institucionales claros.

Revela momentos desconocidos de su secuestro a manos de Pablo Escobar; la lección de fortaleza y lealtad de su esposa, María Victoria; la decisión de crear País Libre cuando volvió a su hogar; las jornadas del Mandato por la Paz o las marchas con el movimiento No Más; su exilio en España, amenazado por las Farc, y las vueltas de la vida que lo volvieron vicepresidente de Álvaro Uribe. Una decisión que le costó una crisis familiar de grandes discusiones, con el apoyo de su cuñado Patricio Wills y de sus hermanos Guillermo y Hernando.

Dedica múltiples páginas a sus días de gobierno, pero se detiene para fustigar a su primo Juan Manuel, de quien dice que, junto con Germán Vargas, fueron los soterrados enemigos del referendo reeleccionista. Admite que hizo mucha fuerza para que el Partido Conservador eligiera a Andrés Felipe Arias y, en cambio, Uribe “fue tan decente que no movió un dedo para favorecerlo”. Por disciplina votó por Juan Manuel Santos, pero sostiene que desde que anunció a sus ministros advirtió el error de haberle entregado las banderas del uribismo.

Habla del fallo de La Haya, del proceso de paz en La Habana, del “centralismo que marchita la fuerza de las regiones”, de su experiencia como copiloto del presidente Uribe Vélez durante ocho años e incluso de la venta del periódico El Tiempo a Planeta, “que en su momento costó mas que el Washington Post”. Cuando se le pregunta si un Santos (Francisco) debe suceder a otro Santos, se despacha con su último dardo: “Santos es mi primo hermano, pero es hermano mental de Samper y Serpa. Uno no elige la familia, pero los amigos ideológicos sí los puede elegir”.

El prólogo del expresidente Uribe

 

Al presentar el libro, el expresidente Álvaro Uribe señala que Francisco Santos es un hombre bueno. Destaca que por afecto, admiración y gratitud, aunque no lo acostumbraba, ahora le dice Pacho. Luego relata que el exvicepresidente ha sido víctima de la violencia y esto lo ha llevado a luchar por las víctimas en diferentes escenarios. Detalla Uribe que desde que lo nombró vicepresidente y en los últimos 11 años siempre se han comunicado en forma directa para intercambio de ideas y toma de decisiones sin misterio. Elogia sus habilidades como periodista, las coincidencias en seguridad y su compromiso. Dice Uribe que es un gran trabajador de buena gestión en la Vicepresidencia y que ante todo es un luchador “superinteligente”.

nquevedo@elespectador.com

 

@norbeyquevedo

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