El Caín de América Latina

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Manda a decir el embajador norteamericano Philip S. Goldberg que una compañía de militares de su país desembarcará en Colombia para ayudarnos en la lucha contra las drogas. En seguida el presidente Duque se entera y acepta genuflexo la orden del imperio. No se sabe muy bien si esa lucha contra las drogas incluye la extradición del embajador Fernando Sanclemente, dueño de una finca con tres laboratorios para el procesamiento de coca, o la extradición del presidente Iván Duque (antes ya había sido extraditado el general Mauricio Santoyo, exjefe de seguridad del expresidente Álvaro Uribe Vélez) por el escándalo de dineros del narcotráfico en su campaña conocido por todos como “ñeñepolítica”. No sabemos, digo, si parte de la clase política colombiana purgará penas en cárceles de Estados Unidos como lo hizo Bernardo Ramírez, hermano de la vicepresidente Marta Lucía Ramírez, por introducir heroína al país del norte a través de correos humanos.

(Un paréntesis: llama la atención que el gobierno norteamericano quiera ayudarnos en la lucha contra las drogas. Llevamos más de medio siglo en esta guerra que ya deberíamos declararnos expertos. El senador Uribe podría dar cátedra a los gringos sobre el uso de licencias y helicópteros para bloquear al narcotráfico, José Obdulio Gaviria podría escribir sendos tratados filosóficos sobre cómo en el mundo de la mafia “entre primo y primo más me arrimo”, como reza el refrán popular. Y así. Cierro el paréntesis).

Decía que en esta “asesoría” norteamericana no se sabe muy bien el propósito que se busca, porque en el tema del narcotráfico no necesitamos asesoría. Como tampoco la necesitamos en el tema de la corrupción: somos potencia mundial. Aceptar una asesoría es reconocer que el método empleado en los últimos 50 años ha sido un rotundo fracaso. Y en cambio ha servido para la destrucción del campo y el despojo de tierras, y para el asesinato de millares de colombianos: desde jueces y policías hasta magistrados, candidatos presidenciales, periodistas, líderes sociales, etc. Y para el fortalecimiento de la guerra interna que se alimenta del narcotráfico, como doscientas cosas más que en Colombia dependen de su existencia: desde campañas presidenciales hasta reinados de belleza. En medio de estos dos polos cabe cualquier cosa: la nariz del avión presidencial cargado con heroína, en tiempos de Samper, o un buque de la Armada Nacional repleto de droga en tiempos de Álvaro Uribe Vélez.

Decía al comienzo de esta columna que una compañía de militares norteamericanos llegaría a nuestro territorio. Ya están aquí. No tuvieron necesidad de pedir permiso al Congreso de Colombia, porque en este país de cipayos primero manda el embajador, luego el portero de la embajada, y después viene Uribe. Duque está ahí para que firme la entrega de la soberanía nacional a nombre de los más altos intereses de la nación.

Dice el presidente del Consejo de Estado, Álvaro Námen, que “por virtud de la Constitución política (artículos 173-4 y 237-3), el tránsito de tropas extranjeras por el territorio nacional demanda la intervención de distintas autoridades del poder público, entre las que se cuenta el Consejo de Estado”.

Pero el embajador norteamericano le informó al presidente (probablemente a través del portero de la embajada) que Estados Unidos había tomado la decisión de que la Brigada de Asistencia de Fuerza de Seguridad (SFAB), por sus siglas en inglés, entrara a territorio nacional. Yes, sir, dijo Duque en perfecto inglés. A continuación se explayaron por los puntos geográficos estratégicos de la frontera con Venezuela. Es muy curioso que el ejército norteamericano se haya apostado en Arauca, cuando allá no hay cultivos de coca. Y que lleguen al Catatumbo a tratar de resolver un problema creado en Estados Unidos.

El Caín de América Latina fue el apodo que nos ganamos hace tiempos por ser un país que se asocia con fuerzas extranjeras para atacar a nuestros propios hermanos del continente. Colombia le dio la espalda a Argentina en su lucha legítima de defensa de las Malvinas, en tiempos de Turbay. Pero en cambio envió más de 5 mil soldados del Batallón Colombia a la guerra de Corea, en tiempos de Laureano Gómez. Y fue el único país latinoamericano en apoyar la guerra de Irak, y el único que envió soldados nacionales al destacamento de la OTAN en la guerra afgana, ambas en los ocho años del gobierno de Uribe.

Ahora presta su territorio para un posible hostigamiento militar norteamericano contra Venezuela. Ya sabemos cómo terminan estas cosas: Caín, desterrado y solo, tratando de hacer un país desde los escombros. Y Estados Unidos negociando la reconstrucción.

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