El día de las ofrendas en el territorio misak

El pueblo guambiano celebra desde el pasado viernes una tradición espiritual de reencuentro entre vivos y ausentes.

Entre los guambianos, el día de las ofrendas trae beneficios espirituales para la comunidad.

A la medianoche del pasado jueves, en las montañas del noroccidente del Cauca donde habita el pueblo misak, volvió la tradición del Día de las Ofrendas. Los vivos invitaron a los ausentes a regresar a sus hogares a comer y a beber, las familias se congregaron en armonía pidiendo a los ancestros fertilidad para la tierra y salud, y el 1º de noviembre retornó para recordar que en el territorio guambiano la siembra y la cosecha son la esencia de la vida. La madre naturaleza con sus seres sagrados y el alimento que se comparte más allá del tiempo.

El día del regreso espiritual que entre los guambianos constituye un momento colectivo de regocijo y armonía. De conversación alrededor del fogón para invocar la sabiduría de los mayores que vuelven desde las sombras y que recobran su lugar entre la comunidad que no los desliga de su deber protector. No fue legado de algún taita, desde las horas tristes de la mita española o del terraje de sus montañas para extender las haciendas, entre los hijos del arcoíris y del agua prevalece esta práctica. Es el año nuevo en el camino del pueblo misak.

En viejos tiempos, la preparación del Día de las Ofrendas comenzaba seis meses antes. Los hombres criaban animales o hacían germinar las semillas mientras las mujeres tejían jigras para niños y grandes. La idea era satisfacer a los difuntos y recibirlos con dádivas. Hoy, con la influencia de las religiones y la modernidad, hay familias que prefieren donar sus productos a las iglesias o incluso llevar dinero, mientras en otros hogares el tránsito hacia noviembre pasa de largo. En Silvia (Cauca), corazón del territorio guambiano, es herencia.

Uno de sus cultores es el taita Luis Felipe Muelas, quien se define a sí mismo como un misak que desde los diez años sabe que su destino es servir a la comunidad, ayudar a recuperar las tierras arrebatadas y conservar sus tradiciones milenarias. “Celebramos el Día de las Ofrendas porque es el momento en que el alimento que sembramos y cosechamos durante el año lo recibe la familia presente y ausente, la que convive hoy y la que trascendió a otro camino, más allá de las estrellas”, refiere, y luego explica cómo son sus cuentas.

“Nosotros entendemos el tiempo de una manera diferente. Lo medimos por los ciclos de la siembra y la cosecha, de la naturaleza germinada”. Por eso, durante la jornada de las ofrendas y en los primeros días de noviembre, las comunidades del resguardo primero intercambian productos. Yuca por plátano, aguacate por naranjas. La idea es compartir antes de darles gusto a los ausentes. “Sabemos que la muerte no existe, que en otro mundo sigue el camino. El Día de las Ofrendas es de limpieza y renovación, de reencuentro con los ancestros”.

Así como en el santoral católico el 1º de noviembre es el Día de Todos los Santos, o en México y Centroamérica desde los tiempos de los aztecas o los mayas se celebra el Día de los Muertos, entre los guambianos por estos días están de visita los seres que ayudan a ahuyentar sus enfermedades o hacen germinar sus cosechas. “Como parte del fortalecimiento de nuestra vida y muerte, muchas de nuestras familias vibran en sus hogares, en sus espacios sagrados, con los espíritus que regresan al Día de las Ofrendas”, recalca Jeremías Tunubalá.

Como se detalla en la obra Guambianos, hijos del aro iris y el agua, de Misael Aranda, Luis Guillermo Vasco y Abelino Dagua, la gente cuenta doce lunas desde la fiesta anterior y entonces prepara los alimentos que más gustaban a los difuntos mientras vivían en este mundo, para recibirlos con ellos a su llegada. Las sombras sólo toman el olor de los alimentos y dejan el resto para los oferentes. La gente reparte sus viandas y toda la comunidad guambiana participa. “Los beneficios son físicos y espirituales. La tierra crece”, concluye el taita Luis Felipe Muelas.