El día en que la vida de Bojayá explotó

Este jueves 2 de mayo se cumplen 17 años de los hechos violentos ocurridos en la iglesia de Bojayá, Chocó, en el que 79 personas murieron y cerca de 100 resultaron heridas, producto de la explosión de una pipeta lanzada por las Farc. Este es el testimonio de Macaria Allín Chaverra, herida junto a dos de sus hijas. Para conmemorar la fecha, será emitido allí el documental ‘El testigo’, de Jesús Abad Colorado.

Macaria Allín Chaverra, víctima sobreviviente de la masacre de Bojayá. Hakim Abushihab Collazos.

Este jueves, se conmemoran los 17 años de la masacre ocurrida en Bojayá (Chocó), cuando la entonces guerrilla de las Farc lanzó una pipeta contra la iglesia del pueblo, provocando la muerte de, al menos, unas 80 personas y otro centenar resultaron heridas, en medio de un combate con los paramilitares. Aunque los exmiembros de la extinta organización ilegal han pedido perdón, aún el dolor de los habitantes de la zona permanece en sus corazones. Recordar ha sido la única manera de intentar pasar la página y superar lo ocurrido para poder perdonar.

En el marco de ese trágico hecho, los pobladores de Bojayá podrán ver el documental El testigo’, del fotógrafo Jesús Abad Colorado, el cual será proyectado como parte de la conmemoración. Macaria Allín Chaverra es, precisamente, una de las voces que recuerda aquella fatídica fecha y narra, en esta crónica, cómo vivió ese episodio considerado por el hoy partido FARC como uno de los más graves errores perpetrados en desarrollo del conflicto armado interno.

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“A mi niña pequeña, que en ese momento tenía dos años, se le fue parte del cuero de la espalda y aún tiene las cicatrices. A mi otra hija, que tiene problemas de retraso mental, se le abrió la pierna y perdió tres dedos del pie izquierdo. A mí, una esquirla me abrió la pierna, se me afectó la clavícula y la columna vertebral del mismo golpe que generó la onda explosiva. A mi hermana se le reventaron los oídos por la detonación”. Así recuerda Macaria Allín Chaverra, sobreviviente de la masacre de Bojayá, cómo vivió aquella tragedia ocurrida el 2 de mayo de 2002.

Macaria nació allí, en el corregimiento La Loma. “A los 11 años, y después de la muerte de mi mamá, me fui con una tía para La Guajira y luego, como me había desconectado de mi núcleo familiar, me puse a buscarlos y me dijeron que estaban en Turbo (Urabá antioqueño). Allí llegué, me reencontré con mi papá y mis hermanos, conocí al padre de mis hijos, me casé, tuve a mis hijos y nos quedamos”, explica.

Cuando la guerra se agudizó en Turbo, el padre de Macaria se fue para Bellavista Viejo (antiguo casco urbano de Bojayá, donde ocurrió la masacre en 2002). “Él dejó la finca y todo lo que tenía. Eso era el año 86. Luego se vino el papá de mis hijos y, después de que ellos terminaron el colegio, nos vinimos para acá”, añade.

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Macaria recuerda que en abril de 2002 había rumores de presencia de actores armados muy cerca del casco urbano de Bojayá y de que iba a ocurrir algo muy grave en la región.

La guerra en el templo

El primero de mayo de 2002, muy temprano, sonaron algunos disparos. Cuando se supo que la guerrilla y los paramilitares estaban cerca del pueblo, los habitantes se refugiaron a la iglesia. “Ahí dormimos muchísima gente, cerca de 400 personas. El 100% de los habitantes de mi barrio, Pueblo Nuevo, estaba allí. Y desde mi barrio, la guerrilla disparaba hacia donde estaban los paramilitares, que estaban ubicados al pie de la iglesia”, narra Macaria.

El día transcurrió bajo mucha tensión: se escuchaban los disparos y los vecinos estaban muy preocupados. “Llegó la noche y la madrugada, y la gente ni durmió por el hacinamiento y por la misma angustia que se tenía. Yo estaba con mi hermana y dos de mis hijos”.

El 2 de mayo, después de las 10:00 de la mañana, cuando los niños allí presentes consumían algo de comer que había ordenado el padre Antún Ramos, a dos metros de donde se ubicaba, estalló la pipeta dentro de la iglesia. La explosión despellejó parte de la espalda de su hija menor. Su otra hija, que sufre de retardo mental, perdió tres dedos del pie izquierdo y se le abrió la pierna. Macaria se vio afectada en la clavícula y la columna vertebral, y una esquirla le rajó la pierna, mientras que los oídos de su hermana se reventaron. Ellas fueron las únicas que sobrevivieron de un grupo de 30 personas que estaban juntas.

Sin perder tiempo, casi a manera de una procesión encabezada por el padre Antún, comenzaron a sacar los heridos hacia el municipio antioqueño de Vigía del Fuerte, que por su ubicación en la otra orilla del Atrato, justo enfrente, parecía un reflejo de Bojayá. “Entre ellos, iba mi niña pequeña que, a pesar de sus heridas, se la entregué a una amiga para que la llevaran a Vigía. Al final de ese día nos quedamos siete heridos en la iglesia, y con la ayuda de Minelia, la ‘loquita’ del pueblo que sirvió de enfermera, logramos llegar a la casa cural donde pasamos la noche”, recuerda Macaria.

“Minelia nos ayudó mucho esa noche: nos daba agua, nos pasó cobijas que sacaba de las habitaciones de los padres y nos arropaba, porque justo esa madrugada llovió durísimo y había una ventisca muy fuerte. También, barría toda esa ‘agua-sangre’ para que no llegara hasta donde nosotros estábamos”.

Recuerda también que Minelia “‘ordenó’ a su manera los cuerpos amputados o destrozados. Ponía la cabeza de un niño con dos brazos izquierdos, torso de un adulto y con una pierna de una mujer con la de un hombre y así. Lo que ella quería, seguramente, era que quedaran los cuerpos enteros. De todos modos, ella nos ayudó mucho a los heridos que pasamos la noche ahí. Fue la noche más larga de mi vida, parecía que el tiempo se hubiese detenido”.

Hacia las 5:00 de la mañana, llegó un grupo de la guerrilla al que “yo le dije que no nos mataran, porque éramos civiles. También ayudaron revisando las heridas de los que estábamos ahí, y con las cobijas hicieron unas especies de hamacas y en bote nos llevaron a Vigía del Fuerte”.

Después de unos días, fue trasladada a Medellín, donde ya estaba su hija hospitalizada, porque la pierna se le estaba infectando. Tan pronto llegó Macaria la ingresaron a cirugía. Después de un mes, regresaron a Bojayá y se encontró con que su casa tenía un hueco en el piso y le faltaba el techo, producto de la explosión de algún artefacto durante los días de la masacre. Se dedicaron a arreglarla. Para ese momento había solo cinco familias en Bojayá; el resto estaba en Vigía o, en su gran mayoría, en Quibdó como desplazados.

El Bellavista Nuevo

Para septiembre de 2002, buena parte de los habitantes de Bojayá regresó desde Quibdó, y el gobierno de ese entonces propuso su traslado del pueblo, mudanza que finalmente se dio en 2006.

Así, la cabecera municipal de Bojayá quedó ubicada a un kilómetro arriba por el mismo costado del río y se llamó ‘Bellavista Nuevo’. “Como el gobierno dijo que no construía en zona de riesgo, trasladaron el municipio a una parte más alta, por aquello de evitar que se inundara en época de invierno. Sin embargo, había gente que estaba de acuerdo con el traslado y otra no. Yo destaco que ahora el pueblo no se inunda, pero sí prefería tener el río cerquita porque, por decir algo, dejaba unos plátanos fritando en bajo mientras iba al río, tiraba una cañita de pescar artesanal, y a los minutos ya lo estaba consumiendo. Ahora el río está algo retirado, y no es lo mismo”.

En 2013, arrancaron los contactos entre la comunidad de Bojayá y la Unidad de Víctimas con el fin de iniciar la medida de reparación colectiva, proceso que fue protocolizado en abril de 2018 y que en la actualidad se encuentra en la fase de implementación.

El perdón

“Cuando las Farc vinieron a pedir perdón, en diciembre de 2015, yo hacía parte del comité organizador y de la logística del evento. Cuando los vi llegar tenía como rabia y odio, pero en la medida en que transcurría el evento, y para poder curarme de esa herida tan grande, pues me dije que tenía que perdonarlos porque si uno no perdona no consigue la paz. El escucharlos, me sirvió para sacar todo ese odio que sentía porque me lo habían quitado todo en un segundo. Me vine de Urabá huyéndole a la guerra y acá de nuevo me la encuentro de frente y me lo quita todo”, agrega.

Hoy, Macaria ayuda a criar a sus nietos, y aunque mantiene las cicatrices físicas de la explosión de la pipeta, ya sanó las heridas del alma: “Yo ya perdoné porque quien no perdona no vive en paz y su vida se le convierte en un infierno”.

*Funcionario de la Unidad de Víctimas