El día en que John Rueda Pérez sobrevivió a la tragedia del colegio Agustiniano

Un día común y corriente, así recuerda John Jairo Rueda Pérez el 28 de abril del 2004. Día en el que inesperadamente, la vida le dio una fuerte sacudida.

La tragedia

 En el año 2004 John Jairo tenía 16 años y cursaba noveno de bachillerato en el colegio Agustiniano Norte de Bogotá. Como estudiante promedio asistía a todas sus clases y el miércoles 28 de abril, como de costumbre, no fue la excepción.  Todo transcurrió como siempre, era una de esas mañanas en que los actos no daban mucho de qué hablar, mucho menos recordar. Pero un pequeño cambio de planes hizo que todo fuera diferente.

En las últimas horas de clase, John se encontraba con su pequeño hermano Jorge Eduardo Rueda Pérez, también estudiante pero de sexto grado del colegio Agustiniano, quien se preparaba para jugar un partido de fútbol en la cancha descubierta de su colegio. Por motivos de lluvia y un mal clima, la cancha no se encontraba en óptimas condiciones para efectuar el juego, a lo que los directivos respondieron con la cancelación del tan esperado partido. Acto que generó que John y su hermano Jorge decidieran subirse a la ruta número 12, con destino a su casa ubicada en ese entonces, en el barrio La Campiña en la localidad de Suba.

John se ubicó en la parte trasera del bus y junto a él se sentó Sergio Alejandro Sarmiento Lalinde, un amigo del curso al que le decían ‘Sami’ quien tan solo tenía 13 años. En los puestos de atrás se encontraban Jorge Eduardo, el hermano menor de John con solo 12 años, y a su lado su mejor amigo Juan Manuel Rueda, de 15 años de edad. Los siguientes dos puestos que estaban frente a él, los ocuparon los hermanos Marroquín Huertas, Juan Felipe y Juan Manuel con 10 y 13 años respectivamente. La parte delantera del bus estaba ocupada en su mayoría, por niños de cursos más pequeños.

La ruta emprendió su camino con destino al centro de Suba, sentido sur-norte por la Avenida Suba, en la cual se estaba desarrollando la segunda fase del sistema masivo de transporte- Transmilenio. En el cruce con la calle 138,  el carril contrario a la dirección en la que iba el bus del Agustiniano, tenía una elevación de 10 metros, lo que lo convertía en una curva altamente peligrosa para los vehículos que manejaban velozmente. En ese carril, sentido norte-sur, transitaba una máquina recicladora de asfalto, cuyo conductor perdió totalmente el control de la pesada máquina de 40 toneladas, cayendo sobre la ruta 12 del colegio Agustiniano. 

“Tú no sientes nada ―dice John―o por lo menos yo. En ese momento oí gritar a alguien y ahí fue cuando cayó la máquina y luego me despierto medio dormido debajo del bus. Recuerdo que estaban levantando la máquina. Como que me logran sacar y se rompe la pluma y esta vuelve a caer sobre el bus. Ya habían sacado a varios, pero yo fui de los últimos”. Y recuerda ese momento no con el peso  de doce años transcurridos, sino que sus ojos expresan, al parecer, la viva imagen de su duro despertar.

La Avenida Suba con 138 se colmó de pánico y terror al presenciar un accidente en el que perdieron la vida 21 niños y 24 sufrieron heridas severas en su máxima expresión con leves contusiones. Como la tinta en la piel, la calle se tatuó en mármol y piedra con los 21 rostros de los niños, en un monumento que conmemora a los ángeles más puros e inocentes, que no debieron partir de este mundo en una tragedia que marcó la memoria y el corazón de los bogotanos.

Crudo despertar

John despierta a pocas horas del accidente en la clínica El Bosque. Con su mirada somnolienta, a la primera persona que logra ver es a su mamá Pastora González, quién llegando de trabajar desde Zipaquirá, logra evitar el caos en las vías. Todo gracias a una llamada recibida en la que le indicaron que se dirigían con uno de sus hijos hacia la clínica El Bosque.

“Respecto a lo de mi hermano no me pudieron decir nada, el accidente pasó un miércoles y yo me vengo a enterar de lo de Jorge el viernes. Porque yo tuve un problemaafirma Jhon, mientras se toca una cicatriz de 4 centímetros aproximadamente, en su frente―. El golpe fue hasta el hueso, pensaron que yo tenía un problema craneoencefálico y no me dejaron ver noticias, no me decían nada, porque ahí iban a decir lo de Jorge y muchas cosas acerca del accidente. Yo estaba tranquilo, pero siempre preguntaba por Jorge, que dónde estaba y me decían que en la Corpas”.

El pequeño hermano de sangre, Jorge Eduardo, falleció junto a Sami, Juan Manuel y los hermanos Marroquín. En un milagroso y minúsculo espacio, sobrevivió John Jairo. Un actual compañero de trabajo de John supone: “Debió ser que la máquina tenía ahí un hueco o algo, es muy raro”.  Es raro, conmovedor y esperanzador, que pese a las múltiples muertes a su alrededor, John haya quedado vivo para contar la historia, su historia.

El viernes 30 de abril, dos días después del accidente, la señora Pastora González ingresó a la habitación de John en el hospital y pidió a todas las personas que se encontraban allí acompañando a su hijo, que se retiraran un momento. Se sentó frente a él y le explicó lo que le había sucedido a Jorge Eduardo y a Juan Manuel. John ni siquiera había empezado a recuperarse de sus graves heridas, cuando recibió la dolorosa noticia de la muerte de sus dos amigos de sangre, uno era su hermano, y el otro, su primo al que llamaba ‘mejor amigo’.

El sentimiento de dolor era incomprensible, casi incomparable. John recuerda las palabras exactas que su mamá recitaba siempre al calmar una pelea sin sentido: “Mi mamá nos decía: ustedes son hermanos y van a estar para toda la vida, entonces tienen que cuidarse siempre ―describe John―. Y así fue, él me cuidaba y yo a él”. La tristeza e impotencia se apoderaban de él. Pero así mismo, rechazó todo intento de sentirse culpable por la pérdida de su hermano.

El pensamiento de John es ahora el de un hombre de 28 años, quién dice que su hermano Jorge Eduardo se fue de este mundo para no sufrir, pues era un niño al que en palabras gruesas, hasta un rasguño había que cuidar. “O quizá cumplió su propósito en la vida tan rápido que ya pudo irse”, expresa John. Refiriéndose a la partida de su hermano como un ciclo que terminó físicamente. Pues su recuerdo vive presente cada día en su mente y en su corazón. Es un suceso que no se supera, simplemente se aprende a vivir con él y a partir del mismo la vida cobra un nuevo significado.

Operación bilateral de cadera, clavícula izquierda lacerada, lesión en los dedos, operación en la cara y nariz destruida internamente, fueron las marcas físicas que de por vida atarán a John a recordar lo que sufrió, pero también lo que le permitió estar vivo.

Su estadía en la clínica la describe como grandiosa a pesar de la gravedad de sus heridas.  “En El Bosque fue muy chévere porque siempre me dejaron entrar a mucha gente. No era como en otros lados que nada más dejaban entras a 2 personas. Entraban 20 personas diarias, era tremendo, me visitaban muchísimo porque yo estudié en los dos colegios del Agustiniano, el de Suba y en el Norte”, afirma John con una gran sonrisa en su rostro, que refleja la alegría al recordar el apoyo por parte del personal médico. Personajes reconocidos como Carlos Ulloa, médico de la Selección Colombia, Juan Manuel Herrera Arbeláez, ortopedista que John tilda de bacán, y uno de apellido Arnache, cuyo nombre no recuerda y que estaba de residente ese día en el hospital, fueron los encargados de cuidarlo y brindarle la atención necesaria para hacer de su largo paso por la clínica una experiencia agradable.

Entre terapias sobre agua para recobrar la movilidad en sus piernas, y pruebas de esfuerzo cardiaco ―también llamadas Test de Golden, que se realizan para evaluar la capacidad que tiene el músculo del corazón para enviar oxígeno adicional a todo el cuerpo―, John Jairo tuvo que pasar por un lento proceso de recuperación física que duró un año. Y que se llevó consigo gran parte de su sueño deportivo: ser futbolista profesional. “Yo soñaba siendo futbolista, pero ahora pienso ¡no!, si hubiera sido futbolista, no sería tan feliz como lo soy ahora. Las cosas en la vida pasan siempre por algo”, expresa John tranquilamente, con cara amable que espiraba confianza.

De vuelta al ruedo

Debido al esfuerzo que implicaba la recuperación, John tuvo que ausentarse 3 meses de las clases que siguieron su ritmo normal, pese a la conmoción del accidente. La persona llena de coraje que actualmente se sentó y contó abiertamente su historia, fue la misma que en el 2004 tuvo que ingresar de nuevo a un salón de clases, en el que la ausencia de dos compañeros suyos era notoria. Y de nuevo tuvo que afrontar la cruel realidad; dos amigos suyos fallecieron en ese fatídico día, al igual que su hermano y su mejor amigo.

La atención por parte del círculo educativo, entiéndase compañeros, profesores y directivos, fue diferente. Sus compañeros del curso estaban al pendiente de John, de sus necesidades y algunas veces de sus caprichos. La directora del curso a la que llamaban ‘La Caponera’ por su parecido a la protagonista de la novela con el mismo nombre, era una buena persona y siempre estuvo pendiente de él, en ayudarle en lo que necesitase, según lo cuenta John: “Los profesores sí me ayudaron mucho, pero no tuvieron nada de compasión. En cuanto a mis compañeros, no sentí que me miraban extraño, pero sí con tristeza como diciendo: Uy, pobre man”.

La integración nuevamente al entorno escolar vino acompañada de un proceso de psicoanálisis. Un método que se basa en la observación e investigación de la mente humana, para comprenderla y a partir de ello, encontrar objetivos terapéuticos que tenía como fin, ayudar a John a salir de un estado depresivo.  “Hubo un momento en el que yo quería destruir el mundo y cogía todo a patadas ―narra John―sentí que no podía más y pensé muchas veces en lo de mi hermano, ya que era muy juicioso y yo era todo vago en el colegio.  Tú dices ¿por qué? Pero ya después tú piensas que uno en la vida queda por algo, y que tienes que seguir luchando, luchando siempre hasta el final”.

No fue fácil reconocer y aceptar el triste destino en el que su vida se vio envuelta. El trato sobreprotector por parte de la familia fue más que evidente. Su libertad se vio condicionada a constantes interrogatorios como: ¿Con quién vas a salir? y ¿A dónde?  Ante el escudo protector de su mamá,  John le respondió de manera perspicaz “Mira, nosotros teníamos ruta puerta a puerta y de todas formas pasó esto, entonces, si a uno le tienen que pasar las cosas, le tienen que pasar y ya”. Era claro que su mamá lo hacía con ánimo de cuidar de su hijo. Además de esto, John la describe con ojos de un hijo orgulloso, como una persona muy fuerte, o que se tuvo que hacer fuerte ante la situación. Porque siendo sinceros ¿A qué persona en el mundo no se le parte el alma viendo a la mamá llorar? Pues Pastora González tenía la respuesta, sabía que si su hijo la veía débil y triste, le iba a afectar de todos los modos posibles.

Cuenta John que después de un tiempo su mamá se permitió llorar y desalojar todas las emociones que su corazón guardó durante tanto tiempo. El mismo tiempo que hizo de él una persona fuerte, decidida y con carácter, que hoy le permite luchar y enfrentar los obstáculos que la vida le pone.

Los siguientes años de colegio fueron tan normales para él como para cualquier otro joven de su edad, con una gran y significativa diferencia; ya no tenía a su hermano Jorge Eduardo para acompañarlo en el proceso, ni para que terminaran juntos esa larga trayectoria llamada vida escolar.  John culminó grado once tranquilo y orgulloso, en el colegio que durante cuatro años lo formó en cuanto a experiencias y lo ayudó a crecer y a prepararse para emprender el reto de una carrera universitaria.

Perder para ganar

Al salir del colegio, John estaba decidido a estudiar Medicina en la Universidad de La Sabana. Tenía la convicción de ayudar a salvar vidas, así como los médicos lo ayudaron a él cuando estaba tan mal a raíz del accidente.  Inició el semestre y su actitud al igual que sus notas demostraron que la medicina no era lo suyo. Su deseo de salvar gente fue superado por una carrera, con la que no sentía ninguna identificación.

Luego de eso decidió que debía encontrar algo que en verdad lo apasionara. Y realizó un taller de orientación profesional que lo encaminó a estudiar algo relacionado con Diseño, Publicidad o Arquitectura. Su última opción era estudiar en la Tadeo y su primera, la Javeriana. “Yo no quería estudiar en la Tadeo, ―afirmo John― no me gustaba. Además si comparabas el campus pues no era nada que ver. Luego entré a la Tadeo y uno se empieza a enamorar mucho de la gente. Yo después decía «Que chimba’ estudiar en la Tadeo»”.  Lo dice orgullosamente, pues fue en esa universidad en la que culminó su carrera de Diseño Industrial con empeño y pasión.

Actualmente trabaja como residente de obra en la parte de paisajismo, para la empresa Ingecontrol S.A que, según cuenta, le ha brindado muchas oportunidades, y siente que aunque sea otro enfoque completamente distinto al inicial, su propósito no ha cambiado. John expresa su tranquilidad y estabilidad en una frase: “Aquí también estoy ayudando a las personas, y soy más feliz que nunca”. Se siente a gusto con su trabajo, que le permite tener contacto con la naturaleza y con la idea de darle vida a un espacio tan muerto y sombrío como lo es el centro de la ciudad.

Su deseo por aprender y la lección que aquel fatídico día le dejó,  es la de luchar siempre hasta el final y ser mejor persona cada día, motivación que le ha permitido crear un proyecto de empresa, del que no habla mucho y se mantiene más bien reservado. Pero está agradecido con la vida y con Dios por darle las oportunidades que le han permitido ser el hombre seguro y optimista que es hoy.

Tras 12 años del accidente, John es enfático en aclarar que no quiere ser recordado como víctima de algo que simplemente salió mal, sino que se debe ver más allá de una sola persona, en la lección que según John, debió recaer en todas las personas y no solo en él. “Me interesa que tomen conciencia, que no sean hampones manejando y que sean responsables para que una cosa así no vuelva a ocurrir―agrega Jhon―, lo importante es que valoremos la vida”. Algo que él rescata de todo lo que pasó es que actualmente en las obras, es un “bollo” sacar algún tipo de máquina, pues las constructoras o por lo menos en la que trabaja, están pendientes de que todo salga correctamente.

Estas son las palabras de un hombre que está lejos de sentir rencor por lo que le pasó a él y a su pequeño hermano, a pesar de que fue un accidente que a los ojos de tanta gente se pudo haber evitado. “Al comienzo uno dice, ¡ah ese man por qué se puso a sacar eso! Pero tú no sabes qué pasó en la obra ese día. Tampoco sabes si el que lo mandó fue el residente o si el man se salió solo”. Existen muchas hipótesis que están expuestas sobre la mesa, que ya pasaron por su debido proceso legal y que a John no le ha interesado conocer, pues dice que es un tema delicado por el que no quiere pasar.

Sobre el accidente no habla mucho, no con todas las personas. Pues no todos tienen el mismo interés por conocer más a fondo su historia. También dice que es cuestión de confianza, pues si alguna persona con la que no ha cruzado mayor palabra le pregunta algo respecto a sus marcas, él responde con evasivas o simplemente cuenta sin detalles lo ocurrido. “Muchas personas me preguntan, oiga qué le pasó ahí (en la frente) y les digo, me pegué cuando estaba jugando fútbol y ya”, así lo cuenta John agregando que no se pone a hablar sobre eso.

De la mano de Dios y su ángel Jorge Eduardo, John se levanta diariamente a luchar con cada obstáculo que la vida le presenta. Con el ideal de que Dios le dio una última oportunidad por algo, y debe aprovecharla. En cuanto al recuerdo de su hermano, permanece intacto en su corazón, y John expresa con amor que él es una representación de los dos en este mundo, pues gracias a su hermano siente que él quedó vivo.

*Estudiante de la Universidad Jorge Tadeo Lozano