Basado en experiencias en Camboya, Laos y Afganistán
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El empresario japonés que ayuda a desminar en Colombia

Entrevista a Kiyoshi Amemiya, fabricante de dispositivos marca Nikken contra minas antipersonales, donados a nuestro país desde 2008.

Kiyoshi Amemiya, de 72 años, en su oficina, frente al  modelo de una de sus excavadoras para desminado mecánico. / Gonzalo Robledo
Kiyoshi Amemiya, de 72 años, en su oficina, frente al modelo de una de sus excavadoras para desminado mecánico. / Gonzalo Robledo

El sosiego que saluda al visitante en Yamanashi, una próspera región al oeste de Tokio, famosa por sus vinos, contrasta con la preocupación que tiene uno de sus principales empresarios por los efectos de las minas antipersonales en zonas rurales de distantes países con conflictos. Se llama Kiyoshi Amemiya y las paredes de su oficina están cubiertas con mapas llenos de puntos rojos para advertir de que un paso en falso puede significar, como mínimo, una pierna amputada. (Le puede interesar: Charlamos con el más reciente traductor de García Márquez al japonés).

Lleva 25 años estudiando territorios en guerra de países como Camboya, Laos y Afganistán, y define las minas antipersonales como artefactos explosivos (casi siempre importados), que hieren con el fin de retrasar al enemigo. “En Colombia, sin embargo, se fabrican a mano y su primer objetivo es matar”. Amemiya viste el práctico uniforme de trabajo de su empresa y, con 72 años, es el fundador y presidente de Nikken, fabricante de dispositivos originales para el desminado que se usan en Colombia desde 2008 a través de donaciones del gobierno japonés.

Su interés por las minas antipersonales surgió en 1994, cuando realizaba una visita de negocios a Nom Pen, la capital camboyana. Paseaba por un mercado cuando una anciana con una pierna amputada le suplicó: “Ayúdenos a salvar nuestro país”. Tras décadas de guerra interna, Camboya iniciaba un complejo proceso de paz. Sus campos estaban sembrados con unos seis millones de minas antipersonales y el país tenía un récord mundial de lisiados por explosiones. (Más: Lo que le falta a Colombia en desminado humanitario).

Para Amemiya, el ruego de la amputada camboyana se convirtió en un reto personal. Empezó a investigar cómo dotar las excavadoras Hitachi, que distribuía su empresa, con dispositivos para buscar minas. Las pruebas las realizó con la ayuda técnica del Centro de Acción Contra Minas de Camboya (CMAC, por sus siglas en inglés).

En los garajes de su empresa yace una excavadora a la que una explosión dejó como una masa de pan después de un puñetazo. En otro rincón, una cabina de mando con el vidrio blindado salpicado de puntos negros da testimonio de que las esquirlas no llegaron al interior, ni tocaron al operador.

“El hecho de ser una empresa pequeña nos ayudó. Las firmas grandes deben cumplir protocolos internos y sus directivos no tienen el mismo margen para asumir riesgos”, explica. Su labor humanitaria empezó a transformarse en un negocio estable a partir de 1998, un año después de que Japón firmara la Convención de Ottawa para la prohibición mundial de las minas antipersonales e iniciara programas para convertirse, junto con Estados Unidos, Alemania, la Unión Europea y Noruega, en uno de los cinco principales donantes mundiales a la acción contra minas.

La posibilidad de usar aparatos hechos en Japón, que además de reducir el riesgo humano hacían el desminado más barato y eficaz, contribuyó a que el gobierno japonés apostara por Nikken. Hoy, 11 países afectados por minas antipersonales cuentan con 137 vehículos, entre los que se incluyen dos barreminas que llegaron a Colombia en 2008 y los siete vehículos catalogados como cortaarbustos de una segunda donación de aparatos iniciada este año.

La función de los nuevos vehículos es desbrozar terrenos identificados como sospechosos de albergar minas y que, siguiendo una normativa medioambiental, no tengan árboles de más de diez centímetros de diámetro. Son, en esencia, excavadoras de oruga usadas en obras civiles, pero blindadas y dotadas de accesorios. Según los técnicos de Nikken, los dispositivos se diseñan de acuerdo a las necesidades de cada orografía y con espacios para dejar pasar la onda expansiva y minimizar el impacto en caso de explosión.

Con la precisión de un perito, Amemiya enseña una colección de fotos de las consecuencias de las minas. Cuerpos de niños destrozados, terrenos calcinados y todo tipo de explosivos. Explica que en Colombia hay unas 200 variedades, la mayoría catalogadas como artefactos explosivos improvisados y de fabricación artesanal. Varían en potencia según la zona donde se usan y pueden ser, por ejemplo, un balón relleno de explosivos, tornillos y clavos, o un frasco con químicos y una jeringa plástica que sirve de detonador.

Las de máxima potencia son bombas que emplean un cilindro de gas y pueden borrar del mapa un escuadrón o levantar un tanque de guerra. Producir la mina antipersonal colombiana más básica cuesta un dólar y los expertos calculan que localizarla y eliminarla requiere mil dólares. El segundo programa de desminado financiado por Japón incluye camionetas de apoyo, desplazamiento de técnicos japoneses a Colombia, así como capacitación en Japón y Camboya de militares colombianos que se encargan de operar los vehículos, de su mantenimiento y de la formación de otros operarios.

El presupuesto asciende a US$10 millones y se canaliza a través de un organismo llamado JICS (Japan International Cooperation System), fundado en 1989 para vigilar la ayuda oficial al desarrollo nipona. El desminado con fondos japoneses nunca puede tener fines militares directos y la implementación se hace a través de organizaciones no gubernamentales o divisiones especializadas del Ejército.

En su sede de Kofu, la capital de Yamanashi, Amemiya recibió este año a miembros de la Brigada de Desminado Humanitario del Ejército colombiano. Tras aprender la mecánica de los vehículos, viajaron a Camboya para cursos de formación en el CMAC, una institución considerada la meca del saber en la lucha contra las minas antipersonales.

El mayor Yesid Carreño, uno de los miembros del grupo colombiano, explica que su visita a Camboya le permitió conocer la dimensión del problema en un país donde la guerra regular dejó millones de minas antipersonales convencionales y pocas artesanales, al contrario de Colombia, donde la hecha a mano es la norma. El suboficial reconoce que la amenaza de las minas antipersonales para los habitantes de las zonas rurales suele aumentar en tiempos de paz. Pero aclara que los campesinos colombianos están ahora más dispuestos a informar dónde hay terrenos sospechosos, pues el desminado significa tierras disponibles para el cultivo y el pastoreo.

Amemiya calcula que el desminado mecánico permite limpiar unos 3.600 metros cuadrados en un día de ocho horas, mientras en ese mismo lapso una persona a pie solo puede desminar unos 30 metros cuadrados. Aspira a que, gracias a sus vehículos, aquellas zonas lejanas de Colombia que él ve a diario en su desgarradora colección de fotos se empiecen a parecer, metro a metro, a su bucólica Yamanashi.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Tokio.

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Gonzalo Robledo * / Especial para El Espectador - Kofu

Nacional

El empresario japonés que ayuda a desminar en Colombia

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